«Ya verás, vamos a pasarlo bien.»


¿Qué mejor manera de volver de vacaciones y escapar de la depresión post-vacacional que pegando un buen polvo con un maromo decente? A Borja no se le ocurría ninguna. Eso sí, que fuera caucásico, por favor, que se había hartado de ver negros por todas partes durante el viaje. Que sí, que muchos estaban muy buenos, muy musculosos y todo eso, pero joder… ¿qué hacía él follando con negros? Ni de coña, vamos. Así que nada, Borja había vuelto del viaje por Tanzania más cachondo que uno de esos putos monos colobo rojos que sus padres se habían empeñado en ir a ver durante el safari. Porque claro, había tenido que acompañarles, no podía haberse quedado en el resort tomando daiquiris junto a la piscina. No; su madre no le hubiera dejado en paz con esos continuos reprochitos tan irritantes que le encantaba proferir, pequeñas pildoritas que le hubieran amargado la existencia durante el resto del viaje. Si es que ya no nos quieres, para ti la familia no significa nada. Si es que nada te interesa, no tienes oficio ni beneficio… No, no estaba dispuesto a aguantar aquello, así que se vio obligado a ir. Ya había aceptado realizar aquel tour por África a regañadientes, pues su madre se había empeñado en que debía ir toda la puta familia junta, primos incluidos. Primos gilipollas, por supuesto, heteruzos con menos de dos dedos de frente, siempre hablando de fútbol, tetas y carreras de fórmula uno. ¿Qué iba a hacer él? Ya tendría ocasión de irse el año siguiente a Londres, por su cuenta, que es lo que había querido hacer aquel verano. Pero bueno, por lo menos el viaje lo habían pagado sus padres y a él no le había costado un duro. Ya era algo.

Aquel era su último día de vacaciones; al día siguiente, sábado, tendría que volver a trabajar en la tienda de ropa donde ejercía de dependiente. Menos mal que tenía turno de tarde, porque después del polvo que tenía programado para la hora de la merienda había quedado para salir un rato con sus amigos, a los que no veía desde que saliera de viaje, hacía cosa de tres semanas.

Trabajar, qué puto coñazo. Lo peor de todo era saber que su familia tenía dinero de sobra para mantenerle, que su padre podría haberlo enchufado en cualquier puesto de baja responsabilidad, horario reducido y mucho salario en la empresa aseguradora para la que trabajaba. ¿Qué le costaba hacer lo mismo con él que no hubieran hecho otros amigos de la familia con sus respectivos hijos? Pero no, su padre tenía que tener principios; tenía que hacer de tutor moralizante, enseñarle a su hijo una valiosa lección de vida. ¡Como si el mundo se moviera por principios, menuda gilipollez! Vas a tener que sacarte las castañas del fuego, le había dicho. Te hemos pagado módulos, cursos, te hemos motivado a que estudies una carrera, y no te ha dado la gana de hincar los codos. Ya está bien, Borja, ya está bien. Tienes que aprender que las cosas se ganan y que no caen del cielo. El cuento de nunca acabar. En fin, ya que la paga que hasta entonces le habían asignado mensualmente se había esfumado por completo, Borja había tenido que buscarse la vida con un trabajo que le permitiera satisfacer sus caprichos y deseos, que no eran pocos. Por suerte había encontrado trabajo en la boutique de una amiga de su madre, donde además de poder trabajar solo unas horas al día, tenía descuento para comprarse ropa nueva casi todas las semanas. Lo peor de todo: aguantar a los clientes, desde luego. Pero Borja estaba aprendiendo los gajes del oficio. Que la gente era, por lo general, rematadamente imbécil era algo que ya sabía antes de comenzar a trabajar, pero desde luego una cosa es saberlo y otra muy distinta tener que comprobarlo casi a diario. Lo bueno es que había hecho muy buenas migas con una compañera de trabajo suya. Se hacía llamar Gisela, aunque Borja había descubierto —revisando a hurtadillas en el ordenador del despacho las nóminas de los demás empleados— que en realidad se llamaba María Encarnación de las Heras. ¡Hay que ver los secretos que oculta la gente! En cualquier caso, era una chica muy simpática que le había enseñado el fino arte de cómo insultar a tus clientes a la cara sin que éstos se dieran cuenta siquiera. Gracias a ella, las horas se pasaban volando. Una chica muy divertida.

Después de darse una ducha, preparándose para la inminente cita con Dawson25 —el chico presuntamente se llamaba Álex, según le había dicho por chat—, Borja se había sentado en el sofá a ver unos videos que tenía guardados en el móvil para ponerse a tono. Qué prodigiosa era la tecnología, pensó, mientras bajaba la bragueta de su pantalón. ¿Hubiera imaginado Steve Jobs que uno de los principales usos de aquellos dispositivos suyos, destinados a cambiar el mundo, acabaría siendo el de satisfacer los impulsos sexuales de sus usuarios? En esos pensamientos estaba él cuando sonó el timbre. Borja dejó su iPhone sobre la mesilla del salón, se levantó de un salto y se encaminó corriendo hacia la puerta, donde comprobó que la imagen en blanco y negro del videoportero mostraba al chico que había de empotrarlo contra la cama en cuestión de minutos. Completamente excitado, Borja pulsó el botón que abría el portal del edificio y aguardó junto a la puerta de su casa, esperando a que el chico subiera las escaleras.

Poco después, Borja escuchaba los pasos a través del rellano, que terminaron desembocando en el umbral de su puerta. Sonó la campanilla del timbre mientras Borja hacía algunos estiramientos de cuello, irguiéndose y preparando su postura para el recibimiento triunfal. Contó cinco segundos exactos antes de abrir la puerta con un gesto absolutamente calculado.

Allí estaba Álex, vestido con un polo ceñido de color verde. La primera impresión que recibió Borja era que el tal Dawson25 era más bajito de lo que había supuesto, según la descripción de la aplicación. Era algo habitual, de todas maneras; todo en aras de esa ley no escrita que obligaba a mentir descaradamente en los perfiles de las páginas y aplicaciones de contactos. Si alguien decía tener treinta y cinco años, no debías esperar que tuviera menos de cuarenta; si alguien decía medir 1’70… Bueno, en ese caso habría sido mejor que hubiera escrito la palabra pigmeo junto a su nombre. En fin, Álex era un chico bastante atractivo, en eso no había mentido. Al menos las fotos que había elegido para ilustrar su perfil hacían justicia a la realidad. Era bien proporcionado, tenía una cara algo aniñada, aunque la barbita de cinco días perfectamente definida le daba un carácter algo más maduro y masculino. El cabello era profundamente negro, despeinado de esa manera milimétricamente calculada que muchos chicos lucían en su afán por resultar casuals. En definitiva, tenía aspecto de que iba a cumplir bien su papel aquella tarde.

—Hola —le saludó Álex, dispuesto a presentarse, pero Borja se llevó entonces un dedo a la boca, haciendo un gesto de silencio. Álex observó, sorprendido, cómo este empezaba a acercarse lentamente hacia él, aproximándose a su boca con aquellos labios carnosos suyos, hasta el punto en que pudo sentir su aliento a menta fresca. Justo en ese momento, cuando estaban a punto de culminar el beso, Borja se retiró con una sonrisa pícara.

—Eh, venga —dijo, echándole una mirada de lo más penetrante—. Vamos dentro, que aquí seguro que está espiándonos la vecina de enfrente. ¡Menuda verdulera!

Álex, un poco desconcertado ante aquella extraña declaración, se dejó arrastrar por Borja al interior de la casa. Acto seguido, su anfitrión cerró de un portazo la puerta mientras lo agarraba del jersey y lo empujaba con cierta violencia contra la pared del recibidor; a punto había estado Álex de pegarse un cabezazo contra un cuadro que había colgado sobre la misma. Allí, de pie, tras una pausa de apenas un segundo en la que Borja le miró con el vicio dibujado en el brillo de sus ojos, este empezó a comerle la boca con una intensidad salvaje. Álex, que también empezaba a estar excitado pero no había esperado que todo fuera tan precipitado, se dejó hacer y correspondió a Borja intentando emular la avidez de la que este hacía gala.

—Vamos a la habitación —dijo Borja de pronto, después de un prolongado morreo en el que su lengua había jugueteado con la de Álex como si le fuera la vida en ello—. Pero a la de mis padres, que será más cómodo.

—A la de tus… ¿padres? —preguntó Álex, un poco impactado.

—Sí, a la de mis padres. ¿Qué pasa? ¿Tienes algún problema? —se extrañó él.

—No, no… es sólo que. No sé, me parece raro —confesó.

—Qué dices, tío. Si a mí no me importa, ¿a ti que más te da? Además, lo vas a agradecer cuando me ponga allí a cuatro patas. Ya verás, vamos a pasarlo bien.

Borja condujo a Álex por el pasillo hacia la habitación de matrimonio. Una vez allí empujó a Álex contra la cama y empezó a desvestirlo, ayudándole a quitarse el jersey. Borja contempló el abdomen de su cita; le hubiera gustado que estuviera más marcado, pero bueno, al menos estaba delgado. No le iba a hacer ascos. Empezó a acariciarlo, llevó la mano a sus pezones y empezó a apretarlos con demasiada fuerza. Álex se apartó un poco, intentando contener un quejido de dolor.

—Qué, ¿no te gusta que te toquen los pezones? —preguntó Borja, sorprendido.

—No sé. Sí, pero… —Claro que le gustaba, pero, ¿cómo decirle a ese tío raro que se había pasado tres pueblos apretando? Álex estaba empezando a sentirse un poco incómodo.

—Ah, ¡ya entiendo! —exclamó Borja de pronto—. Claro, no te gusta que te manipulen, ¿verdad? Te gusta llevar a ti la iniciativa. Entonces no te preocupes, que yo me dejo hacer.

Borja se desabrochó entonces los pantalones y se los quitó con celeridad. Antes de eso, había sacado un condón del bolsillo, que le tendió a Álex.

—Vamos, póntelo —le pidió, con cierto deje de ansiedad en el tono de su voz—. Estoy deseando que me la metas hasta el fondo.

Álex cogió el condón que le ofrecía Borja mientras este se deshacía de su slip —por un momento pudo ver su pene completamente erecto—, tras lo cual se tendió boca abajo en la cama. Sobrepasado por la extraña y algo excéntrica actitud de su cita, Álex se deshizo también de sus pantalones y de los bóxers que llevaba, dejándolos caer al suelo.

—¡Vamos, que no tengo todo el día! —decía Borja desde la almohada. Álex no supo interpretar si aquello había sido una broma o si realmente aquel chico estaba hablando en serio. El caso es que estaba intentando abrir el envase del condón con cierta prisa, pero este se le resistía. ¿Qué clase de marca blanca de mala calidad era esta? Hubo de tirar de dientes para poder abrir una brecha en el plástico, pero por fin pudo liberar el profiláctico. Ante la urgencia de su compañero sexual, Álex intentó colocarse el preservativo, pero lo cierto es que no tenía la erección en su punto álgido, la verdad sea dicha.

—¿Nos van a dar las uvas, o qué? —insistía Borja, en aquel tono desagradable que denotaba un suma prepotencia.

Álex intentó concentrarse. Desde luego, la actitud de Borja no ayudaba, pero si quería disfrutar del momento debía intentar dejarlo pasar. Se colocó en posición e intentó endurecer su miembro refregándose contra él, piel con piel. Intentó pensar en situaciones morbosas, pero hubo de echarle imaginación: aquella no estaba siendo una de ellas, precisamente.

Estuvieron de aquella guisa durante varios minutos. Álex intentó por todos los medios concentrarse, pero la erección no llegaba. Fue notando como la impaciencia iba haciendo mella en Borja, quien se agitaba y resoplaba cada pocos segundos.

—Joder, tío —se hartó Borja, al cabo de un rato—. ¿Se puede saber qué coño te pasa?

—No sé. Me… me está costando un poco.

Borja, frustrado completamente, se dio la vuelta para mirar a Álex y fue entonces cuando comprobó hasta qué punto su cita había perdido todo fuelle.

—¡No me jodas! —dijo, al observar el tamaño esmirriado del pene de Álex—. Pero tío, ¿no me habías dicho por mensaje que eras un semental activo?

—¿Pero qué dices? Yo nunca he dicho eso. Te dije que era versátil.

—Ya, claro, y ahora también me dirás que es la primera vez que te pasa.

—Pues sí… —intentó justificarse Álex. Absolutamente incómodo como estaba, no tenía ningún sentido seguir intentado intimar con aquel gilipollas desagradable. Se puso en pie y recogió su ropa.

Mientras Álex se vestía, Borja también se incorporó y se sentó en la cama.

—Versátil… —se mofó, mientras recogía sus calzoncillos y volvía a ponerse su camiseta—. Lo que me faltaba por oír, ¡versátil! Como si en verdad existieran los versátiles. Todos los que se denominan así en realidad son pasivorras que no saben aceptarse. Yo soy pasivo, y lo digo así, ¡tal cual! Hay que ver. Versátil…

—¿Pero tú qué problema mental tienes? —le espetó Álex, mientras terminaba de vestirse.

—Aquí el problema mental lo tienes tú, niñato, que ni siquiera se te empalma. Menudo fiasco de tío.

—¡Que te den! —exclamó Álex, mientras recogía sus cosas y salía de la habitación atravesando el pasillo. Borja lo siguió, vestido únicamente con la camiseta y los slips, hecho un basilisco:

—Que me den, dice. ¡Eso era lo que quería, pero está visto que no quedan hombres!

Álex había llegado al recibidor y había abierto la puerta del piso. Borja seguía renegando a sus espaldas:

—Y serás capaz de dejarme aquí con el calentón que llevo. ¿Serás capullo? Esto no va a quedar así, ¿me entiendes?

—¡Olvídame! —dijo Álex, y salió del piso dando un tremendo portazo.

Borja se quedó mirando a la puerta, furioso, aún incrédulo ante lo que acababa de pasar. Aquel gilipollas no sabía a quién se la había jugado. No, aquello no iba a quedar así.


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