Tampoco era tan raro sentir curiosidad, se dijo.


Aún no daba crédito. Hacía sólo un par de horas que su particular universo se había trastocado por completo, convirtiendo su cabeza en un continuo bullir de sentimientos que amenazaban con hacerla estallar en cualquier momento. En aquel breve lapso de tiempo había pasado de llorar desconsoladamente a dejarse llevar por la ira, ese irrefrenable impulso de golpear la cama con sus puños para desahogar la tensión que sentía, además de haber pasado por arrebatos de una risa irónica y casi histriónica, pues se daba cuenta ahora de lo estúpido que había sido. De pronto todo estaba meridianamente claro, se había deshecho del velo que cubría sus ojos como si, durante los últimos meses, el absurdo y terriblemente humano proceso del enamoramiento le hubiera nublado la vista y el juicio, haciendo invisibles las cosas más evidentes. Se sentía como un auténtico adolescente. ¿De verdad había creído en algún momento que aquella relación iba a funcionar con la distancia de por medio? ¿En serio no se había dado cuenta de que Isa y él jamás habían formalizado su relación de manera oficial? Echando la vista atrás, Pablo se apercibió de que había confundido absolutamente los hechos, había dado por sentado algo que en realidad se sostenía con la misma fiabilidad de un castillo de naipes.

Una vez más calmado, después del impacto de la desafortunada conversación con la que ya podía decir que era su exnovia —quizá no fuera el término más adecuado, visto lo visto, pero por otro lado él siempre la había considerado así—, Pablo tomó una decisión. No volvería a hablar con Isa, no después de cómo se habían hablado mutuamente y después del odio y el desprecio que había visto relucir en sus ojos a través de la pantalla del ordenador, algo que se había grabado a fuego en sus retinas. Ella tenía razón, quizá él hubiera malinterpretado la relación entre ambos, pero también era cierto que no todo era culpa suya. Isa nunca le había tomado en serio; se había dejado querer, a sabiendas de que él había sido tan solo un divertimento, un amor de verano, nimio y pasajero, nada más que eso. Lo mejor que podía hacer era olvidarse de ella cuanto antes. Al fin y al cabo, Isa tenía razón: sólo llevaban unos pocos meses como pareja, fuera del tipo que fuera. Ni se acababa el mundo por aquella ruptura ni debía hacer una montaña de algo tan efímero. Debía pasar página, aunque bien sabía que a pesar de todo le iba a costar hacerse a la idea, al menos durante un tiempo.

Al cabo de un buen rato de estar tumbado sobre la cama y dándole vueltas a la cabeza, Pablo salió de su habitación para dirigirse al salón. Viernes noche como era, el piso de estudiantes estaba vacío a aquellas horas, pues tanto Edu como Álex habían salido. Como no tenía demasiada hambre —el disgusto le había cerrado la boca del estómago con un nudo marinero—, Pablo acabó tumbado en el sofá. Tomó en sus manos el mando de la televisión y la encendió, buscando así una manera de evadirse. Los pensamientos seguían ametrallándole el cerebro así que era mejor que fuera otro dispositivo el que pensara por él. Otras voces, otras imágenes, otro lo que fuera. Quería desconectar, centrar su atención en la vida de otras personas, fueran o no ficticias. Le daba igual.

Para su desgracia, la programación de la noche del viernes conseguía de todo menos acaparar su atención. Entre los innumerables programas de crónica política, animada por sus habituales tertulianos sobreexcitados que no hacían más que dar vueltas y vueltas sobre los mismos temas —prodigiosa telebasura 3.0 que se había convertido en la nueva prensa rosa—, talent shows descafeinados que no eran sino calcomanías televisivas repetidas hasta la saciedad, películas del milenio pasado trufadas con interminables pausas publicitarias o reposiciones de series que había visto como mil setecientas veces —maldita la casualidad, siempre que pillaba un capítulo de Los Simpson resultaba ser el de la babysitter ladrona—, Pablo acabó descartando la televisión en abierto tras pasarse más de media hora cambiando alternativamente de canal, para darle finalmente al botón de Netflix del mando a distancia. Allí pasó al segundo ritual, el nuevo zapping de las plataformas de video bajo demanda: mientras movía el cursor a través de las innumerables opciones, Pablo no sabía por qué decantarse. ¿Esa nueva serie de ciencia ficción que acababan de estrenar? No era mala opción… ¿La última película de Sandra Bullock? No, Edu le había dicho que huyera de ella, por lo que más quisiera. ¿Y un documental? Los de insectos le gustaban bastante, pero probablemente no fuera el género más habitual en aquel servicio online —sin duda eran patrimonio de La 2—. ¿Qué escoger entre tantas opciones? El problema de la decisión ante semejante oferta abrumadora era algo que muchas veces acababa echándole para atrás. Nada le convencía, así que pasó casi media hora más viendo tráilers y pequeños fragmentos de video de las distintas alternativas que se le planteaban, sin tomar decisión alguna.

Harto de no encontrar nada que le satisficiera, Pablo cayó en la cuenta de que Álex tenía algunas películas en DVD en su habitación, entre las cuales estaba la colección de Indiana Jones, si no recordaba mal. Cansado de navegar entre las interminables opciones del menú, aquella idea que se le había cruzado por la cabeza fue como recibir una iluminación divina: una peli de aventuras, ligerita, entretenida y perfecta para pasar el rato. Además, hacía un montón de años que no veía la del Grial y casi no se acordaba de nada. ¡Decidido! Ya tenía plan para esa noche.

Pablo se levantó del sofá y se dirigió a la habitación de Álex. Encendió la luz y se aproximó a la estantería, donde en precario equilibrio su amigo acumulaba toda una serie de cajas de DVD y Blu-ray. Echando un ojo por encima, Pablo localizó enseguida la caja decorada con el inconfundible logotipo de la saga, la cual tomó entre sus manos. La mala fortuna quiso que, al perder el apoyo de aquella caja más voluminosa, toda una serie de películas se precipitara, empujando a las demás en un efecto dominó que terminó haciendo que varias de ellas cayeran al suelo desde lo alto del estante.

Maldiciendo por lo bajo, Pablo se dispuso a recoger el desaguisado que había provocado. Una de las cajas se había abierto, soltando el disco cual atleta en las olimpiadas, el cual se había deslizado por el suelo y acabado bajo la cama. Esperando que no se hubiera estropeado y que Álex no se diera cuenta del efecto destructivo de sus manazas, Pablo se agachó cansinamente, recogió el disco y volvió a meterlo en su funda.

Fue entonces, al cerrar la caja, cuando Pablo reparó en el contenido de la película que tenía entre sus manos. Su título: Bareback Twins. Más allá del título, lo que dejaba claro el género al que pertenecía aquel producto audiovisual era la imagen de la portada: dos chicos sin camiseta, sus abdominales absolutamente marcados como si estuvieran cincelados en piedra por el mismísimo Miguel Ángel, rubios y de rasgos juveniles, muy parecidos entre sí aunque evidentemente no fueran gemelos, como el nombre de la película quería hacía creer al espectador. Muy propio de Álex, tener una película porno gay almacenada entre otras películas de géneros tan diversos como Indiana Jones, Pulp Fiction o Cómo entrenar a tu dragón.

Pablo iba a dejarla junto a las otras películas cuando la curiosidad le llevó a leer el anverso de la cubierta. No pudo evitar dibujar una sonrisa en la boca. La verdad es que, en la era de internet, no había tenido una película porno en sus manos desde antes de que se extinguieran los videoclubs, y eso había sido cuando él apenas era un preadolescente que jugaba a ser mayor con sus compañeros del cole, colándose en el área del local restringida a los mayores de dieciocho. A Pablo le picaba la curiosidad por saber qué diablos podía explicar el típico texto promocional de la caja de un DVD acerca del argumento —si se le podía llamar así— de aquella película. Para su decepción, lo poco que había en el anverso era una serie de capturas con varios momentos de la misma, eso sí, a cuál más explícito.

Puede que fuera por culpa de aquel día extraño repleto de emociones difíciles de digerir, o puede que simplemente se debiera a la pura curiosidad, pero de pronto Pablo sintió cierta excitación al ver los rostros de placer de aquellos dos chicos, los cuales aparecían en una de las imágenes junto a un tercero, participando los tres del acto sexual. Claro que no era la primera vez que Pablo contemplaba una imagen erótica gay, y más teniendo en cuenta que sus dos compañeros de piso lo eran. Era, sin embargo, la primera vez que Pablo sentía algo visceral, animal, al ver una escena semejante. Puede que fuera por encontrarse con aquella imagen en completa soledad, o por el hecho de estar curioseando entre las cosas de su amigo sin que nadie lo supiera, pero lo cierto era que Pablo estaba experimentando una sensación que no sabía muy bien cómo clasificar. El atisbo de una idea pasó por su cabeza fugazmente, pero la descartó casi de inmediato. No, no iba a hacerlo; no iba a ver aquella película, ¿cómo podría? Él no era gay, a Pablo nunca le habían atraído los hombres. Desechó la idea como un absurdo y dejó el DVD en la estantería junto al resto de películas, que terminó de volver a colocar en su sitio, dejando apartada la tetralogía de Indiana Jones; tenía claro que iba a ver La Última Cruzada.

Y sin embargo… Vaya, ¿por qué diablos se le había acelerado el pulso? ¿Por qué sentía cierta presión que empezaba a notar contra sus pantalones? ¿Estaba pasándole esto a él, en serio? Bueno, y si veía un trozo, ¿qué podía pasar? Tampoco era tan raro sentir curiosidad, se dijo. Al fin y al cabo, sus amigos del colegio le habían contado muchas veces cómo, siendo unos chavales, se habían masturbado en grupo —algo que él no había hecho nunca— en el huerto de uno de ellos, y eso nunca les había hecho sentir menos heterosexuales. Sólo había sido un juego. Joder, claro que no pasaba nada por ver una película porno, había visto muchas durante su vida, claro que siempre de contenido heterosexual. Sin embargo, ¿qué podía haber que fuera tan distinto?

Pues que eran dos tíos. Y que eso a él… pues no le molaba. O no debía hacerlo. O vete tú a saber.

El caso es que Pablo, dubitativo, volvió a coger la película y la colocó frente a frente con la obra de Steven Spielberg —¡que el Rey Midas le perdonase!—. De este modo contempló sus dos opciones. Una, en la mano derecha, representaba el camino conocido, el sendero cómodo y fácil que habría de aportarle paz y tranquilidad. Por contra, en la izquierda, se hallaba lo desconocido, un cierto viaje de autoconocimiento y exploración personal, podría decirse, poniéndose un poco en plan pedante.

La duda se prolongó durante casi un minuto. Pablo meditó la cuestión, enumerándose una y otra vez los pros y los contras de cada una de sus opciones. La decisión, sin embargo, estaba tomada de antemano.


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