«¿Entramos?», propuso Mireia, sonriente.


Allí estaban, Hugo y Mireia, frente al pub que su amiga había encontrado buscando por internet. Se llamaba ADN y estaba ubicado en el barrio de Ruzafa, donde la noche valenciana —al menos la más hipster, moderna e instagramer— se había movido en los últimos años en detrimento de otros barrios como El Carmen que, aunque seguían repletos de vida, de bares, pubs y restaurantes, ya no acaparaban toda la afluencia de gente de hacía tiempo. Según habían googleado antes de acudir allí, aquel era uno de los locales de ambiente más de moda en la ciudad de Valencia. A pesar de que, por su aspecto externo, a Hugo le pareció que no era muy distinto a cualquier otro pub en el que ya hubiera estado antes —de hecho este en concreto tenía cierto aspecto de tugurio—, no pudo evitar sentir una extraña excitación en el estómago.

—¿Entramos? —propuso Mireia, sonriente. Luego, decidida, se coló a través de la puerta custodiada por un segurata con cara de malas pulgas que más bien tenía muslos por bíceps. Hugo la siguió, sintiéndose por un momento como un niño asustado, pero decidió que debía desechar cualquier atisbo de duda y dejarse llevar. ¡Aquella noche iba a pasárselo en grande!

Al atravesar el descansillo que separaba la calle del local, la vibración de la música penetró en su caja torácica acompasando los graves al latido de su corazón, que se aceleraba al ritmo de la canción que sonaba en ese momento, una remezcla de Get Lucky del grupo Daft Punk. Quizá fuera demasiado pronto, porque el local en penumbras no estaba ocupado por demasiada gente. Varios grupos de chicos y chicas se hallaban bailando en los rincones del local, entre las columnas, o junto al gran espejo que cubría una de las paredes, mientras otros se apiñaban frente a la barra esperando a que el camarero —un chico bastante guapo aunque algo altivo, con bigote negro y el pelo desteñido— les sirviera sus respectivas copas.

—¿Qué quieres tomar? —le preguntó Mireia—. Vamos, te invito a algo. ¡Hay que celebrar tu puesta de largo!

Hugo rió y acompañó a Mireia a la barra, donde pelearon por conseguir hacerse un hueco. Poco después, con el desparpajo que le caracterizaba, su amiga llamó la atención del camarero y consiguió que les sirviera dos cubatas de vodka con limón. Así, aferrando sus copas como un trofeo, los dos amigos se escabulleron de nuevo hacia la pista de baile y allí brindaron y bebieron un largo trago del brebaje que les acababan de servir. Estaba malísimo, garrafón de manual, pero daba completamente igual; aquel trago les supo a gloria. Justo en ese momento, como en una especie de señal del cielo, a través de los altavoces del local empezó a sonar La Revolución Sexual de La Casa Azul, uno de los grupos favoritos de Hugo, a quien se le iluminó la cara. Empezó a saltar con el cubata en la mano, cantando la canción a coro junto a su amiga:

¡Tú, que decidiste que tu vida no valía, que decidiste maquillar tu identidad…

Así estuvieron bailando los sucesivos temas que el DJ fue eligiendo, principalmente música pop actual y algún que otro temazo retro, mientras el local se iba llenando gradualmente de gente. Hugo no dejaba de mirar a su alrededor, y aunque ningún chico le había llamado especialmente la atención, el ver en torno a él a varias parejas de chicos bailando juntos o besándose le resultó de lo más liberador. Sí, no era la primera vez que veía a dos chicos o chicas abiertamente homosexuales besarse por la calle o ir cogidos de la mano, pero de algún modo aún lo percibía como algo llamativo, por lo que encontrar allí a todos aquellos jóvenes —y no tan jóvenes— expresar sus sentimientos con toda naturalidad, sin miedo al qué dirán o a ser señalados por ser quienes eran, era algo nuevo para él. Es verdad que cada vez era más habitual ver imágenes semejantes por la ciudad de Valencia, en el metro, en el cine, en el parque o haciendo la compra, y a pesar de ello, siempre que se encontraba a una pareja de chicos gays o lesbianas Hugo sentía una sensación parecida a la de encontrarse con un compatriota en un país extranjero, esa extraña sensación de hermanamiento y camaradería que surge entre quienes se saben parte de una minoría. En aquel lugar era distinto. Lo que en otros entornos podía ser considerado extraño o inapropiado —según personas con poca apertura de miras, como por ejemplo su madre—, allí era lo más normal del mundo. Ojalá fuera así siempre. Ojalá algún día no hubiera que tener miedo de ser uno mismo en cualquier situación.

—Bueno, ¿quién te gusta? —le preguntó Mireia, en determinado momento. Luego puso su mano en el hombro de su amigo y le señaló con un gesto de cabeza en dirección a la barra—. ¿Qué opinas de ese chico, el de la camisa de leñador?

—No sé, Mire… —contestó Hugo—. No sé si seré su tipo, es demasiado guapo.

—¿Qué tonterías dices? —le reprendió su amiga—. Venga, ¡vamos a decirle algo!

—¡Que no! —se puso colorado Hugo, que hubo de zafarse de Mireia, pues esta le había agarrado del brazo y le había intentado arrastrar hacia la barra—. ¡Que me da mucho corte! Además, si me va a decir que no.

—Eso no lo sabes si no se lo preguntas.

—No, en serio. Míralo bien, si tiene pinta de ser un poco borde.

—Bueno, en eso te doy la razón —reconoció ella—. Debe ser uno de esos que van de diva por la vida. ¿Y aquel otro?

—¿El de azul?

—Ese mismo.

—Bueno, es guapete —dijo Hugo, con un hilo de voz—. Pero creo que tiene novio. Oye, Mire, que no hace falta que me enrolle con nadie hoy. Además hemos salido los dos; si me lío con cualquier chico, ¿cómo te voy a dejar tirada?

—¡No te preocupes por eso! Tú a disfrutar. —Mireia volvió a coger a su amigo del brazo—. Ven, vamos a dar una putivuelta.

—¿Una qué? —Hugo rió.

—¡Lo que costarás de criar! —exclamó Mireia, mirando dramáticamente al techo—. Vamos a dar una vuelta, a hacer una ronda de reconocimiento. Seguro que encontramos a algún chico que te guste, o al que le gustes… ¡Vamos, hay que dejarse ver!

Mireia y Hugo empezaron a caminar entre la gente que empezaba a abarrotar el pub, abriéndose paso entre grupitos que bailaban e intentando que los choques accidentales no acabaran con sus copas contra el suelo o salpicando a la concurrencia. La verdad es que Hugo apenas pudo concentrarse en buscar a nadie, pues estaba casi más centrado en no perder a su amiga de vista entre el gentío que en cualquier otra cosa.

Acabaron su ruta más o menos en el punto inicial, riendo y bailando la canción de Chenoa que se había apoderado de la pista. Los dos se hallaban interpretando con gestos la letra, entre risas. ¡Ay, que descaro, ahora me gustas más! A Hugo le dio un ataque de risa cuando Mireia empezó a poner carantoñas.

—¿Y bien? —le preguntó Mireia, un rato después de que terminara aquella canción—. Hay chicos muy monos. Yo no sé que tenéis los gays. ¿Acaparáis a todos los chicos guapos o qué?

—¡Qué dices, loca! —exclamó Hugo, divertido—. Será que no hay heteros guapos.

—Buff, no será los que me entran a mí donde vamos siempre. Cuando no son unos viejos verdes, son unos salidos o unos quinquis.

—Ya será menos, exagerada. Habrá de todo. Además, esto tampoco es Queer as Folk, precisamente.

—Ya te digo yo que a más de uno le devolvía a mi acera gustosamente —replicó ella, después de apurar su copa, la cual abandonó vacía en la repisa de la columna cercana. Hugo rió la ocurrencia de su amiga—. Por cierto —añadió, y puso voz pícara—. Ese chico de ahí no te quita el ojo de encima.

—¿Qué dices? —se sobresaltó Hugo.

—Lo que oyes. Está allí, apoyado en la barra. Mira, gírate como quien no quiere la cosa.

Hugo hizo caso a su amiga y se dio la vuelta lentamente, mirando con disimulo en la dirección que ella le había indicado. Comprobó así que era cierto: un chico bastante atractivo, alto y de pelo castaño claro, algo mayor que él, le estaba mirando. Cuando detectó que Hugo le devolvía la mirada, desvió momentáneamente la atención a la conversación que mantenía con un par de amigos suyos. No obstante, segundos después, el chico volvía a mirarle mientras hablaba con ellos, sonriendo de una forma que a Hugo le pareció que no iba destinada precisamente a sus acompañantes, sino a él. A Hugo se le aceleró el pulso y sintió de nuevo el hormigueo en el estómago.

—¿Tú crees que…

—¿Que le has molado? —se anticipó Mireia—. Está cantado que sí. Qué, ¿vas a decirle algo o no?

—Yo… no sé.

Hugo había entrado en modo pánico. Era la primera vez que sentía algo así. ¿No estaba malinterpretando aquellas miradas? Quizá aquel chico solo le había mirado porque él precisamente estaba haciendo lo mismo. Y sin embargo seguía fijándose en él de manera intermitente. Hugo no se decidía, no acababa de verlo claro, aunque empezó a hacer lo mismo. Mientras bailaba con Mireia, no dejó de echar continuos vistazos en dirección a la barra, sólo para comprobar que aquel chico seguía comportándose de igual manera. ¿Podía ser cierto? ¿Había ligado?

Su corazón estaba palpitando a cien por hora. Hugo dejó de mirar por unos instantes y continuó bailando con su amiga. Intentó no pensar, pero de todas formas no podía dejar de elucubrar acerca de lo que estaba sucediendo, así que en determinado momento volvió a mirar hacia la barra y se dio cuenta de que el chico ya no estaba allí. Un poco desilusionado por el fin de aquel juego de miradas, en el fondo estaba algo más tranquilo al no sentir la presión de la incógnita. Volvió a centrar su atención en Mireia y de pronto observó que su amiga abría mucho los ojos, como queriendo decirle algo. Él no lo entendió, e iba a preguntarle qué le pasaba cuando de pronto notó una mano sobre su hombro. Hugo se volvió sobre sí mismo y comprobó que el chico de la barra estaba detrás de él, llamando su atención. Sintió que casi se le paraba el corazón.

—Buenas —dijo el recién llegado, a modo de saludo—. He visto que sólo te quedaba hielo en el cubata. Toma, te he traído un Puerto de Indias con Seven Up. Creo que te gustará.

—Gra… gracias —dijo Hugo, tomando el cubata que le tendía aquel desconocido y mirando sus bonitos ojos verdes. Sin saber muy bien cómo reaccionar, Hugo contestó lo primero que le pasó por la cabeza—: Yo… eh, bueno, ¿cuánto te debo?

Mireia, que se hallaba a su espalda, tentada estuvo de llevarse una mano a la cabeza, aunque simplemente rió para sus adentros. Desde luego su amigo necesitaba una master class de ligoteo. Hugo, por su parte, se dio cuenta inmediatamente de que acababa de soltar una completa gilipollez. No obstante, su inocente reacción pareció hacerle gracia al chico, que rió:

—No me debes nada, te invito yo. Eres nuevo por aquí, ¿no?

—¿Tanto se me nota? —dijo Hugo, sonriendo con timidez.

—Un poco. ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Hugo —dijo él, sonriendo. Vaya, después de todo estaba ligando. ¡Apenas podía creerlo!—. ¿Y tú?

—Yo me llamo Borja —contestó el chico, que sonrió con cierta picardía—. Encantado de conocerte, Hugo.


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