«Este gilipollas se va a enterar, no sabe a quién se la ha jugado.»


Después del fiasco de aquella tarde, Borja andaba con un calentón sólo comparable a la mala leche que le había puesto la actitud de aquel niñato impotente. En fin, nada de pegar un polvo morboso con un desconocido, tendría que conformarse con hacerlo con su novio aquella noche, cuando este terminara de cenar con sus compañeros de la facultad.

Sí, Borja tenía novio. Su nombre era Diego, y la verdad es que el chico estaba bastante bien, pero joder… después de año y medio como pareja, el sexo con él se había vuelto bastante repetitivo. No es que no le gustara hacerlo con Diego, es que Borja simplemente tenía unas necesidades que debía suplir. ¿Qué culpa tenía él de que le excitara tantísimo hacerlo con gente distinta cada vez? Era una cuestión genética, sin duda —sabía de buena tinta que su padre le había puesto los cuernos a su madre reiteradamente con la chica de recursos humanos, que para eso Borja le había espiado el correo electrónico más de una vez, un pequeño secretito familiar que sin duda le vendría de perlas en alguna ocasión—. Además, Diego tampoco tenía por qué enterarse y corazón que no ve, corazón que no siente. Era cierto que su amigo David le había recomendado en varias ocasiones que, si realmente estaba cansado de él, era mejor que lo dejara y no siguiera jugando con sus sentimientos; pero resultaba que de Diego le gustaban otras muchas cosas: era un chico inteligente, tenía conversación e inquietudes; estudiaba Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos y no le iba nada mal. Todo eso por no hablar de que era guapo, tenía muy buen cuerpo y follaba como un dios nórdico. Pero si había algo que a Borja le gustaba especialmente de él era que este tuviera piso propio pagado por sus padres, un chalet en La Eliana, apartamento en Jávea y un yate con el que habían ido varias veces a Formentera durante el verano.

En fin, aquella tarde se había quedado compuesto y sin sexo, así que decidió adelantar la quedada con sus amigos, con los que tenía previsto salir aquella noche. Después de arreglarse —para ello eligió una camisa blanca ceñida y unos pantalones de pitillo que le realzaban el culo—, Borja salió de casa y acudió al encuentro de sus amigos. Media hora más tarde llegaba a la terraza de la cafetería del centro donde sus dos amigos, Rafa y Carlos —a quien apodaban la Baileys— estaban tomando unas cañas para hacer tiempo antes de la cena.

—¡Nena! —exclamó la Baileys, levantándose del asiento para saludar y dar dos besos al recién llegado. Carlos era uno de esos maricas de manual a los que la pluma les salía tan natural y exagerada que parecía estar interpretando siempre un papel, algo que a poco que le conocieras descubrías que no era cierto. Borja siempre se preguntaba cómo haría su amigo para disimular su extremo amaneramiento en la oficina bancaria donde trabajaba, si es que realmente tenía necesidad de hacerlo. Aunque a Borja la pluma le parecía lo menos atractivo del mundo, Carlos era un chico muy divertido que cumplía perfectamente con el arquetipo de marica mala; al margen de su teatralidad, era un chico muy inteligente y sus ácidos comentarios solían ser de lo más ocurrente. Siempre sabía cómo sacarle una sonrisa—. ¡Pero mira que eres tardona! Ya estábamos aquí las dos largando de ti. Esta decía que seguro que estabas chuscando… la muy perra.

—¡Más quisiera! —reconoció Borja, tomando asiento, tras dar dos besos también a Rafa—. Menuda mierda de tarde, ahora os contaré.

—Le decía a Carlos que te he visto antes conectado en el Grindr —explicó Rafa—. Me he imaginado que ya andabas buscando tema.

—Claro, y tú me has visto en la aplicación porque buscabas compañero para hacer ganchillo…

—¡Yo estoy soltero, y además estábamos hablando de ti! —esquivó el tema Rafa—. Tío, como Diego acabe enterándose de lo del Grindr te la va a armar pero bien armada. Deberías cortarte un poco…

—¿Otra vez con las mismas? —Borja hizo un gesto de hastío—. Si es que no sé para qué os cuento nada, sois unas viejas chismosas. Ya os he dicho que a Diego no le van las aplicaciones. ¡Si apenas se aclara con el móvil! Además, fui yo quien lo sacó del armario. Este no se entera de nada. Sólo sabe salir por Benimaclet con sus amigos heteruzos de la facultad, a locales punkarras para fumetas. ¿Qué va a saber él?

—Pero la semana pasada sí que te acompañó a Deseo 54, ¿no? —preguntó Carlos—. Ya verás, dentro de nada se hace más putón que tú. Con lo bueno que está, no te preocupes que amigos gays no le van a faltar. Ya te digo yo que a este se lo rifan. ¡Ten cuidadito, nena!

—¿Qué pasa, que tú también te lo quieres truscar? —Borja frunció el ceño—. No te preocupes, que ya lo ato yo en corto.

—Esta noche salía con sus amigos, ¿no? —comentó Rafa.

—Sí, se iba de cumpleaños. Le he dicho que yo saldría con vosotros, con la excusa de que sus amigos no me soportan, así que cuando Diego termine de cenar acudirá al lugar donde estemos. Por cierto, ¿qué queréis hacer?

—¿Os hace un ADN? —propuso Carlos—. Luego podemos ir a Picadilly; mi amigo Félix puede conseguirnos descuentos.

—Según vaya la noche ya lo vamos viendo. Por cierto, Borja, ¿qué dices que te ha pasado esta tarde?

Borja procedió a contarles a sus amigos la cita frustrada con Álex, haciendo hincapié en el gatillazo del chico y convirtiendo aquella experiencia en todo un monólogo del Club de la Comedia. Por supuesto, no dudó en enseñarle a sus amigos la foto del perfil de Álex —aunque, evidentemente, este le había bloqueado en la aplicación y ya no podía acceder a su perfil, Borja siempre guardaba capturas de pantalla para su particular base de datos personal, una especie de afición similar a la de coleccionar cromos—, por lo que éstos pudieron ponerle cara al chico.

—Pues no está nada mal —dijo la Baileys—. Qué lástima de gatillazo, chica.

—Diría que me suena su cara… —comentó Rafa.

—¡Uy! Pues si esta dice que le suena su cara es porque ya lo ha catado, ¡menuda es!

—El caso es que este gilipollas se va a enterar, no sabe a quién se la ha jugado —continuó Borja, que no podía evitar dejarse llevar por la rabia al recordar su desastrosa cita y cómo se había sentido tratado por aquel chico—. A mí nadie me manda a la mierda y se va de rositas así como así. Este no vuelve a follar en su puta vida a no ser que se largue a Kazajistán o a Singapur. Ya os digo, aquí y ahora, que media Valencia se va a enterar de sus disfunciones.

—¡Pero mira que eres bicha! —rió Carlos—. Recuérdame que no te deba nunca un euro, cari.

El resto de la tarde y de la noche transcurrió entre risas con sus amigos, por lo que Borja pudo olvidarse un poco de la mala sangre que le había dejado su mala experiencia con Dawson25. Como había propuesto Carlos, los tres acabaron en ADN tomando unas copas después de cenar en el Fitzgerald, una de las hamburgueserías favoritas de Borja.

Estaban pues en la barra del local —Carlos y Rafa estaban esperando a que les sirvieran unos gin-tonics cuando Diego le envió un mensaje a Borja en el que le avisaba de que su cena se iba a alargar un poco y que acudiría seguramente a partir de las dos de la madrugada. Un poco cabreado con él, Borja guardó el móvil en el bolsillo sin contestar a su novio e inconscientemente hizo un barrido con la mirada a lo largo y ancho del local en busca de carne fresca. Fue así cómo reparó en el chico que bailaba junto a su amiga en el centro de la pista. Vaya, vaya, todo un Piolín, se dijo. El chico era bastante guapo y rubio —o eso parecía bajo la luz exangüe del local, la que vuelve pardos a todos los gatos— y aunque le pareció algo bajito para sus cánones de belleza, a Borja le resultó lo suficientemente atractivo. Así pues, dado que su novio pasaba de él y tras el desastre de cita de aquella tarde, Borja lo vio claro:

Ya tenía pasatiempo para aquella noche.


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