«¿Pero qué dices? Lo estoy pasando bien. Y no necesito a Edu para ello.»


Fantástico, genial. El plan iba a la perfección. Una fiesta de puta madre, conociendo gente, bailando con amigos, bebiendo, pasando la noche en buena compañía…

O no.

Edu seguía desaparecido desde que saliera del pub para esperar a su príncipe azul, que aún no había aterrizado desde el país de la piruleta. Y Álex, el ligón empedernido que despotricaba contra el ambiente pero que follaba día sí y día también, el mismo al que presuntamente no le apetecía nada salir aquella noche, se había esfumado de su lado tan pronto como había visto pasar delante de sus narices a un chico imberbe. Con la excusa de que volvía enseguida, Álex se había escabullido siguiendo los pasos de aquel niñato como si fuera un puñetero gato en celo, así que Alberto se había visto solo de pronto entre el montón de gente que se apiñaba sobre la pista de baile. No conocía a nadie, más allá de un par de caras conocidas con las que compartir un breve saludo y poco más, por lo que Alberto apuró su copa y regresó a la barra, donde aguardó su turno para pedir un par de chupitos de cazalla. Si sus amigos lo habían dejado tirado, tendría que buscarse nuevos amigos, y para eso necesitaba soltarse, o eso se decía a sí mismo. Lo intentaría al menos.

En cuanto los chupitos estuvieron a su alcance, Alberto se tomó el primero de ellos de un trago voraz. Tuvo un acceso de tos debido a la potencia del fuerte licor, pero esto no le disuadió de tomarse acto seguido el segundo chupito. Mientras se recuperaba del chute de alcohol, Alberto dejó los dos vasitos vacíos sobre la barra, notando el fuerte sabor anisado que bloqueaba momentáneamente su respiración. Aquello bastaría durante un rato, se dijo, al menos mientras el fuego que bullía en su estómago se dedicara a hacer su efecto. Alberto empezó a bailar entonces la canción que en ese momento sonaba a todo volumen a través de los altavoces, Poker Face de su idolatrada Lady Gaga, y dejándose arrastrar por el ritmo de la música intentó liberar su mente.

Como luces estroboscópicas, varios flashes pasaron por la cabeza de Alberto, imágenes en las que se visualizaba a sí mismo bailando sensualmente con su amigo Edu. Quiso apartarlas de su cabeza, pues estaba harto de sentirse de aquella manera; lo único que él deseaba era pasar página, ya que estaba seguro de que no tenía nada que hacer con Edu. Este ya tenía a su chico perfecto —al menos al de aquel día— y en el caso probable de que no acabara siéndolo, Alberto sabía de buena tinta que vendrían otros después de él. Tenía que pensar en otra cosa; se obligó así a convocar otra imagen en su mente, y quien sustituyó a Edu en el lienzo de su imaginación fue el chico del video erótico de Álex, el del tatuaje en forma de dragón.

Sí, Alberto había visto el video. Lo había hecho a hurtadillas y a traición, las cosas como son, puesto que Álex al final no le había enseñado ninguna captura en la que pudiera verle la cara al chico. Y es que Alberto conocía la contraseña de iCloud de su amigo —este era el servicio de almacenamiento online donde Álex guardaba todas sus fotos y videos personales—. Como amigo informático, a Alberto siempre le tocaba ayudar a sus amigos y familiares a recuperar, para variar, las contraseñas y datos de los dispositivos de sus descuidados propietarios, motivo por el cual había acabado memorizando muchas de sus contraseñas. La tentación en aquel caso había sido irrefrenable, razón por la cual había acabado accediendo a través del acceso web al repositorio fotográfico de Álex para echar una ojeada. Alberto no se enorgullecía de su fechoría, aunque intentó quitarle importancia pensando que su propio amigo le había propuesto enseñarle una foto del chico en cuestión… algo que finalmente no había hecho. El caso es que, historias aparte, el chico del tatuaje era bastante atractivo, como había podido comprobar él mismo, algo que disparó la envidia que sentía hacia la vida sexual de Álex. Puede que por esa razón tuviera tantas ganas de salir de fiesta aquella noche, de intentar vivir algo mínimamente parecido a la experiencia de su amigo y conocer a alguien igual de guapo que su último ligue.

El alcohol empezaba a hacer su efecto, por lo que Alberto perdió la noción del tiempo. Su mirada paseó a través de una sucesión de rostros iluminados por la luz de colores que bañaba el local; la música que penetraba en su cuerpo y que lo animaba a bailar gracias a la contundencia de los graves lo llevaba de la mano mientras buscaba la conexión visual con otros ojos, con otra sonrisa, con un signo mínimo de atracción mutua que lo uniera momentáneamente con alguno de aquellos desconocidos.

No supo decir cuánto tiempo había pasado cuando el rostro de un chico apareció de pronto frente a su cara. Alberto tardó en enfocar la mirada para reconocer los rasgos de su amigo:

—Alberto, ¿vas bien? —preguntó Edu, algo preocupado al ver la mirada vidriosa y la sonrisa sardónica que mostraba el grado de alcohol en sangre de su amigo.

—¡Edu! —exclamó Alberto, quien descubrió en ese momento que su lengua parecía de esparto—. ¡Estás aquí! Pensaba que estarías con tu chico.

—No, no es mi chico. Y no me hago con él —contestó Edu, algo serio—. Le he estado llamando y escribiendo un buen rato, pero no me hace caso. Oye, y tú… ¿cuántas copas llevas encima?

—¿Yo? Nada, un par. —Lo cierto es que, en ese momento, el efecto de la cazalla le estaba subiendo de golpe y estaba algo mareado, por lo que ni siquiera estaba seguro de estar mintiendo—. Oye Edu, ¿tú sabes que te quiero, no? No te preocupes si ese tío pasa de ti. Aquí estoy yo para lo que haga falta. Ese no sabe lo que se pierde.

—Gracias, Alberto, yo también te quiero… —rió Edu, al reconocer el típico afecto del borracho en las palabras de su amigo—. Pues la verdad es que estoy preocupado, no sé nada de él desde hace horas y su teléfono ni siquiera me da tono. Oye, ¿dónde está Álex?

—Yo que sé… —se encogió de hombros Alberto—. Ha salido corriendo detrás de unos pantalones, como de costumbre.

—Mira, hablando del rey de Roma…

Justo en ese momento llegaba hasta ellos su amigo, esquivando a los grupitos de chicos y chicas que bailaban y cantaban a coro una versión remix de Fuego, de Eleni Foureira.

—¿Dónde estabas? Me ha dicho Alberto que has salido corriendo detrás de un chico.

—Es una historia muy larga… —contestó Álex—. Ya os contaré.

—¡Puta! —le espetó Alberto, de pronto. Luego empezó a reírse, y a punto estuvo de perder el equilibrio—. Me has dejado tirado.

—¿Qué le pasa a este? —le preguntó Álex a Edu, frunciendo el ceño.

—Está super borracho, eso es lo que le pasa. No le hagas ni caso.

—¿Ya está así? Pero si sólo me he ido un momento…

—Un momento, dice… —Alberto no dejaba de reírse—. Si seguro que te ha dado tiempo a follártelo y todo. ¡Cacho puta!

—Lo dicho, ni caso. Oye, Álex, vigílamelo, que voy a volver a salir para llamar a Rubén. No dejes que beba más, que va pedo total.

—Pero Edu, yo…

—Vuelvo enseguida, ¿vale?

Edu no esperó a la respuesta de Álex, que se vio de pronto al cargo de Alberto, por lo que no pudo contarle que acababa de conocer a un chico al que había salvado de las garras de una de las peores ratas de ambiente que tenía el disgusto de haber conocido. Lo cierto es que aquel chico, Hugo, le había llamado mucho la atención, y aunque parecía algo más joven que él, le había resultado bastante interesante, aun a pesar de lo poco que habían podido hablar. Lo había dejado en compañía de su amiga —Mireia, le había parecido entender— y él se había despedido momentáneamente de ellos para ir en busca de sus dos amigos, con intención de contarles que había conocido a alguien y que iba a ausentarse un rato. El tiro le había salido por la culata, pues de pronto resultaba que Edu le había encasquetado el cuidado de aquella versión desfasada de Alberto sin dejarle ninguna oportunidad para explicarse.

Aunque Alberto no podía saber nada de aquello, este sospechaba —con toda claridad, aún a pesar de su estado etílico— las intenciones de su amigo. Lo conocía demasiado bien. Alberto podía leer perfectamente en su cara el estado de nerviosismo que Álex sentía al saber que otro chico le estaba esperando para continuar con el proceso del ligue y la seducción. Este, sin embargo, se quedó bailando un rato con su amigo, sin hablar, mientras echaba disimuladamente continuas miradas en dirección al lugar donde Hugo charlaba animadamente con su amiga Mireia.

Al cabo de un rato, Alberto empezó a encontrarse mal. La mezcla de alcohol parecía revolverse en sus tripas junto a la hamburguesa revenida que había cenado horas antes en compañía de Edu. De pronto sentía como si su estómago fuera la caldera de magma de un volcán a punto de entrar en erupción. Álex notó que su amigo se había quedado lívido de pronto:

—Alberto, ¿te encuentras bien?

Este negó con la cabeza. Sentía que si abría la boca para hablar, en vez de palabras lo que iba a salir de ella era algo mucho más escatológico. Álex comprendió enseguida lo que estaba sucediendo, así que acompañó a su amigo al baño del local, haciendo que este se apoyara en su hombro y rezando para sus adentros por que su amigo aguantara las ganas de vomitar hasta llegar allí.

Alberto echó, en la taza de aquel mugriento retrete, todo lo que llevaba dentro de su estómago. El asco por el infame olor de aquel baño, la sensación de suciedad de aquella taza y el suelo repleto de papel higiénico y charcos de sospechosa procedencia no hicieron sino acelerar las arcadas que lo ayudaron a vaciarse. Cuando se hubo recuperado un poco, Alberto salió del reservado y se lavó las manos y la boca en el lavabo. Se encontraba algo mejor, aunque la mirada patética que le devolvió el espejo le hizo recordar por qué había empezado a beber en primer término. Aquella no estaba siendo la noche que había esperado.

Álex lo estaba esperando fuera del baño. Cuando Alberto salió, este fue a su encuentro.

—¿Cómo estás?

—Mejor —contestó Alberto—, me encuentro mejor.

—Si es que no sabes beber. Anda, vamos un momento afuera para que te dé el aire.

Alberto acompañó a Álex en dirección a la entrada del local, tomándolo de la cintura y sintiéndose arrastrado como un remolque. Cuando estuvieron en el descansillo que separaba el ambiente ruidoso del local del exterior, Álex se volvió hacia su amigo.

—Alberto, no debes beber más.

—Métete en tus asuntos, Álex. —A Alberto no le gustó el tono paternalista que había adoptado su amigo.

—Lo digo en serio. Que cojas un pedal como este no va a hacer que Edu se fije en ti, al menos en el buen sentido. Hazte un favor, pilla un taxi y vuélvete a casa. Mañana será otro día.

—¿Pero qué dices? Lo estoy pasando bien. Y no necesito a Edu para ello. Ya le has visto, está enchochado con ese chico que ni siquiera le hace caso…

—Pues a mí me da la sensación de que si has empezado a beber como lo has hecho esta noche es precisamente por Edu. Este no eres tú, Alberto. Y estoy de acuerdo contigo. No necesitas a Edu para pasártelo bien, pero tampoco necesitas beber así. Hazme caso, lo mejor que puedes hacer es irte a casa, recuperarte de la cogorza que llevas, y mañana quedar con Edu para contarle lo que sientes por él. Si de verdad te gusta tanto, házselo saber. Sin rodeos. Para bien o para mal, saldrás de esta incógnita. El “no” ya lo tienes, pero hazme caso. Es mejor que te vea como tú eres, y no así.

Alberto calló, asimilando lo que su amigo le acababa de decir. Aunque aquel alegato tuviera la mejor de las intenciones, también sabía que no era capaz de hacer lo que le pedía. Mientras Alberto daba vueltas a sus palabras, Álex había metido la mano en el bolsillo trasero de su pantalón para sacar la cartera, de la cual extrajo un billete de veinte euros.

—Toma, coge este dinero y pilla un taxi, ¿vale? —le dijo, ofreciéndole el billete a su amigo. Alberto, dubitativo, miró el billete que le tendía Álex. Este lo sostenía delante de sus narices, agitándolo con insistencia, por lo que Alberto acabó aceptándolo—. Avísame cuando llegues a casa, ¿lo harás?

Algo desconcertado, asintió. Álex sonrió y le dio un beso en la mejilla a su amigo, a modo de despedida, y luego volvió a entrar en el local. Alberto, con incredulidad, siguió con la mirada a Álex hasta perderlo de vista, tras lo cual volvió a llevar su mirada al billete. ¿De verdad su amigo acababa de echarle del local para poder seguir ligando tranquilamente sin cargar con él, disfrazando sus intenciones con aquel presunto gesto de buena voluntad? Alberto no quiso responder a la pregunta y se encogió de hombros, tras lo cual salió del local y no precisamente en busca del taxi que le había recomendado su amigo.

Definitivamente tenía mejores planes que irse a su casa tan temprano.


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