Álex no tenía ánimo para contarle a sus amigos la insólita experiencia vivida.


Aún estaba cabreado con el mundo.

La terrible experiencia de aquella tarde seguía reproduciéndose en su cabeza como un gif animado en bucle continuo. Después de salir de la casa de aquel proyecto de psicópata, Álex había caminado un tanto sin rumbo a través de las calles del barrio de Patraix. Había tenido citas raras a lo largo de su vida, andaba pensando, pero desde luego ninguna había resultado tan incómoda y ofensiva como aquella. Ese chico, el tal Borja, era probablemente la persona más insoportable, poco considerada y excéntrica que había tenido el disgusto de conocer, y eso era ya mucho decir.

Al cabo de un rato de deambular en busca de una parada de metro, Álex decidió que no quería volver a casa para encerrarse en su habitación y seguir dándole vueltas a lo sucedido, así que sacó el móvil de su bolsillo y escribió un mensaje a Alberto para preguntarle si todavía podía apuntarse a la quedada de aquella noche, a lo que este no tardó en contestar que no había problema alguno. Aunque Álex no tenía ánimo para contarle a sus amigos la insólita experiencia vivida —al menos no todavía—, sí tenía ganas de estar con ellos y desconectar un poco pasando un rato entretenido. La verdad es que, aunque sabía que no tenía que sentirse avergonzado por ello, era la primera vez que Álex había sufrido un gatillazo, y en cierto modo su orgullo había quedado herido. Hasta aquel momento siempre se había sentido satisfecho con la calidad del sexo que mantenía, ya fuera con gente desconocida o junto a chicos con quienes hubiera tenido más confianza, pero, desde luego, la experiencia con Borja había sido el punto más bajo de toda su vida. ¿De verdad aquel individuo podía tener sexo con alguien que aguantara una actitud tan insufrible como la suya? No es que Álex fuera nuevo precisamente en el juego de la dominación: había tenido experiencias sexuales con algunos tíos con los que había ejercido tanto el rol dominante como el de sumiso, siempre en un grado ligero del que ambos habían disfrutado. Lo de aquel chico, sin embargo, no entraba dentro de un juego consentido: simplemente se había comportado como un auténtico gilipollas que ejemplificaba a la perfección el síndrome del pequeño emperador, un dictador en potencia que anteponía sus necesidades al bienestar de su compañero sexual, escudándose para ello en una actitud pretendidamente morbosa que sin duda había extraído del porno más barriobajero, casposo y pueril que pudiera existir en la red de redes.

En fin, era mejor dejarlo estar. Por suerte, en cuanto llegó al Burger King donde le esperaban Alberto y Edu, Álex pudo dejar de darle vueltas a todo para centrarse en las historias de sus dos amigos. Y es que nada más ver la cara de Alberto, Álex se dio cuenta de que su llegada había supuesto un soplo de aire fresco para él. Imaginaba el porqué: Edu no había tardado en relatarle también a él lo maravillosa que había sido su cita de aquella tarde con el chico que pocas horas antes había creído que le había dado plantón. Sabiendo que Alberto sentía por Edu algo más que una simple amistad, Álex pudo adivinar lo que estaba pasando por la cabeza de su amigo. De hecho, el propio Álex se había sentido un tanto incómodo ante el entusiasmo de Edu, pues no pudo evitar poner en contraposición su buen ánimo con la mala tarde que él mismo había pasado. Prefirió, sin embargo, no hacer comentario alguno y poner buena cara; al fin y al cabo Edu no tenía culpa de nada.

Un rato después, los tres iniciaban el paseo desde la Plaza del Ayuntamiento hasta el barrio de Ruzafa, donde tomaron un helado en una de las terrazas atestadas de gente para hacer tiempo hasta que los locales empezaran a llenarse. Después de una agradable charla, y ya pasadas las doce, los tres amigos acabaron dirigiéndose al pub al que Alberto había insistido en ir aquella noche.

ADN, para variar, suspiró Álex.

Nada más llegar al local se aproximaron a la barra en busca de unos cubatas, y Alberto quiso invitar a sus dos amigos a unos chupitos de tequila para inaugurar la noche. Álex intuyó que su amigo tenía cierta prisa por emborracharse. Quizá, con un poco de suerte, Alberto intentaría soltarse la lengua para declararle de una vez a Edu sus verdaderos sentimientos, aunque mucho se temía Álex que no caería esa breva tan fácilmente. Este aceptó el chupito que le tendía su amigo y Edu hizo lo propio. Según el típico ritual, los tres dieron un pequeño lametón a sus respectivas manos para impregnarlas con un poco de sal, tomaron los pedazos de limón que les había servido el camarero junto a los chupitos y brindaron por fin, antes de beber el licor de un trago para volver a lamer rápidamente la sal y dar un mordisco al cítrico.

—¡Guau! —exclamó Alberto—. Pienso pillar un pedal esta noche, ya os lo aviso.

—Contrólate un poquito, Alberto —le dijo Álex, que ya conocía a su amigo—, que cuando te pones así te cuesta parar a tiempo.

—¿Qué eres ahora, mi madre o qué? ¡Venga, vamos a divertirnos! ¡La noche es joven!

Alberto se dirigió a la pista de baile, moviéndose al ritmo de la música, y Edu y Álex compartieron una sonrisa.

—¿Qué le pasa hoy a este? —preguntó Edu, riendo, mientras miraba a su amigo que empezaba a bailar con el cubata en la mano—. Está un poco raro, ¿no?

—No le hagas mucho caso —se limitó a decir Álex—. Necesita un polvo, con urgencia.

Edu rió, sin darse cuenta del mensaje oculto en las palabras de su amigo, y luego ambos siguieron a Alberto al centro de la pista, amarrando asimismo sus copas. Fue entonces, al echar una ojeada casual a la gente que había en el local, cuando Álex lo vio:

Borja, el mismo tío cuya existencia en este mundo sólo deseaba olvidar, acababa de entrar en aquel preciso momento al bar, acompañado por dos amigos suyos. No podía creerlo, pero allí estaba él, vestido y acicalado para la ocasión, su pelo perfectamente peinado, su ropa ceñida y exhibiendo ese mismo aire chulesco que por desgracia había experimentado en carne propia tan sólo unas horas antes. Álex dio la espalda instintivamente a la entrada para que el susodicho no le viera. ¿En serio le estaba pasando aquello? ¿De verdad tenía que encontrárselo esa misma noche, en aquel preciso pub? Maldita la casualidad, se dijo, aunque bien mirado, ADN era por aquellos días el local de moda en la noche valenciana gay. ¿Qué podía esperar?

—Vamos a aquel rincón —pidió de pronto a sus amigos.

—¿Te pasa algo? —Edu notó que Álex estaba súbitamente nervioso—. Te has quedado blanco, parece que hayas visto un fantasma.

—No, es sólo que aquí está muy fuerte el aire acondicionado. —Álex puso la primera excusa que le vino a la cabeza, no quería dar más explicaciones en aquel momento. Lo último que quería era recordar su historia con aquel chico delante de sus amigos, aunque en realidad, por mucho que no quisiera reconocerlo, lo que sentía era algo de vergüenza. Todo era demasiado reciente—. Vamos más adentro, se estará mejor.

Sus amigos lo siguieron al rincón más apartado que este pudo encontrar. Alberto, para entonces, ya había vaciado media copa:

—Álex, tienes que enseñarme cómo lo haces —dijo, de pronto.

—¿Cómo hago el qué?

—¿Qué va a ser? —Alberto hizo un gesto exagerado con las manos. O estaba haciéndose el borracho, o el alcohol le estaba subiendo demasiado deprisa—. ¿Acaso haces otra cosa?

—No sé de qué me hablas.

—De ligar, joder. Si es que yo no me como un rosco, no se fija nadie en mí. No soy precisamente un follador vividor, como tú.

—Para empezar, no soy un follador vividor —contestó Álex, algo incómodo—. Y segundo, lo primero que tienes que hacer es dejar esa actitud. Nada de lloriquear. Lo que tienes que hacer es confiar más en ti.

—Eso es, Alberto —corroboró Edu, sonriendo—. Va, que seguro que esta noche encuentras a tu media naranja. Sólo tienes que ser tú mismo, ya verás.

—Eso es muy fácil decirlo —se lamentó Alberto—, sobre todo cuando acabas de tener la cita perfecta con el hombre perfecto. Por cierto, ¿dónde está tu chico de las golosinas? ¿No iba a venir?

—Pues todavía no me ha escrito —dijo Edu, sacando el móvil para comprobar de nuevo las notificaciones—. Chicos, voy a ver si me hago con él. Salgo fuera un momento para llamarle, ¿estaréis por aquí?

—Sí, aquí en el rincón, donde nadie nos pueda ver —comentó Alberto en tono ácido—. Yo no sé como puedes ligar tanto, Álex, si parece que le tengas alergia al ambiente. Primero no querías venir, y ahora parece que estés de incógnito. ¿Qué hacemos aquí en la esquina del bar? Va, vamos a dar una vuelta a ver si vemos chicos guapos. Hoy pienso darlo todo, te dejo que me presentes a alguno.

—Todo a su tiempo, ¡si ni siquiera me ha dado tiempo a beberme la copa! —se excusó Álex. Luego se volvió hacia Edu—. Sí, estaremos por aquí. No te preocupes, ya me encargo yo de cuidar a la reina del baile.

—Eso, vigílalo, que está desatado. Bueno, ¡ahora mismo estoy con vosotros!

—Descuida.

Álex observó cómo Edu se escabullía entre la gente en dirección al exterior del pub y aprovechó para localizar a Borja, que estaba haciendo cola en la barra junto a sus amigotes. Volvió a darle la espalda antes de que este pudiera verlo y centró su atención en Alberto, que estaba terminando de un solo trago todo lo que le quedaba de copa.

Vaya, definitivamente aquella iba a ser una noche complicada.


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