«Joder, estoy en Ruzafa, Diego. ¿Quieres que vaya ahora a la otra punta de Valencia?»


—Míralo, ahí está, el muy hijo de puta.

Borja señaló con un gesto del mentón en dirección al lugar donde Álex, Hugo y Mireia se hallaban charlando sin darse cuenta de que estaban siendo observados.

—¿Pero estás seguro de que es él? —preguntó Rafa, que se hallaba a sus espaldas y asomaba la cabeza por detrás de su hombro, intentando reconocer al chico.

—¿No ves que sí? —intervino Carlos, la Baileys, después de acabarse de un trago el cubata que sostenía y tras dejar el vaso vacío sobre la barra—. Si va vestido igual que en la foto del Grindr y todo. Debe ser su único modelito.

—Pues ya es casualidad que lo hayas conocido esta tarde, que te lo encuentres aquí y que encima te haya birlado al chico con el que estabas ligando —comentó Rafa, en tono mordaz.

—Eso es el karma, reina. —La Baileys soltó una risita exagerada—. Si es que teniendo al maromo que tienes, Borjita, no sé que haces fijándote en niñatos de tres al cuarto. Anda y deja algo para los demás.

—No me seáis capullos y dejad el temita ya. Yo me follo a quien me sale de las pelotas, y punto en boca. —Borja no podía dejar de mirar en aquella dirección, acumulando rabia contenida—. Cuando he salido del baño me los he visto juntos y he reconocido enseguida a ese gilipollas impotente. Estoy seguro de que Álex ha visto cómo me liaba con ese chico y ha querido joderme la fiesta, el muy cabrón.

—¿Y por qué iba a querer hacer eso? —preguntó Rafa, en un intento por hacer entrar en razón a su amigo—. Va tío, habrá sido casualidad. Déjate de historias y no le des más vueltas. Es lo mejor.

—Rafita, Rafita, que estás jugando con fuego… —comentó Carlos, entre dientes, pues veía cómo la tensión podía cortarse con cuchillo. O incluso con cuchara. De postre.

Borja se había vuelto para mirar a Rafa con la ira grabada en el rostro:

—¿Se puede saber de parte de quién estás tú? —le espetó.

—Joder, Borja. Sólo digo que lo dejes estar —insistió Rafa—. No te amargues la noche por el niñato ese. No merece la pena.

Borja se quedó mirando a su amigo con las cejas levantadas y sosteniéndole la mirada. Luego, chasqueando la lengua y sin mediar más palabra, Borja se alejó de ellos sin decir esta boca es mía.

—¿Me lo parece a mí o cada día está más insoportable? —musitó Rafa, hablando con Carlos. Ambos seguían con la mirada a Borja, quien se dirigía hacia la puerta del local.

—Ya lo conoces, no puedes llevarle la contraria. Parece mentira que no lo sepas.

Borja salió del local, y el ambiente cálido y cargado de humedad de la calle le golpeó en el rostro. De pronto le habían entrado unas ganas locas de fumarse un cigarrillo. No solía hacerlo, por lo que no llevaba un paquete de tabaco encima, pero en momentos de rabia como aquel solía encontrar cierta relajación en aquel mal hábito, del cual renegaba en cuanto le preguntaban al respecto —había detectado que muchas personas rechazaban liarse con fumadores—. Borja echó una ojeada a su alrededor; varios grupitos de personas se hallaban charlando en torno al local, haciendo algo de escándalo que los seguratas del pub intentaban aplacar mandándolos guardar silencio. Se acercó a uno de aquellos grupitos para preguntarle a un chico que estaba fumando si le ofrecía un cigarro, pero éste le dijo que era el último que le quedaba. Más enfurecido aún por la evidente mentira, Borja siguió andando y alejándose cada vez más del pub.

En ese momento, caminando sin rumbo, recordó algo y cogió el teléfono. Buscó en el historial de llamadas el número de Diego, su novio, y pulsó sobre su nombre.

—¡Ey, Borji! —le saludó Diego alegremente al descolgar la llamada. Se oía mucho ruido de fondo.

—Joder, Diego, te he dicho mil veces que odio que me llames así —refunfuñó Borja, sin saludar. No estaba para gilipolleces.

—Pero qué mala hostia tienes, niño. Oye, ¿sabes dónde estoy?

—Evidentemente no. Por eso te llamo.

—¿No estabas de fiesta con Rafa y Carla?

—Se llama Carlos, plumófobo de mierda, aunque no sé de qué me sorprendo, si vas de machito por la vida.

—Por eso te gusto tanto, y te recuerdo que no fui yo quien le sacó el mote. Bueno, lo dicho, que ya no estamos por Benimaclet. Me he traído a mis amigos a Deseo.

—¿A Deseo 54? —Borja abrió mucho los ojos debido a la sorpresa—. ¿Y qué se os ha perdido a vosotros por allí?

—Mira, les he hablado de la fiesta del otro día, y Sara, la chica del cumpleaños, se ha empeñado en que quería ir, que nunca había estado en una discoteca de ambiente. Estamos ahora mismo haciendo cola para entrar. ¿Te vienes?

—Joder, estoy en Ruzafa, Diego. ¿Quieres que vaya ahora a la otra punta de Valencia? ¿No habíamos quedado que vendrías tú al centro?

—A estos no les iba a convencer para ir a Picadilly. No me los veo yo poniéndose unos cascos para oír los 40 Principales, precisamente. Te recuerdo que son más de Rosendo y de Mägo de Oz. Ya me ha costado convencerlos de que al menos aquí ponen house.

Picadilly no es solo la silent room —adujo Borja. También tienen discoteca normal en el piso de abajo.

—En cualquier caso ya es tarde y estamos haciendo cola para entrar. No voy a mover a todos ahora para allá. Además hemos conseguido que nos pongan en lista, así que si te das prisa y pillas un taxi, la entrada la tienes más barata.

—Dudo que me dé tiempo a llegar.

—Va, vente. Te lo pago yo si hace falta y te invito a lo que quieras. ¿Nos vemos entonces?

—Me lo pienso.

—Lo tomaré como un sí. ¡Hasta luego, bicho!

Diego colgó la llamada y Borja guardó el móvil en el bolsillo de su pantalón. Así que Deseo 54… Por un momento a Borja le vinieron a la cabeza las palabras de sus amigos al respecto de Diego y la posibilidad de que este pudiera convertirse en la nueva atracción del local; fue así cómo Borja se descubrió de pronto con un arrebato de celos que apenas se sentía capaz de controlar. Es verdad que Diego, con esa pinta de machito heteruzo que había descubierto recientemente su homosexualidad, resultaba más que llamativo, además de estar de muy bien ver. No había más que fijarse en cómo a sus propios amigos se les caía la baba cuando hablaban de él; estaba más que seguro de que Rafa estaba colado por su novio. Por otro lado, ¡como para no estarlo! No, Diego era suyo. Es verdad que Borja le había puesto los cuernos varias veces, pero no era lo mismo. Él sabía que lo que hacía era tan solo sexo, ya tenía experiencia previa en ello y sabía muy bien cómo diferenciar lo que era un simple juego de lo que significa una pareja. Diego no; él venía de un mundo heteronormativo en el que el amor y el sexo iban enteramente unidos a la promesa de fidelidad. Que Diego le pudiera poner los cuernos con otro tío era algo muy distinto: él no sabía diferenciar el simple sexo del amor, lo que convertía una posible infidelidad suya en algo mucho más grave. Así pues, aunque lo último que le apetecía era patearse media Valencia para llegar a Deseo 54, Borja decidió que no podía dejar suelto a su novio en aquel ambiente hostil sin estar bajo su supervisión. No tenía más remedio que acudir a la discoteca, por mucho que le jodiera. Además, esa noche quería sexo.

Quién mejor que su novio para brindárselo.


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