Hugo se sintió de pronto algo intimidado, aunque no pudo evitar la excitación.


—Encantado de conocerte, Hugo.

—Igualmente, Borja.

Hugo, absolutamente nervioso, dio finalmente un trago a la copa a la que le acababa de invitar aquel chico. Aunque no le gustaba especialmente la ginebra, hubo de reconocer que aquel cubata estaba realmente bueno. El suave toque de fresa y el dulzor del refresco hacían que aquella copa entrara muy fácilmente.

Mireia, sonriente, contemplaba la escena a espaldas de su amigo, mientras bailaba al son de la música. Hugo reparó de pronto en ella y se dispuso a hacer las presentaciones.

—Borja, esta es mi amiga Mireia. Mire, este es Borja.

—Encantada —dijo ella, saludando al ligue de Hugo y aproximándose para darle dos besos en la mejilla, que este correspondió:

—Igualmente, un placer.

—Bueno, yo me he quedado sin bebida, así que me voy a la barra —se disculpó Mireia de pronto, muy oportunamente—. Os dejo que habléis tranquilamente, que os conozcáis y esas cosas. Yo vuelvo ahora en un ratito. ¡No os molesto!

Mireia se escabulló entonces, dejando de pronto a Hugo a solas con aquel chico. Mientras se dirigía a la barra, esta se volvió hacia su amigo para guiñarle un ojo.

—Vaya, así que has venido de fiesta a solas con tu mariliendre —comentó Borja, por lo bajo y en tono burlón.

—¿Cómo? —Con el volumen de la música, Hugo no había escuchado bien.

—Nada, que entonces has venido por primera vez de fiesta al ambiente. Pareces algo crío, ¿cuántos años tienes?

—Tengo dieciocho —contestó él. Luego se dio cuenta de su mentira, y añadió—: Bueno, en realidad los cumplo dentro de poco, sólo me faltan unos días.

—Vaya, ¡así que he invitado a beber a un menor! —fingió sobresaltarse Borja.

—¿Cuántos años tienes tú?

—¿Yo? Veintidós —contestó él, mecánicamente. Tenía muy aprendida esa cifra, aunque en realidad sumara dos años más.

—Ah, pues tampoco eres tan mayor —replicó Hugo.

—¿Qué quieres decir? ¿Que aparento más? —El tema de la edad era algo que Borja no llevaba demasiado bien. Cada vez veía el cuarto de siglo más cerca y eso le sonaba prácticamente a momificación.

—No, no quería decir eso. Sólo creo que no nos llevamos tantos años.

—Dime, Hugo —cambió de terció Borja deliberadamente—, ¿ya has estado con otros chicos antes, o también eres nuevo en esto?

—¿A qué te refieres?

—Te pregunto si ya te has liado con algún chico. Mira que las nuevas generaciones vais pisando fuerte.

—Pues no es mi caso —dijo él, que no sabía si avergonzarse o sentirse orgulloso por ello—. En realidad, nunca me he liado con ningún chico. Ni siquiera un pico.

—¿No? ¿Y eso por qué?

—Es complicado. Yo… —Hugo no sabía muy bien por dónde empezar, y tampoco estaba seguro de querer soltarle todo el rollo a aquel chico de buenas a primeras—. Bueno, digamos que acabo de salir del armario en casa, y no es que lo haya tenido fácil precisamente para conocer a otros chicos gays.

—¿No? Quién lo diría.

—¿Por qué dices eso?

—Pues porque me pareces un chico muy atractivo. Vamos, seguro que en el instituto más de uno se ha fijado en ti. ¿O ya vas a la Universidad?

—Estoy estudiando un módulo. Técnico en audiovisuales —contestó él, orgulloso. Ante el inesperado piropo, Hugo no había podido evitar sonrojarse como un tomate.

—Vaya, sin duda esa debe ser la carrera más gay que conozco, después del módulo de peluquería y estética, por supuesto —comentó Borja, haciendo alarde de su habitual acidez—. Conozco a varias personas que han estudiado lo mismo, todas gays, claro.

—¿Lo dices en serio?

—¡Claro! Si un chico te dice “He ido al concierto de Beyoncé”, “Estudio audiovisuales” o “Tengo un carlino y se llama Pepu”, ten por seguro que es más maricón que un palomo cojo.

—Eso suena un poco ofensivo, ¿no crees? —frunció el ceño Hugo.

—Ay, qué siesos y ofendiditos me habéis salido los de tu añada —dijo Borja, adoptando un tono jocoso—. Si es que no se os puede decir nada. Menos mal que luego soléis compensarlo con creces. ¿Te he dicho ya que tienes unos ojos preciosos? —De pronto, Borja aproximó su rostro al de Hugo—. Va, no me creo que ningún chico te lo haya dicho nunca antes.

—Pues no… —Hugo se sintió de pronto algo intimidado, aunque no pudo evitar la excitación al escuchar aquellas palabras dirigidas hacia él.

Borja se lanzó entonces sobre sus labios, primero suavemente, mordiendo apenas su boca con inesperada dulzura. Luego, tras superar la pequeña resistencia con la que Hugo se defendió inconscientemente, la rigidez de sus labios disminuyó, permitiendo que se relajara y que la lengua de Borja penetrara para jugar con la suya propia, en un duelo cada vez más ansioso.

Cuando los dos chicos dejaron de besarse, ambos se miraron a los ojos con pasión y excitación vibrando al son de sus pupilas. El corazón de Hugo debía ir a mil por hora.

—Ahora sí que no te creo —dijo Borja, acercando sus labios al oído de Hugo y hablando suavemente.

—¿Qué es lo que no te crees? —le preguntó él, en el mismo tono, también al oído.

—Con lo bien que besas, estoy seguro de que no es la primera vez que lo haces —le susurró Borja, antes de volver a mirarle a los ojos y volver a besarlo mientras sus manos se deslizaban alrededor de su cintura para amarrarlo con cierta fuerza.

Hugo sintió la erección tomando forma bajo su pantalón. No podía creerlo, su amiga Mireia había tenido razón. ¡Era la primera vez que ligaba con un chico! Se dejó llevar y correspondió a Borja con aquel beso apasionado mientras se agarraba a él con la mano que tenía libre. Borja le había tomado también por la cintura, y los dos estuvieron besándose un buen rato.

Al cabo de un rato de aquella guisa, Borja se separó y miró a Hugo con deseo:

—¿Me acompañas al baño? —preguntó.

Hugo le miró, dubitativo:

—Eh… sí, claro.

—Ven, vamos por aquí.

Hugo se dejó arrastrar por Borja hasta la zona donde se encontraban los baños del local. Había allí varias personas esperando para entrar, por lo que los dos chicos hubieron de ponerse a la cola. Mientras esperaban, para hacer tiempo, Borja volvió a besarle.

—¿Vas a entrar conmigo al baño? —le espetó, de pronto. Hugo se quedó un tanto descolocado ante aquella proposición.

—Yo… aún no tengo ganas de mear.

—Tío, dime que no tienes ganas de más —insistió Borja—. Joder, si es que besas muy bien. Me has puesto muy caliente. Va, entra conmigo.

Hugo sintió de pronto una revolución en su estómago, aunque esta vez no resultó tan agradable como las anteriores. Aquel chico le estaba proponiendo tener sexo allí, en aquel baño probablemente destartalado y mugriento. No era la idea que él tenía para su primera experiencia real con otro chico. Es cierto que hasta ese momento había estado disfrutando de aquel encuentro, había llegado a estar muy excitado, pero desde luego no hasta ese punto.

—Borja, yo… Creo que no. Entiéndeme, me muero de ganas de hacerlo, pero no aquí. No así.

—Venga, lo pasaremos bien. Además, he traído esto. —Borja sacó con discreción de su bolsillo un pequeño frasco con etiquetado de vivos colores y se lo mostró—. ¿Sabes lo que es?

Hugo se puso de pronto en alerta:

—Eso es… ¿droga?

—Es Popper, tío. No es una droga, ni siquiera tienes que tomarla. Sólo tienes que olerla un poco y te aseguro que flipas. Hace que disfrutes mucho más del sexo.

—A mí eso me suena a droga… —replicó Hugo, muy serio. La excitación se le había esfumado de golpe. De pronto, Hugo sólo quería salir de allí. Aquella historia estaba volviéndose incómoda por momentos. Si algo tenía claro Hugo es que no quería tener nada que ver con asuntos de drogas, más allá del alcohol, y ni siquiera este le gustaba en exceso.

Mientras hablaban, la cola del baño había ido corriendo, por lo que los siguientes en pasar en aquel momento eran ellos dos.

—¿Entonces no vas a entrar conmigo? —preguntó Borja, adoptando un tono de ultimátum que a Hugo no le sentó nada bien.

—No, creo que no —contestó él, fríamente.

—Está bien. Como quieras. —La puerta del baño se abrió en ese momento, de la cual salieron dos chicas riéndose a carcajada limpia. Borja se abrió paso al interior y desde la puerta se volvió hacia Hugo—. Espérame aquí, al menos.

Hugo asintió con la cabeza mientras Borja cerraba la puerta. Algo en su fuero interno le animaba a salir corriendo y sin embargo no lo hizo, pues otra parte suya le impedía dejar tirado a aquel chico al que acababa de conocer. Se sintió de pronto como en el típico cartoon, con un Hugo en miniatura vestido de diablillo flotando a un lado de su hombro, y su versión angelical al otro. En semejante disyuntiva se encontraba cuando de pronto notó una mano que se posaba sobre su hombro. Pensando que su amiga Mireia había aparecido allí en su rescate, Hugo se volvió con una sonrisa dibujada en la boca. Lo que se encontró, sin embargo, fue a otro chico al que no había visto nunca y que reclamaba su atención:

—No me conoces de nada —le dijo este, de corrido— y no tienes por qué hacerme caso, pero déjame que te aconseje una cosa: aléjate de ese tío. No es trigo limpio.

Hugo parpadeó unos segundos con incredulidad antes de contestar:

—Te refieres a…

—Borja, sí. Te he visto antes besándote con él, y me ha dado la impresión de que os acababais de conocer. Ya, ya sé que quizá me estoy metiendo donde no me llaman, pero te digo yo que es mala gente. Te lo digo por experiencia. He tenido la desgracia de descubrirlo en primera persona.

Aunque no conocía de nada a aquel chico y tampoco tenía ni idea de qué iba toda aquella historia, Hugo tuvo la sensación de que estaba siendo sincero con él.

—Si quieres que te diga la verdad, estaba empezando a sospechar algo por mí mismo, pero te agradezco el consejo —reconoció, sonriendo—. ¿Y tú, cómo te llamas?

—Álex —contestó, devolviéndole la sonrisa—. Me llamo Álex. ¿Y tú?


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