«Si me invitas a una copa, quizá te lo acabo contando.»


—Entonces, ¿es cierto?

Álex y Hugo se hallaban sentados en un banco, en una de las calles cercanas al pub ADN. Después de un buen rato bailando en el local, Mireia había decidido irse a casa y dejar espacio a los dos chicos para que pudieran conocerse. Así, después de acompañar a Mireia a coger un taxi, y una vez solos, los dos pudieron sentarse a hablar más tranquilamente, fuera del ruidoso ambiente del pub. Aunque para ser septiembre era una noche particularmente calurosa —el ambiente estaba cargado de humedad—, Hugo y Álex se encontraban muy cómodos charlando en la calle y la conversación fluía realmente bien:

—¿A qué te refieres?

—A lo que me has contado antes, que has salido hoy del armario. —Álex apoyaba su brazo en el respaldo del banco mientras miraba fijamente a Hugo, y éste se hallaba sentado de cara a él, rodeando sus rodillas con ambas manos—. ¿Cómo se lo han tomado tus padres?

—Pues la verdad es que aún no lo sé —reconoció Hugo—. He soltado la bomba y he salido por patas. Está siendo un día muy extraño, la verdad. No sé cómo van a reaccionar, pero imagino que va a ser un poco shock para ellos. Especialmente para mi madre.

—Bueno, seguro que va todo bien.

—Si es que no conoces a mi madre. Puede llegar a ser un poquito visceral. Además, está muy metida en temas de la Iglesia y eso… no sé.

—¿Sí? Y tú, ¿también eres creyente? —se interesó Álex, que sonrió—. La verdad es que tienes pinta de estar en el coro de la parroquia.

—¿Yo? ¡Qué va! A mi la religión ni fu ni fa. A ver, paso un poco de todo ese rollo, aunque sí, tuve que hacer la confirmación, más por no dar un disgusto a mi madre que por otra cosa. Puede ser muy insistente.

—Entiendo. En mi casa es todo lo contrario, mis padres siempre han sido muy abiertos, y la verdad es que se tomaron lo de que fuera gay de la mejor manera posible. A veces incluso me da la sensación de que mi madre está especialmente ilusionada de tener un hijo gay, como si siempre hubiera querido tenerlo. A veces tengo que cortarla un poco y todo, me pregunta temas de mis ligues o de sexo sin venir a cuento de nada. Mi abuela igual, y eso que ella es de misa diaria, aunque siempre ha sido muy de izquierdas, la verdad.

—Jolín, qué envidia me das. Ojalá mi familia fuera así.

—Hugo, no te preocupes tanto. Seguro que, cuando tu familia entienda que no pasa nada y que sigues siendo el mismo, lo aceptarán y todo irá bien. Muchas veces el desconocimiento hace que la gente se sorprenda o lo lleve peor.

—Espero que tengas razón.

Hugo no podía dejar de mirar a aquel chico. Era algo mayor que él, aunque no demasiado; tenía el pelo negro y unos rasgos algo aniñados. La verdad es que Álex le resultaba muy atractivo. Además, desde el primer momento había resultado tener conversación y era muy agradable en el trato, mucho más pausado, nada que ver con ese otro chico, Borja, que al poco de hablar con él ya se había mostrado demasiado… echado para adelante, por decirlo de alguna manera. Hugo prefería aquello; conocer a alguien, ir poco a poco. Y de momento lo que estaba descubriendo le resultaba estimulante:

—Y tú, ¿has estado con muchos chicos? —le preguntó a Álex.

—Bueno… —Este desvió la mirada, simulando cierta vergüenza—, he estado con unos cuantos, sí.

—¿Unos cuantos? ¿Y eso cuánto es? Tres, cuatro, diez…

Álex respondió con algo de timidez:

—Más.

—¿Más de diez? —Hugo arqueó las cejas, sonriendo.

—¡No sé, no llevo la cuenta! Es posible que más.

—Joder, menudo pieza debes ser —rió Hugo.

—¡Eh, no te rías! ¿Y tú, con cuántos? A ver si resulta que estoy hablando con Sor Hugo.

—¿Yo? Pues realmente sólo he estado con uno, y tampoco es que se pueda decir que haya sido algo muy serio. Sólo llegamos al grado uno.

—¿Grado uno? —frunció el ceño Álex, extrañado—. ¿Y eso qué es?

—Bueno, así es como lo llamamos mi amiga y yo. —Hugo, de pronto, se puso algo colorado. Parecía que le daba un poco de vergüenza tratar aquel tema—. No te rías tú ahora, ¿vale? A ver, Mireia y yo pensamos que en el sexo hay tres grados. El primer grado sería la masturbación…

—Quieres decir… hacerse unas pajas, vamos. —Hugo se le quedó mirando, y sus mejillas se habían puesto aún más coloradas. Álex estaba disfrutando al ver cómo Hugo se sonrojaba; resultaba bastante tierno.

—Sí, hacerse unas pajas —repitió Hugo, sonriendo y con cierto retintín—. El segundo grado sería… hacer una mamada. Iba a decir sexo oral, pero igual te parecía demasiado pedante.

—Bueno, más que pedante, un poco formal para mi gusto.

—Ya veo —rió Hugo—. Pues eso; el tercer grado, como te imaginas, sería follar, con penetración y todo. Así que ya ves, sólo he llegado a hacerme una paja con otro chico. Al final tienes algo de razón: me temo que soy un poco Sor Hugo. Casto y virginal.

—Algo me dice que lo de casto no lo llevas precisamente en la sangre, ¿o me equivoco?

—Creo que lo que estoy es más salido que el pico de una plancha. —Ambos rieron sonoramente. Hugo notaba que se iba soltando cada vez más. Resultaba una experiencia muy agradable poder hablar así con otro chico, bromeando sobre sexo, siendo él mismo con total naturalidad—. De todas formas, no busco sexo, al menos no de buenas a primeras. Me gustaría simplemente conocer gente con la que estar a gusto, y lo que tenga que venir, que venga solo. No quiero que pienses que soy tan fácil.

—Yo no pienso nada, te lo dices todo tú solito. —Álex sonreía también—. Espero que al menos esta noche puedas decir que has conocido a gente interesante.

—Bueno, creo que sí. —Hugo puso gesto pensativo—. He conocido a un tal Borja que…

Álex bufó sonoramente y luego los dos rieron.

—Bueno, la verdad es que me ha gustado algún chico más esta noche, eso lo tengo que reconocer —comentó Hugo, bajando la mirada. Luego volvió a mirar a Álex levantando los ojos. Sonreía.

—¿Ah sí? —le siguió el juego Álex—. ¿Y se puede saber el nombre del afortunado?

—Hum, de momento es un secreto. Pero bueno, si me invitas a una copa, quizá te lo acabo contando.

—Vaya chico misterioso. Parece que no me dejas opción entonces: ¿volvemos al pub y nos tomamos algo? A ver si así se te suelta la lengua.

—¡Claro, vamos!

Los dos regresaron al pub y Álex cumplió con lo que le había prometido a Hugo. Mientras esperaban a que les sirvieran una copa a cada uno, los dos chicos hubieron de estar muy juntos debido a la afluencia de gente en la barra del local; Hugo sintió entonces cómo la mano de Álex buscaba el roce con la suya propia, acercándose poco a poco, tanteando con el tacto de sus yemas el dorso de su muñeca hasta que por fin sus dedos acabaron entrelazándose con los suyos. El corazón de Hugo parecía que iba a saltar del pecho en cualquier momento.

Cuando el camarero les sirvió por fin la copa, los dos brindaron sin hablar, mirándose a los ojos mientras sonreían. Ambos bebieron un trago y luego Hugo se envalentonó, acercando sus labios al oído de Álex.

—El nombre del chico —dijo, hablando en susurros—, empieza por A.

Hugo se volvió a separar entonces de Álex y los dos volvieron a mirarse. En su sonrisa se dibujaba el deseo del beso que ambos estaban anticipando. Fue Álex quien se aproximó entonces a él, acercando sus labios a los suyos, y finalmente los dos se fundieron en un beso suave, dulce, que a Hugo le erizó los cabellos de la nuca, sintiendo un cosquilleo que nacía de su estómago y se expandía por todo su cuerpo. Notó la erección que tomaba forma bajo sus pantalones, respondiendo de manera automática a la excitación provocada por aquel primer contacto; con los ojos cerrados, Hugo se dejó llevar por sus sensaciones, notando el tacto húmedo de los labios de Álex, la lengua cálida que tanteaba en el interior de su boca, tomándose su tiempo.

Hugo hubiera congelado aquel instante de tiempo en una de esas bolas de cristal que almacenan escenas estáticas, rodeadas por falsos copos de nieve que se mueven caóticamente a su alrededor. Rodeados por toda la gente que bailaba y se deslizaba a su alrededor, como polvo en suspensión, como luciérnagas pululando en un bosque nocturno, un universo cambiante y en continuo movimiento se desarrollaba totalmente ajeno a ese momento íntimo entre las dos personas que estaban compartiendo aquel mismo instante de tiempo, aquel mismo espacio, sin preocuparse de nada de lo que aconteciera más allá de la frontera de su mutua piel.

Cuando aquel instante eterno terminó, los dos chicos abrieron de nuevo los ojos para encontrarse el uno al otro en sus respectivas miradas. La cara de Hugo estaba completamente iluminada. De pronto empezó a reír.

—¿Qué ocurre? —Álex fue el primero en hablar, extrañado por la súbita risa de Hugo—. He hecho algo que…

—No, no… —Hugo quería explicarse, pero apenas sabía cómo hacerlo—. Ha sido… genial. Es sólo que, no sé, tengo ganas de reír.

—Pero eso es bueno, ¿no? —La risa de Hugo resultaba contagiosa, y Álex también sonreía.

—Claro, claro que lo es —dijo—. Me ha gustado mucho.

Después de aquello, los dos chicos bailaron juntos durante un buen rato. Al ritmo de las distintas canciones escogidas por el DJ, Hugo y Álex fueron tanteando sus cuerpos, dejándose llevar por los ritmos del reaggeton, de la música pop, de la pachanga verbenera. Entre risas, besos, bailes sensuales, bromas al oído y algunas copas de más fueron pasando las horas sin que ambos se dieran apenas cuenta de ello.

—Oye, tengo que ir un segundo al baño —le dijo Álex en determinado momento, después de que ambos se lo pasaran en grande bailando una canción noventera de las Spice Girls—. Vuelvo enseguida, ¿vale?

—Claro, no te preocupes.

Mientras Álex se escabullía en dirección al baño, Hugo suspiró, asimilando todo lo que estaba pasando aquella noche. Estaba exultante. Apenas podía creer que todo aquello le estuviera pasando a él. Hugo reparó entonces en que no sabía en qué hora vivía, pues apenas sí se había preocupado de otra cosa en toda la noche que no fuera su flirteo con Álex, por lo que sacó el móvil de su bolsillo en un gesto distraído para ver qué hora era.

Fue entonces cuando lo vio.

En la pantalla de inicio de su móvil había un mensaje de Mireia, escrito hacía ya un par de horas, seguido de numerosas llamadas perdidas suyas, y docenas de llamadas de su madre. Hugo hubo de releer varias veces el mensaje de su amiga para entender lo que estaba pasando. Presa de los nervios, Hugo pulsó el nombre de su amiga para devolver la llamada. Con el ruido de fondo del local apenas oiría nada, si es que su amiga aún seguía despierta, por lo que corrió hacia el exterior del local esperando que Mireia cogiera el teléfono. Su amiga respondió finalmente a la llamada, aunque apenas podía escucharla, ni ella a él. Sólo una vez en la calle, Hugo pudo hacerse entender:

—¡Mireia! —exclamó, completamente nervioso—. Mireia, ¿qué dices que ha hecho mi madre…?


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