Borja había agarrado a Alberto por la camisa, obligándole a mirarle.


Al salir a la calle, el impacto del aire cálido provocó que Alberto empezara a sudar de inmediato. Debido al nivel de alcohol en sangre, este se sentía como en el interior de la escafandra de un buzo, su visión periférica convertida en un galimatías borroso, y aunque su cerebro enviaba las órdenes precisas a sus piernas para seguir moviéndose en la dirección que marcaba su voluntad, tenía la sensación de que de algún modo era arrastrado por alguna tracción desconocida.

Después de que Álex le diera aquel billete para enviarlo a dormir a casa por correo certificado, Alberto había tomado la decisión de continuar la juerga a solas en algún rincón lo más lejos posible de allí, no fuera a encontrarse con su amigo a la primera de cambio. Y dado que el ambiente de Valencia se había visto muy reducido en los últimos años —se había producido el cierre de muchas discotecas y bares— sus opciones eran bastante escasas, reduciéndose en realidad a una sola: la discoteca Deseo 54. Así pues, Alberto dirigió sus pasos —si es que realmente tenía control sobre ellos— desde la puerta del pub hacia la Gran Vía Germanías, donde esperaba coger un taxi que lo dejara en la Calle Sagunto, cerca de la discoteca en cuestión.

Al cruzar la calle perpendicular por la que transitaba rumbo a su destino, Alberto se topó de pronto con su amigo Edu, que estaba sentado en un banco, solo y cabizbajo, navegando en los menús de su móvil con desgana. A pesar de la borrachera que llevaba encima, Alberto fue inmediatamente consciente de lo que pasaba: aquel gilipollas de las golosinas había dejado tirado a su amigo aquella noche. En ese momento tuvo ciertos sentimientos encontrados: aunque sentía cierta satisfacción al comprobar que, como había sospechado, aquel chico no era trigo limpio, le supo realmente mal ver tan deprimido a su amigo Edu, por lo que se acercó a su lado con intención de darle ánimos. Edu casi ni se apercibió de que su amigo estaba allí hasta que Alberto tomó asiento a su lado.

—Alberto… —se sorprendió Edu, que parecía haber llorado, pues tenía los ojos un poco enrojecidos—. Perdona, sé que os he dejado tirados a Álex y a ti. Es que…

—No te preocupes por mí. —De algún modo, ver a su amigo tan triste había provocado que se le hubiera pasado un poco la borrachera que cargaba a cuestas—. ¿Tú cómo estás?

—Ya me ves. —dijo Edu, sonriendo con tristeza—. Siempre me pasa lo mismo. Me hago ilusiones a la más mínima, y luego… me llevo un chafón.

Alberto pasó un brazo por encima del hombro de su amigo y le dio un abrazo.

—Si es que soy idiota —se lamentó Edu—. He estado llamándole, escribiéndole mensajes un buen rato… y nada. He llegado a pensar que le había pasado algo, y hasta me he acercado a donde se supone que estaba cenando con sus amigos, pero ya no estaban. Ya, ya sé lo que me vas a decir… que soy un exagerado. Pero es que, joder, me parecía súper raro que no me dijera nada, que no me cogiera el teléfono. El caso es que al final me he vuelto y, de pronto, cuando ya estaba llegando aquí, me ha llegado un mensaje suyo. Y… ¿sabes qué? Al cabo de todo este rato sin saber nada de él, lo único que me escribe es para decirme que ya está en la cama y que “buenas noches”.

—Joder, ¿sólo eso? ¿Y tú qué le has dicho?

—¿Yo? Primero me he quedado en blanco. Luego le he preguntado si se encontraba bien, que le había estado llamando todo este rato y no me había cogido el teléfono. ¿Sabes qué me ha contestado?

—No…

—Nada. —Edu miró a su amigo con la incomprensión dibujada en el rostro—. ¡Nada! Ha leído mi mensaje, porque está el doble check azul, pero… ¿a ti te ha contestado? ¿No? Pues a mí tampoco.

—Menudo imbécil.

—Ya, aunque el imbécil aquí soy yo, por hacerme ilusiones.

—Tú no tienes la culpa, Edu. —Alberto miró a su amigo con cariño—. Mira, vamos a hacer una cosa, te vas a venir conmigo de fiesta y vamos a olvidarnos de los problemas. Nos pegamos unos bailes, nos bebemos media barra y los dos a olvidar las penas. No quiero verte así, y menos por un chico al que acabas de conocer…

—Alberto, te agradezco que quieras animarme pero… no tengo muchas ganas de fiesta hoy, lo siento. —Edu se levantó entonces del banco y se volvió hacia su amigo—. Creo que me voy a casa. Siento dejarte tirado, pero es que no me encuentro bien y tampoco estoy de humor. Sólo iba a conseguir amargarte la noche.

Una vez más, Alberto sintió cómo se le hacía añicos su cada vez más pequeño corazoncito. Se levantó del banco también, no sin dificultad, pues todavía acusaba el mareo producido por el alcohol. Deseaba en ese momento decirle a Edu, con todas sus fuerzas, que allí le tenía a él, que estaba dispuesto a hacerle feliz, que nunca le dejaría de lado y que para él siempre sería lo primero. Pero no lo hizo. Se quedó plantado mirándole sin saber cómo convencerle de que se quedara a su lado.

—Despídete de Álex por mí, ¿vale? Dile que le veo mañana en casa.

Alberto asintió.

—Buenas noches, Alberto. Pasadlo muy bien, ¿vale?

—Claro. Bona nit, guapo.

Edu le dio dos besos en las mejillas, y luego se marchó. Alberto se quedó mirándole mientras su amigo se perdía entre la gente que a aquellas horas todavía caminaba a través de las concurridas calles de Ruzafa.

Solo de nuevo, y aún más apagado al ver cómo se le había vuelto a escapar una oportunidad de decirle a Edu lo que sentía, Alberto decidió que debía dejar esos pensamientos atrás y continuar con su plan inicial. Remontó por ello su camino en dirección contraria a la de su amigo, andando con dificultad y con una molesta y extraña sensación de sentirse borracho pero no precisamente demasiado animado. Se dijo a sí mismo que debía cambiar el chip, dejar el mal rollo atrás e intentar pasárselo bien.

Consiguió tomar un taxi al poco tiempo de dejar a Edu, en cuanto alcanzó la Gran Vía. El trayecto desde allí resultó bastante rápido y fue costeado por el dinero que muy amablemente le había cedido Álex. Así, cuando Alberto bajó en la Calle Sagunto, este se dirigió hacia la entrada de la discoteca, que se hallaba en la Calle Pepita —siempre le había hecho gracia aquel nombre—, paralela a su ubicación. Un nutrido grupo de personas esperaba para entrar en la nave que constituía el local de la discoteca. Alberto hizo la pertinente cola, esperando su turno para pagar la entrada y acceder al fin al interior, mientras observaba con curiosidad a los grupos de amigos que parloteaban y reían mientras aguardaban el momento para entrar. No quiso pensar demasiado en lo triste que debía parecer, esperando allí solo y sin compañía a entrar en la discoteca; era la primera vez que hacía algo así, pero sería mejor no centrarse en ello y simplemente dejarse llevar.

Pocos minutos después, la música house y la oscuridad bañada por la luz negra y aquellos destellos de colores cambiantes copaban sus sentidos, mientras aguardaba a que el camarero le atendiera en la barra para canjear su consumición. Necesitaba más combustible si quería sentirse liberado por completo de cualquier miedo social. Ahora sus amigos no estaban allí para recordarle lo poco apropiado de aquella estrategia, por lo que pudo pedir un nuevo cubata sin remordimiento alguno. En cuanto le sirvieron la copa, un gin-tonic bastante cargado, Alberto se bebió prácticamente la mitad de un trago.

Algo aturdido, Alberto cerró los ojos y dejó reposar el vaso que contenía el resto del cubata sobre la barra, sintiendo cómo el efecto del licor volvía a conducirle a un pronunciado estado de embriaguez; mientras tanto, la música que sonaba a todo volumen a través de los bafles lo abrazaba con una consistencia que sentía casi sólida. Luego, Alberto abrió los ojos, y el mundo osciló a su alrededor hasta estabilizarse segundos después, sumido en una neblina bañada por vivos colores. Y en ese momento, entre la bruma que como un filtro de viñeta de Instagram transformaba la realidad en un sueño onírico, Alberto vio frente a sí, a solo unos metros de distancia, al chico más guapo con el que se hubiera topado aquella noche —salvando las distancias con Edu, claro está—, el cual estaba esperando su turno a ser atendido también en aquella barra. Alberto, sabiéndose controlado por la destilería en que se había convertido su sistema circulatorio, se planteó ir directo a por aquel morenazo para decirle a las claras lo guapísimo que le parecía, lo atractiva que resultaba su perilla perfecta, lo bien que le sentaban aquellas mangas de camisa que contorneaban perfectamente sus brazos marmóreos, lo sexy de aquel pelillo que se adivinaba en el cuello calculadamente abierto de su outfit. Pero más allá de lo espectacular de aquel físico, no sólo era eso lo que le había resultado llamativo de aquel chico: realmente le resultaba sumamente familiar, como si ya lo hubiera visto o conocido antes, en otro momento o entorno de su vida. Puede que fuera una ilusión fruto del alcohol, o quizá realmente conociera a aquel chico de otro ámbito; quizá fuera un compañero suyo de la universidad o viviera por su misma zona, no podía decidirlo. En cualquier caso, antes que alabar sus evidentes virtudes físicas en plan baboso, aquel era mucho mejor punto de partida para empezar una conversación, así que Alberto, decidido a probarse a sí mismo, empezó a andar en su dirección justo cuando otro tío, alto y de pelo castaño, aparecía en escena a espaldas del susodicho para sorprenderlo con un beso que éste había devuelto gustoso.

Qué mala pata, joder, pensó Alberto. Había parado de caminar en seco, a tan sólo unos pasos de la parejita. El chico moreno se había apercibido de la llegada de Alberto, y le echó una mirada mientras besaba a su presunto novio. Alberto se quedó allí quieto, manteniendo la mirada fija, cubata en mano, y sintiéndose un completo idiota. Luego la pareja dejó de besarse y el chico de pelo castaño, que estaba de espaldas, dándose cuenta de que su novio miraba a alguien, se volvió hacia Alberto.

—¿Y tú qué miras? —le dijo, en un tono algo agresivo. Alberto se fijó en los ojos claros de su interlocutor, algo intimidado. Era más alto que él, pues casi le sacaba una cabeza.

—Na… nada, sólo es que me había parecido que conocía a tu amigo.

—Querrás decir a mi novio —aclaró el chico, que parecía más enfadado aún.

—Sí, claro, tu novio —repitió Alberto, como un autómata.

—Perdona, pero creo que no te conozco de nada —intervino el aludido, sonriendo, en un tono mucho más conciliador. Al escuchar aquella voz, Alberto sintió de pronto un tremendo déjà vu. Cada vez estaba más convencido de que sí, había visto a aquel chico antes, pero… ¿dónde?

—Y tú qué, ¿dejándote querer y riéndole la gracia? —dijo el chico castaño, volviéndose de pronto hacia su chico—. ¿Por eso te apetecía tanto venir a Deseo? Menos mal que he acercado, porque ya veo que a la mínima de cambio se te abalanzan como bichas. Si es que esto es un nido de víboras.

Víboras, pensó Alberto, que seguía sumido en aquella sensación de familiaridad tan extraña. Su cabeza, aunque embotada por el alcohol, se había activado al escuchar aquella palabra.

—Borji, desde luego a veces te pones un poquito gilipollas —dijo el chico moreno, dejando de sonreír—. Déjalo en paz. Venga, vamos con mis amigos…

—¿Cómo te tengo que repetir que no me llames así, Diego? —se exaltó Borja.

Mientras los dos chicos se enzarzaban en una discusión absurda, Alberto seguía a lo suyo, procesando en el archivo de sus recuerdos el rostro y la voz de aquel chico y la extraña relación que había percibido con la palabra víbora. Fue entonces cuando la ruleta de su mente encontró una asociación:

—Víbora. Serpiente… —murmuró para sí. De pronto había visto la luz, y con incredulidad volvió a mirar a Diego—. ¡Hostia puta!

Alberto no pudo evitar echarse a reír de golpe. Al escuchar las risas a sus espaldas, Borja se volvió de nuevo hacia él.

—¿Y a este qué coño le pasa ahora?

A Alberto le había entrado un auténtico ataque de risa, propiciado en gran medida por el nivel etílico de su sangre y lo surrealista de aquella situación. Diego y Borja se miraron confundidos, preguntándose con la mirada de qué diablos se estaba riendo aquel borracho.

—¡El chico de la serpiente! —soltó Alberto de pronto, entre carcajadas—. ¡No me jodas que eres el tío del tatuaje!

Al escuchar aquello, Borja abrió los ojos desorbitadamente. Diego, por su parte, se había quedado lívido.

—Tú… —Con la incredulidad dibujada en el rostro, Borja se acercó a Alberto, que debido a la risa se hallaba encorvado—. ¿Tú has visto su tatuaje?

—¡Para no verlo! —afirmó Alberto, totalmente convencido, y riendo sin parar. Borja se volvió hacia su novio con la ira asomando a su rostro, que empezaba a enrojecer. Diego se había llevado una mano nerviosa a la frente. Estaba completamente confundido.

—Tío, no le hagas ni caso —dijo—, yo a éste no le conozco de nada.

—¿Y cómo sabe entonces lo de tu tatuaje?

—¿Y a mí que me dices? Será casualidad, ¿cuánta gente lleva tatuajes? —se defendió Diego—. Además, ni siquiera es una serpiente. Es un dragón.

—Es un puto dragón enroscado —puntualizó Borja, casi gritando—. ¿Me quiere explicar alguien qué coño está pasando aquí? ¿Tú, dónde has visto el tatuaje de Diego? ¡Dímelo!

Borja había agarrado a Alberto por la camisa, obligándole a mirarle. Alberto, que ya estaba superando el acceso de risa, posó su mirada en los ojos verdes y penetrantes de aquel chico. La ira que se dibujaba en aquel rostro y la agresividad que podía sentir en aquellas manos que lo aferraban hizo que su humor cambiara de golpe:

—El video —acertó a decir, pues su lengua parecía completamente de trapo en aquel punto. Absolutamente borracho como estaba en ese momento, prácticamente inconsciente de lo que estaba a punto de ocasionar, Alberto pronunció aquellas palabras que sin duda iban a marcar completamente su vida y la de sus amigos en lo venidero—: Lo vi en el video de Álex —dijo.


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