«Estoy harto. Harto del mundo gay, harto de los tíos.»


La noche había acabado resultando un auténtico desastre. No por culpa de sus amigos, más bien todo lo contrario: Edu se sentía fatal consigo mismo por haber dejado tirados a Álex y Alberto, por haberse ido prácticamente sin despedirse y también por caer otra vez en la misma espiral autodestructiva de siempre. Le sabía especialmente mal por Alberto, quien le había insistido en que necesitaba tener una noche de fiesta para desconectar de todo y pasarlo bien junto a sus amigos. Edu le había fallado, no había podido cumplir la promesa que le había hecho; se había sentido incapaz de reunir las fuerzas necesarias para soportar una noche entera fingiendo estar bien, cuando lo que en realidad carcomía sus entrañas era la misma tristeza que solía acompañarle habitualmente como una inquilina molesta e irritante. Había perdido la cuenta de todas las veces que se había sentido así, decepcionado, frustrado, víctima en muchas ocasiones del voraz monstruo que se alimentaba de sus propias expectativas, otras directamente engañado por impostores que habían fingido sentir interés en él para luego ignorarlo sin mostrar un ápice de vergüenza.

Lo cierto es que Edu se sentía solo, y no precisamente por falta de amigos. Sabía que los tenía cerca, que constituían uno de sus apoyos más importantes y que llenaban muchos aspectos de su vida. Sin embargo, de algún modo inexplicable, Edu solía sentirse incompleto. Había leído innumerables libros al respecto, de autoayuda, de psicología, de inteligencia emocional, y conocía perfectamente la teoría: la felicidad empieza en uno mismo. El examen teórico lo tenía aprobado de sobra, de eso estaba seguro, pero la práctica se le resistía, escapándose de entre los dedos como una rebelde pastilla de jabón.

Casi tres años atrás, Edu apenas sabía lo que era estar en pareja, y de algún modo aún seguía sin saberlo. Fue en esa época cuando conoció a Álex y Pablo —sus actuales amigos y compañeros de piso— y también a Alberto. Todavía recordaba con cariño su primer encuentro. Edu, que hasta entonces había vivido en su localidad natal, Albalat de la Ribera, había decidido mudarse a Valencia tras un año estudiando Periodismo en la universidad y evitar así el continuo transporte día a día desde el pueblo para acudir a clase. En aquel momento, Álex y Pablo estaban entrevistando a gente interesada en compartir piso para hacer frente al alquiler. Alberto también había estado allí el día en que Edu apareció por la puerta, una tarde de principios de septiembre, tras leer el anuncio que los chicos habían colgado en un semáforo. Según le confesaron después, Álex y Alberto adivinaron inmediatamente que Edu era gay durante la entrevista, y la decisión de que acabara siendo él su futuro compañero de piso fue casi instantánea para Álex. Pablo no puso ninguna objeción, pues lo cierto es que el resto de candidatos había resultado ser a cuál más raro y extravagante —uno de ellos, especialmente siniestro, les había pedido permiso para colgar su katana en el piso—. El caso es que aquella misma noche, Edu se quedó a cenar con Álex y Alberto —Pablo tenía partido de baloncesto— y fue en ese momento cuando Edu descubrió que ambos chicos eran también gays, como él. Para Edu, que hacía muy poco tiempo que había salido del armario —le había costado varios años aceptarse a sí mismo, prácticamente desde su entrada en la universidad— conocer por primera vez a dos chicos gays le resultó de lo más estimulante. Hasta entonces, Edu apenas había tenido relación con otros chicos como él, más allá de algunas conversaciones por internet, pues por aquel entonces aún no estaba acostumbrado a quedar con gente de buenas a primeras.

Todo lo contrario a lo que le sucedía actualmente. Desde aquel primer contacto con el mundo gay, en el que Álex y Alberto le iniciaron, Edu había terminado por acostumbrarse a aquella odiosa rutina, a la repetitiva secuencia de una búsqueda forzosa del amor que parecía no llevar a ninguna parte. A menudo se preguntaba qué diablos pasaba con él, por qué nadie parecía darse cuenta de lo que podía aportar. En un mundo cada vez más consumista, llevado por la dictadura de la estética, de la belleza normativa, donde no se valoraba más que el ahora y el una vez probado pasemos a otra cosa, Edu no podía evitar tener la sensación de que las posibilidades de encontrar esa estabilidad que buscaba tendían cada vez más a cero. ¿Tan difícil era encontrar a alguien que realmente se fijara en quién era realmente? Empezaba a estar convencido de que esa persona estaba lejos, muy lejos de él.

Edu llegó a casa después de un paseo de unos cuarenta minutos. Había decidido volver andando desde Ruzafa; tenía ganas de pensar, de regodearse en su autocompasión, quizá. Fuera lo que fuera, sabía que no sería capaz de conciliar el sueño de buenas a primeras, así que era mejor alargar todo lo posible la llegada a casa. No obstante, sumido en sus pensamientos y recuerdos, el paseo pareció más rápido de lo que el reloj de su pulsera deportiva indicaba. Así, una vez en casa y tras cerrar la puerta tras de sí con cuidado de no hacer demasiado ruido, Edu caminó a oscuras por el pasillo del piso, dándole vueltas todavía a la cabeza. Fue entonces que, de pronto y sin previo aviso, al pasar junto a la puerta abierta de la habitación de Álex, Edu vio por el rabillo del ojo cómo una sombra se aproximaba hacia él desde el interior de la habitación. Edu dio un respingo y no pudo evitar lanzar un exabrupto:

—¡Joder!

—¡Hostia! —contestó la sombra a su vez. Edu encendió la luz en un acto reflejo pulsando el interruptor que había junto al marco de la puerta.

—¡Pablo! —exclamó, al ver allí a su amigo—. ¡Me has dado un susto de muerte!

—Joder, y tú a mí —contestó él, también resollando—. No te he oído entrar…

—¿Qué haces en el cuarto de Álex?

Pablo se quedó prácticamente un segundo sin contestar, con la boca abierta, antes de que su cerebro procesara la respuesta:

—He… he estado viendo una película de las que tiene Álex. Se la estaba dejando otra vez en la estantería.

—¿A oscuras? Joder, ya pareces mi abuelo, que va racaneando siempre con la factura de la luz.

—No hacía falta encenderla, ha sido cuestión de un segundo. Oye, ¿cómo es que estás aquí ya? ¿No habíais salido de fiesta los tres esta noche?

—Me he vuelto antes, no tenía demasiadas ganas de fiesta hoy, la verdad. Y tú, ¿no has salido tampoco? Espera, ¿no era hoy cuando ibas a ver a Isa? Bueno, me refiero a que teníais una cita por Skype… ¿cómo ha ido?

—No demasiado bien, la verdad…

—¿No? —Edu se dio cuenta entonces de la mala cara que llevaba su amigo—. ¿Qué ha pasado?

—Nada, sólo es que… Bueno, lo hemos dejado.

—¡Ostras! Vaya, lo siento mucho, Pablo.

—Ya. Yo también.

—Qué putada y qué mal me sabe. Yo también estoy un poco jodido hoy, la verdad. Oye, no tengo mucho sueño, así que me voy a preparar un té o algo así. ¿Te apetece tomar algo y hablamos un rato?

Pablo dudó un segundo, pero terminó aceptando la propuesta de su amigo:

—Vale, claro.

Minutos después, Pablo y Edu se hallaban sentados frente a frente en el sofá del salón, con sendas tazas de té en sus manos. Pablo procedió a contarle un poco lo que había sucedido con Isa, y él hizo lo propio con el ghosting al que le había sometido Rubén. Edu acababa de descubrir aquel neologismo gracias a Pablo, pues éste le explicó que así se le llamaba a aquella práctica cada vez más habitual en el mundo de las redes sociales, la cual consiste en que alguien con quien se empieza una relación deja de pronto de dar señales de vida, al no contestar a los mensajes y no responder o incluso bloquear las llamadas, siempre sin ofrecer explicación alguna a cambio.

—¿Por qué todo es tan difícil? —preguntó Edu, tras las mutuas confesiones que ambos amigos se habían realizado—. Estoy harto. Harto del mundo gay, harto de los tíos.

—Creo que no es sólo cosa del mundo gay. Fíjate en mí… Mi novia, si es que se la podía llamar así, me acaba de dejar por videoconferencia. Hay que joderse.

—Ya, lo siento mucho. A ver, supongo que no es cosa únicamente de los gays, pero… No sé, creo que vosotros lo tenéis más fácil para conocer gente. Podéis hacerlo en cualquier parte; en el trabajo, en una cafetería, hasta en la cola del autobús. Nosotros, sin embargo, tenemos que recurrir a las putas apps de mierda, donde todo el mundo busca lo mismo, donde parece que lo único importante es encontrar sexo sin compromiso, donde sólo se valora el físico como si estuvieras eligiendo el mejor fiambre en una charcutería. Y luego, cuando parece que has encontrado a alguien que te hace un mínimo de caso, que resulta interesante, de pronto o pasa de tu cara o está como una puta regadera.

—Créeme, para los heteros ocurre exactamente lo mismo. No es tan fácil como dices. ¿Te crees que no usamos las mismas aplicaciones para ligar que vosotros? Mira, la mitad de los tíos de mi equipo de baloncesto están igual que tú y que yo, y eso que son deportistas y todo eso, y muchos dirías que se llevan a las tías de calle, pero tampoco es así. Muchos tienen cuenta en Tinder o aplicaciones similares, y la mayoría usa Instagram para ligar, creo que exactamente igual que los gays. Qué le vamos a hacer, son los tiempos que nos ha tocado vivir.

—Sí, la puta era de la imagen.

—Tampoco te creas que debe ser tan distinto a la época de nuestros padres o de nuestros abuelos —reflexionó Pablo—. Al fin y al cabo, mis abuelos se conocieron en un guateque, o reunión, como lo llamaban ellos, y a ver… Si organizaban aquellas fiestas era para ver a quién pillaban, no nos engañemos. Y si nos vamos más hacia la época de nuestros padres, ellos se iban a desfasar a las discotecas de los años de la Movida. Como siempre dice mi padre, nosotros vamos muy de modernos, pero fue su generación la que inventó el botellón. En fin, yo suelo pensar que no hemos cambiado tanto, que al final las personas siempre buscamos lo mismo. Simplemente, hoy en día hay otras formas de hacerlo.

—Supongo que tienes razón, pero… Entre lo que tú me cuentas y lo que veo en nuestra generación, ¿no tienes la sensación de que todo se ha deshumanizado un poco?

—Piensa que al menos hoy puedes ser quien eres con más libertad que en aquella época.

—Desde luego en ese sentido está mejor la cosa, pero aun así hay mucha más homofobia de la que parece. Esta misma semana he leído la noticia de que a dos chicas lesbianas les pegaron el otro día una paliza por ir cogidas de la mano en Barcelona. Todavía hay mucho por hacer.

—Joder, qué hijos de puta hay por ahí.

—Ya ves. Por eso te digo que los gays, las lesbianas, los bisexuales, los transexuales… puede que tengamos los mismos problemas para conocer gente que vosotros, pero hay más cosas. Y ya no sólo hablo de la homofobia y del miedo a declararte a alguien que no sea de tu acera o al miedo a que te peguen una hostia. Sé que puede sonar a tópico, pero joder, tengo la sensación de que los tíos gays, en su mayoría, solo van a lo que van.

—No estoy de acuerdo contigo, Edu. ¿Y tú? ¿También vas a lo que vas?

—¿Yo? No, yo no busco eso.

—Pues ya está. Y Alberto, ¿crees que también se preocupa únicamente por el sexo? Mira, puede que Álex sí case en ese perfil que comentas, pero estoy seguro de que te podría dar el nombre de al menos cinco amigos y amigas heterosexuales que son igual o más promiscuos que él. Lo que quiero decir es que, como tú, hay doscientos mil chicos ahí afuera que deben estar en tu misma situación, personas que buscan algo más que sexo. Mira, a veces al escucharos hablar sobre estos temas me da la sensación de que también vosotros los gays caéis en la misma manía de etiquetarlo todo y de creeros lo que la televisión, las series, los libros y las películas nos quieren vender. Tú más que nadie, que estudias periodismo, deberías darte cuenta de todo esto.

Edu sonrió a su amigo:

—Joder, Pablo, mira que hablas bien, jodío.

—La vida, que es muy puta, y nos enseña a base de palos —contestó él, sonriendo.

—Te daba un beso ahora mismo —le dijo Edu entonces, sonriendo—. Lástima que no seas gay, porque eres un partidazo. Esa Isa no sabe lo que se pierde.

—Me temo que no soy tan mariconazo como tú —le siguió la broma él—, aunque el beso te lo acepto. En la mejilla, eso sí, no te me vayas a emocionar.

—¡Mira que eres idiota! —rió Edu, quien de pronto cumplió su palabra propinándole un fuerte beso en la mejilla a su amigo, seguido de un abrazo, gesto afectuoso que Pablo aceptó gustoso. Mientras tanto, este no pudo evitar que aquella inocente broma acerca de su presunta homosexualidad le trajera a la cabeza el recuerdo de lo que acababa de suceder aquella noche, sólo unos minutos antes de que Edu lo sorprendiera in fraganti tras devolver aquel DVD a la colección privada de su amigo Álex, una película que ciertamente iba a traer cierta confusión a su ya de por sí agitada mente.


Siguiente capítulo


¡Nuevo capítulo cada semana!

¿Quieres leer más? ¡Lee ya los próximos capítulos en papel o tu libro electrónico, móvil o tableta!