Hugo nunca hubiera podido imaginar que su acción pudiera desencadenar una reacción tan desmedida por parte de sus padres.


Todo había cambiado.

Aquel arrojo, la valentía que creía haber demostrado con aquel gesto casi desesperado por hacerle ver a sus padres quién era realmente Hugo Palacios, su hijo, se había demostrado totalmente inútil. Pero, ¿había sido realmente valiente, o había rehuido el conflicto? Ni siquiera había sido capaz de enfrentarse cara a cara con ellos, pues el propio miedo le había llevado a dejar aquella nota en la nevera relegando la responsabilidad de la revelación de su homosexualidad en un inerte trozo de papel. Ahora pensaba que quizá todo aquello había sido un error, que probablemente hubiera sido mejor callarse y seguir interpretando el papel de hijo perfecto, manteniendo la farsa, ocultando su verdad, hasta que pudiera volar solo esquivando los juicios y valores de su propia y ciega familia directa. Ahora era tarde: la reacción de sus progenitores, especialmente la de su madre, había sido mucho más cruel y desproporcionada de lo que había podido imaginar, y las consecuencias no habían tardado en llegar.

Cuando Mireia le escribió aquel mensaje, hacía ya prácticamente una semana, interrumpiendo la hasta aquel momento mejor noche de su vida, Hugo apenas podía comprender hasta qué punto se habían torcido las cosas. Y es que en su mensaje, Mireia le advertía a su amigo que su madre había salido a buscarlo por media ciudad completamente fuera de sí. Su amiga lo sabía de primera mano, pues Maribel —así se llamaba la madre de Hugo— había acudido a casa de sus padres a las tantas de la madrugada. Allí, sofocada, había llamado al timbre del videoportero con insistencia, sumida en un incontrolable ataque de nervios, preguntando desesperada dónde andaba su hijo. Los padres de Mireia hubieron de acogerla unos minutos en su casa y procuraron calmarla, ofreciéndole una tila e intentando razonar con ella, pero el enfado y nerviosismo de la madre de Hugo era tal que a punto estuvieron de quedar a malas. Maribel había llegado a acusar a Mireia —que acababa de llegar a casa y quien a la postre era la mejor amiga de su hijo— de haber sido la persona que le había metido aquellas ideas extrañas en la cabeza a Hugo. Mireia hubo de asistir a semejante numerito intentando mantener la compostura, pero Maribel acabó saliendo de la casa prometiendo que iba a encontrar a su hijo y a sacarlo, aunque fuera a rastras, del antro en el que estuviera metido, por mucho que hubiera de recorrerse para ello media ciudad.

Todo esto se lo relató Mireia por teléfono mientras él volvía a casa. Hugo nunca hubiera podido imaginar que su acción pudiera desencadenar una reacción tan desmedida por parte de sus padres, por mucho que sospechara que no fueran a tomárselo precisamente bien. Hubo de enviar un mensaje de texto al móvil de su madre para decirle que estaba de regreso y tranquilizarla de algún modo, evitando así la papeleta de verla aparecer véte tú a saber dónde, haciendo el ridículo más espantoso. Así, mientras regresaba prácticamente corriendo a casa, Hugo fue consciente de que había salido del pub sin despedirse de Álex, y lo que era peor, lo había hecho sin haber intercambiado sus números de teléfono. Habían estado tan tranquilos hablando y disfrutando de su mutua compañía que ni siquiera habían llegado a pensar en ello; Hugo había salido huyendo tan en desbandada, debido al susto ante aquella situación, que ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar poniendo un poco de orden en su cabeza. Por Dios, había quedado fatal con aquel chico. ¿Qué iba a pensar Álex cuando saliera del baño y no lo encontrara allí esperándole? Lo buscaría por todas partes y no lo encontraría por ningún sitio. Hugo se sentía desolado, aunque de todas formas esa sensación había sido completamente minimizada por el temor a lo que estaba esperándole en su propio hogar.

Una cosa era segura, y es que Hugo no iba a olvidar su traumática salida del armario. Cuando llegó a casa, su madre estaba esperándolo. Maribel le abrió la puerta antes incluso de que su hijo lograra atinar con la llave en la cerradura, tan nervioso como estaba. Su madre lo hizo pasar y sentarse en el salón, donde ella finalmente rompió a llorar desconsolada, preguntándole a la cara qué había hecho tan mal, afirmando de sí misma que le había fallado como madre y cuestionándose acerca de la clase de pecado que había cometido para que su hijo, su propio hijo, le mintiera de esa manera, asegurando de forma cruel que era un gay de esos, algo que era imposible, colgando para ello un cartel en la nevera con el único propósito de hacerle daño en cuanto lo viera. Hugo no podía creer que su madre fuera incapaz de asumir que el texto de aquel pósit fuera real, que intentara darle la vuelta a los hechos para retorcer la realidad. ¿De verdad le parecía tan increíble que su hijo fuera homosexual? ¿De verdad le creía capaz de inventarse aquello simplemente para hacerle daño? ¿Con qué fin iba a hacer algo así? La idea carecía por completo de sentido, y eso era lo que más le dolía a Hugo: su madre prefería engañarse de manera incoherente antes que asumir la pura verdad.

La reacción de su padre fue más desconcertante, si cabe, pues se limitó a salir de la cama para pararse a observar la escena que estaba montando su familia en el salón. Hugo no podía olvidar aquella mirada, aunque no supiera cómo describirla. Su padre ni siquiera se dignó a dirigirle la palabra. Estuvo allí plantado casi un minuto, mirándole y juzgándole, con aquella especie de rabia contenida, pena y decepción dibujada en la mirada. No fue capaz de articular una sola palabra, ni tan siquiera para dirigirle una reprimenda injustificada, o una burla. Hugo sintió la extraña sensación de que cualquier cosa hubiera sido mejor que aquel silencio cuajado de significado. Al cabo de unos instantes, su padre volvió a encerrarse en la habitación, dejando solos a madre e hijo para que hablaran del tema, como si a él ya ni siquiera le importara recibir explicación alguna, dejando claro de algún modo que su decepción era incuantificable.

Hugo hubo de explicarle entonces a su madre lo que sentía, del mejor modo que supo, pero Maribel no atendía a razones. Según ella, a su hijo le habían lavado el cerebro. Esa amiga suya, Mireia, que tenía toda la pinta de ser una progre feminista —lesbiana con toda probabilidad— le había cambiado desde que la conociera en el instituto. Hugo se sintió atacado en lo más hondo. Intentó defender a su amiga, hacerle ver a su madre que lo que él sentía era mucho más profundo, algo que había llevado consigo, muy dentro de él, antes, mucho antes de conocerla; una realidad que tanto tiempo y sufrimiento le había costado hasta lograr asumirla y aceptarse a sí mismo. Maribel no podía soportar, sin embargo, el escuchar a su hijo hablar de aquello. De pronto empezó a utilizar su jerga profesional, enumerando los presuntos estudios que desmontaban esas tesis acerca de que la homosexualidad no era trastorno mental, que en efecto se trataba de una patología que podía tratarse y curarse con la debida psicoterapia. Prácticamente no dejó que Hugo pudiera defender su postura respondiendo a aquellas afirmaciones pseudo-científicas, pues su madre no dejó de pronunciar los nombres de presuntos psicólogos y especialistas, títulos de libros y teorías psicológicas que a él, en lo particular, no le decían absolutamente nada. Hugo sabía de buena tinta que todo aquello era una absoluta patraña, que su madre manipulaba los estudios en base a sus propias ideas políticas y religiosas, haciendo oídos sordos a la opinión mayoritaria del ámbito científico y social. Ante aquello, Hugo apenas podía hacer nada.

Cuando su madre sugirió la idea de que asistiera a la consulta de uno de sus colegas de profesión para evaluar la posibilidad de someterse a una presunta terapia para reordenar sus confusas ideas acerca de su propia sexualidad, Hugo apenas pudo sino abrir la boca con estupefacción, sin saber qué diablos decir durante unos segundos. Claro que al final explotó:

—Pero mamá, ¿no te das cuenta de que lo que dices es absurdo? ¡No soy ningún enfermo, no necesito reordenar ningún pensamiento! Soy gay, me gustan los chicos, me han gustado toda la puñetera vida y no me he atrevido a mostrarlo antes por culpa de vuestra ideología y de tus continuas burlas cada vez que un chico salía besándose con otro en la tele; desde que cambiabas de canal cada vez que hacían Aquí no hay quien viva y aparecía Mauri en pantalla, como si tuvieras que protegerme de esas imágenes, como si fuera peor ver a dos personas quererse, a pesar de todos los prejuicios, que las malditas noticias de sucesos que tanto os gustan a papá y a ti, llenas de morbo, sangre y violencia. ¡No pienso ir a ningún sitio a que me nieguen como persona!

—¿Pero no te das cuenta de lo que dices, hijo? ¿Cómo te atreves a atacarme de esa manera? Por supuesto que he querido protegerte, ¡es lo único que he hecho durante toda mi vida! Al menos eso es lo que he intentado. Me he desvivido por ti, esa es la labor de una madre, la de todas las madres del mundo. Es una ley divina, una ley de vida. Parece que he debido equivocarme mucho, pues mira de lo que ha servido. Hijo, te has dejado contaminar por todas esas porquerías que ves en la tele, por esa moda absurda promovida por la izquierda más radical, que va contra los mismos principios de la naturaleza. No he estado a la altura, me temo, y por eso necesitamos la ayuda de alguien que pueda reorientarnos, alguien que pueda ayudarte a enfocar tu vida por el camino que toca. Vamos a pedir cita, Hugo, y ya verás que…

—¡No! No puedes obligarme a ir a ver a nadie. Ya soy mayor de edad, mamá, ¡así que puedo elegir el rumbo de mi propia vida!

—¿Ah sí? Pues yo creo que tienes una idea muy equivocada de la vida, Hugo. ¿Eres mayor de edad? Puede que falte poco para que cumplas los dieciocho, pero mucho me temo que te falta bastante para sentar la cabeza. ¿Quién crees que te paga esos estudios en los que malgastas tu talento? Mira que ya avisé a tu padre de que era mala idea que te metieras en ese terreno de los audiovisuales. No hay más que ver cómo ese mundo de la farándula está lleno de…

—¿De qué? ¿De qué está lleno, mamá? —se sulfuró Hugo—. Dilo, de qué está lleno, ¿de maricones?

—¡De degenerados, sí, y también de maricones! Desviados y aprovechados. No hay más que ver a las frescas esas del Me Too, que aprovechan a la mínima que sale un caso de abuso como el del mal bicho del productor ese para abalanzarse contra los hombres en general, como si todos fueran animales en celo. Eso sí, después de haberse beneficiado a quien haya hecho falta para llegar a donde lo han hecho. ¿Pero es que no lo ves? ¡Si no deja de salir en las noticias, en esa misma tele que tanto te gusta! No, Hugo. Mientras yo pueda evitarlo, tú no vas a acabar como esa gente. ¿Quieres estudiar cine, televisión y todas esas cosas superfluas que tanto te gustan? Adelante, tira tu vida profesional a la basura si eso es lo que te apetece. Ahora bien, ¿qué clase de madre sería si no pongo todos los medios para que mi hijo pueda vivir una vida sana y normal? Hugo, o aceptas acudir a un especialista a que te vea, que pueda tratar tu caso, o puedes tener por seguro que no pienso volver a pagar una factura más de esa carísima escuela a la que vas. ¿Te ha quedado claro?

Hugo sintió cómo aquella amenaza se clavaba en su pecho como la estaca en el corazón de un vampiro. ¿De verdad estaba su madre, la persona que le había dado la vida, quien se suponía debía amarlo incondicionalmente, poniéndole contra la espada y la pared, juzgándole acerca de uno de los pilares más básicos de su persona y jugando a destrozar sus ilusiones y su proyecto de vida? Al parecer así era, y no había más que ver aquel rictus rígido y severo que se había adueñado de su rostro para comprender que Maribel hablaba muy en serio. Hugo sopesó sus posibilidades. ¿Podía renunciar a sus sueños? ¿Podía quizá desoír a su madre e intentar volar solo haciendo frente a todas las dificultades de su vida sin el apoyo de su familia? Se sentía de pronto muy pequeño e insignificante, prácticamente reducido a la mínima expresión. Hugo había pasado, en tan solo un lapso de segundo, de estar flotando en una nube y liberado de una presión largamente mantenida, a volver a estar encerrado en una jaula, esta vez amordazado y encadenado.

De aquello hacía prácticamente una semana. Una terrible semana en la que apenas había tenido fuerzas para salir de casa, en la que había faltado a clase y en la que apenas sí había podido hablar a hurtadillas con su amiga Mireia a través de WhatsApp, pues su madre le había restringido el uso del móvil. Ahora, frente a la puerta de aquel centro, sentado en el asiento del copiloto del coche de su madre, Hugo se sentía como una rata de laboratorio a la que estaban apunto de someter a un juego de pruebas. Era el precio a pagar por seguir adelante con sus sueños, y había tenido que aceptar su coste.

Estaba seguro de haber cometido un error.


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