Su amigo seguía mirando a Rubén mientras este se alejaba.


—La vida es una mierda.

Aquella frase se había convertido en la muletilla de Edu en los últimos tiempos, y Alberto estaba algo harto de escucharla. Aunque también era cierto que incluso él a veces se sentía tentado de pensar de la misma manera. Este intentó, por enésima vez, darle la vuelta al estado de ánimo de su amigo:

—No hay que exagerar, no todo es tan malo. Mira, estamos aquí los dos, tomando algo en una terraza en el centro de Valencia, es viernes, hace un día estupendo y encima me han cancelado las clases de la tarde. Si eso no es disfrutar de la vida, no sé qué puede serlo. ¡Tenemos todo el finde por delante!

Edu no contestó, sumido en esa nube oscura en la que le gustaba cobijarse, resguardado y cómodo en el terreno conocido de su propia negatividad.

—Va, alegra esa cara… —insistió Alberto, ante el silencio de su amigo. Edu le echó una mirada con una media sonrisa.

—Bueno, pero solo si tú también lo haces —contestó él, pues había detectado cierto tono de súplica en la petición de su amigo, como si lo último que necesitara Alberto en ese momento fuera echar más leña a su propio fuego.

—¿Yo? —se sorprendió el aludido.

—Sí, no sé. Estás algo raro hoy, te lo noto. A pesar del entusiasmo con el que intentabas animarme, no has probado bocado de tu helado desde que te lo han servido. ¡Se está derritiendo! ¿Qué te pasa?

—¿A mí? Nada… ¿qué me iba a pasar?

—No sé, cuéntamelo tú. No nos hemos visto desde el finde, y la verdad es que no hemos hablado casi nada en toda la semana. Has estado un poco desaparecido. Oye, ¿te sentó mal que me fuera pronto a casa el viernes pasado? De verdad que no quería dejaros tirados, pero es que…

—No, no… No te preocupes por eso, de verdad. ¡Si yo me lo pasé bien! Bueno, ya me viste. Iba pedo total.

—Eso desde luego —rió Edu—. Oye, ¿y cómo acabó la noche? ¿Os quedasteis hasta tarde Álex y tú?

—¿La noche? —Alberto tragó saliva de pronto—. Pues si te digo la verdad, creo que iba tan borracho que tengo lagunas. Apenas recuerdo cómo llegué a casa, y al día siguiente no fui persona en todo el día. De verdad que no vuelvo a probar el alcohol…

—Pues menudo par —suspiró Edu—. Álex tampoco me contó mucho al día siguiente, estaba también un poco raro y la verdad es que no quise preguntarle, lo vi algo jodido.

—Pues no sé… —Alberto parecía bastante incómodo al recordar los sucesos de aquella noche—. Supongo que el niño ese con el que intentaba ligar acabaría dándole calabazas. Oye, cambiando de tema, ¿has visto la nueva serie de Amazon, la de los apicultores espías? Menuda marcianada…

Edu se había quedado congelado de pronto, mirando con la mirada fija hacia el interior del local a través del ventanal, haciendo caso omiso a la salida por la tangente de Alberto.

—Edu, hola… ¿Estás ahí? —preguntó este, agitando la mano para llamar su atención, pues su amigo se había quedado ojiplático—. ¿Qué pasa?

—¡Rubén! —exclamó.

—¿Rubén? ¿Qué Rubén? —Alberto frunció el ceño, al comprender—. Te refieres al… ¿chico de las golosinas?

—¡Sí, está ahí dentro! —Edu había pasado del blanco lívido al rojo en tan solo una fracción de segundo—. ¡Y está con otro chico!

—Bueno, ¿y qué? —intentó quitarle importancia Alberto—. ¿No había pasado de ti? ¿Por qué sigues haciéndole caso?

—Joder, joder, joder… ¡Creo que están pagando! ¡Van a salir! Alberto, vámonos, rápido, no quiero que me vea aquí.

Edu se levantó de pronto, y miraba a Alberto en actitud apremiante.

—Pero vamos a ver, Edu. —Alberto intentó calmar a su amigo—. ¿Qué somos ahora? ¿Adolescentes? ¡No pasa nada porque te vea aquí conmigo! Además, ¿cómo vamos a irnos sin pagar? ¡Ni de coña!

—Alberto, ¡hazme caso por una vez en tu vida! —suplicó Edu—. Lleva sin hablarme una semana y no quiero encontrármelo aquí, ahora. ¡No quiero que me vea así!

—¿Así? ¿Así… cómo?

—Pues así, ¡sin arreglar ni nada!

—¿Pero estamos locos? ¡Si estás estupendamente! Haz el favor y siéntate. No tiene por qué vernos. Mira, escóndete detrás de la carta si quieres.

Edu sofocó un quejido de frustración y volvió a sentarse, pues su amigo no dio su brazo a torcer. Alberto, con una media sonrisa, le tendió la carta a su amigo, pero este la rehusó con un gesto de enfado.

—No hace falta, no estamos en una película de espías —dijo—. Avísame al menos cuando le veas.

—Pues creo que ahí lo tienes, acaba de salir… —murmuró Alberto, entre dientes—. ¿No es ese chico? El de la camisa.

Edu intentó volverse con cierto disimulo para mirar de reojo, pero tuvo la mala pata de que, al moverse, su rodilla golpeó contra la mesa, la cual estaba un poco desequilibrada debido al desnivel de la acera. Esto provocó que el vaso de tubo que contenía el refresco que Edu tenía a medias se tambaleara peligrosamente. Antes de que su propietario pudiera darse cuenta y de que Alberto pudiera evitar nada, el vaso acabó volcándose sobre la mesa con el consiguiente estrépito, salpicando con su contenido al pantalón de un Edu que de pronto quería que se le tragara la Tierra.

—¡Joder! —exclamó.

Aquella escena llamó la atención, inevitablemente, de Rubén, quien de pronto reconoció a Edu.

—¡Ostras, Edu! —lo saludó de pronto el chico, con una gran sonrisa, tras lo cual se acercó seguido de su acompañante—. Vaya, ¿necesitas ayuda?

—¡Ho… hola, Rubén! —lo correspondió Edu con otro tenso saludo y una sonrisa de lo más incómoda, mientras se levantaba e intentaba secar su pantalón con una de esas servilletas de papel que suelen colocar en los bares y que lo último que hacen es absorber líquido—. No, no pasa nada. Ha sido esta puta mesa, que está coja.

—¿Quieres que llame a un camarero…? —insistió el chico.

—¡No, de verdad que no pasa nada! No es para tanto, si apenas me quedaba bebida. Joder, qué mala pata.

Hubo unos instantes de silencio tenso en los que Rubén compartió una fugaz mirada con el chico que lo acompañaba, y luego con Alberto.

—Mira, este es Toni. Toni, este es Edu.

—Encantado —mintió Edu, mientras daba dos besos a su más que probable rival sentimental. Edu reparó entonces en Alberto, que también se había levantado de la silla para no ser descortés, y le echó una fugaz mirada antes de proceder a las presentaciones—. Alberto, este es Rubén. Rubén, este es Alberto, mi… Mi novio.

La mentira le salió a Edu del alma, pues apenas pudo reprimir el impulso de venganza que había brotado en su interior. Rubén se había quedado algo helado al escuchar aquello, al igual que Alberto, quien no podía creer lo que estaba pasando en aquel momento. Edu le había cogido de la mano, de pronto, en un gesto casi desesperado que pretendía demostrar lo cierto de su súbita afirmación. Alberto no pudo evitar abrir los ojos desorbitadamente al mirar la mano de Edu aferrando la suya propia, aunque intentó fingir en cuanto se dio cuenta de que la farsa de su amigo podía irse al traste en cualquier momento.

—Vaya, no sabía que tuvieras… Quiero decir… Me alegro por ti. —Rubén parecía algo incómodo y serio. Edu observó con cierta satisfacción que Rubén no parecía saber dónde meterse—. Bueno, eh, mi primo y yo nos vamos, voy a seguir enseñándole la ciudad. Cuídate, Edu, ¿vale? Me alegro de verte.

—Tu… ¿primo? —Edu sintió como si su estómago se fundiera por dentro cual plomo derretido.

—Sí, es la primera vez que viene a Valencia —explicó Rubén, ya sin atisbo alguno de sonrisa en el rostro—. Toni es de Oviedo y ha venido este fin de semana a pasar unos días con la familia. Bueno, eh… Nos vemos por ahí, ¿vale?

—Cla… claro, Rubén. Yo también me… Me alegro mucho de verte.

Rubén le dedicó una última y fugaz sonrisa, triste, a modo de despedida, y luego él y su primo se perdieron a través de la calle en dirección a la Plaza de la Reina. Edu ya había soltado la mano de Alberto en aquel momento, y este lo miraba con cierta incomodidad y tristeza.

—Edu…

—Soy imbécil, ¿verdad?

Alberto no contestó. Su amigo seguía mirando a Rubén mientras este se alejaba, al final de la calle. Mientras Edu se sentía la persona más estúpida sobre la faz de la Tierra, Alberto intentaba por todos los medios que su corazón se calmara tras sentir el contacto cálido de aquella mano tan añorada y escuchar aquellas palabras que, aunque sabía falsas, habían despertado en él la imperiosa necesidad de tomar una decisión al respecto de sus sentimientos. Aquel no era el mejor momento para sincerarse, sin embargo, pero supo que necesitaba contárselo.

Necesitaba que Edu supiera lo que sentía.


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