«Edu, quería hablar contigo de una cosa…»


Estaba decidido.

Lo haría aquella noche, iba a decírselo.

Después de lo sucedido aquella mañana en la cafetería, tras escuchar a Edu referirse a él como su novio —aunque hubiera sido una burda mentira—, Alberto sentía que debía sincerarse por fin. Puede que solo hubiera sido una farsa, pero si la mente de Edu había llegado a pensar en la posibilidad de que él pudiera llegar a pasar por su pareja sentimental, quizá no estuviera todo tan perdido. Alberto era consciente de lo peregrino de aquel argumento, pero de todos modos aquel breve roce de su mano, aquella afirmación en boca de su amigo, había removido algo en su interior y necesitaba aprovechar el impulso que sentía. Por ello había invitado aquella misma noche a Edu a cenar en casa; prepararía una cena especial, abriría una botella de vino y tras los postres le confesaría sus verdaderos sentimientos. Edu, sin saber nada de todo esto, había aceptado la oferta, y Alberto, sumamente nervioso, sintió de pronto cómo sus piernas temblaban como gelatina.

Alberto pasó la tarde realizando los preparativos para la velada, y fue gracias a ello que pudo olvidarse un poco de los pensamientos oscuros y esa sensación de pesadumbre que lo habían acompañado durante toda la semana. Desde los sucesos vividos el viernes anterior, lo único que deseaba era olvidar, aunque lo cierto es que le estaba resultando bastante difícil desconectar. El propio Edu había detectado aquella mañana que algo le pasaba por la cabeza, y es que los sucesos del fin de semana todavía traían cola. Era cierto que había momentos de aquella noche fatídica que no recordaba demasiado bien, así como el posterior amanecer en casa de aquel chico, Borja, resultaba borroso en su memoria. Sí recordaba algunas cosas y Alberto no podía evitar sentirse una malísima persona. Le venían algunos flashes confusos a la mente: la discusión entre Borja y su novio en la discoteca; cómo este último se fue de allí dejándolos a solas; el precipitado interrogatorio que Borja le hizo posteriormente acerca de la existencia del video que había motivado la discusión. Alberto no recordaba muy bien cómo llegó a ocurrir lo que sucedió después, pero el caso es que, de alguna forma confusa, acabó enrollándose con Borja y este lo invitó a dormir. Confundido, Alberto acabó desnudo en la cama de aquel chico, eso sí, tras acceder a la cuenta personal de Álex para descargar el video en el que aparecía Diego, el para entonces ya ex-novio de Borja. Alberto estaba muy borracho en aquel momento, por lo que no estaba muy seguro de cómo exactamente había sido convencido por Borja para cometer un acto tan deleznable, pero probablemente tuviera que ver con la sesión de sexo subsiguiente y la cual apenas era capaz de recordar siquiera. A la mañana siguiente, Alberto despertó en la cama de Borja con un dolor de cabeza y unas ganas terribles de vomitar, no solo debido a la resaca y la abundante ingesta de alcohol, sino también al malestar que le producía saber que había traicionado a su amigo Álex de la peor manera posible. Salió de aquella casa como alma que lleva el diablo, medio atontado todavía, sin ser capaz de explicarse a sí mismo cómo había acabado haciendo algo tan horrible.

Desde entonces, y durante toda la semana, Alberto había actuado como un cobarde. Se había encerrado en sí mismo y apenas había salido de casa, esperando el terrible momento en que su pecado le fuera a estallar en la cara y tras el cual debería afrontar que Álex jamás lo volvería a considerar su amigo. Sin embargo, fueron pasando los días y ninguno de sus temores se hizo realidad. Quizá, después de todo, aquella historia acabara en una anécdota intrascendente y estuviera dándole demasiada importancia. Al fin y al cabo, ¿qué interés podía tener Borja más allá de confirmar que su novio le había puesto los cuernos con otro chico, del cual no sabía absolutamente nada más allá de aquel video? Sí, Alberto había cometido una negligencia terrible, pero quizá estaba magnificando el problema. Por ello, cuando Edu le propuso tomar algo aquel viernes por la mañana, Alberto decidió atreverse a salir de su burbuja. Eso sí, aún no había reunido el valor suficiente como para encontrarse con Álex en persona. Estaba seguro de que se le caería la cara de vergüenza si coincidía con él; debía dejar pasar algo más de tiempo y que las aguas volvieran a su cauce.

En fin, al menos los preparativos de la cena mantuvieron su mente ocupada para olvidar por un momento todo aquel asunto. Alberto estaba terminando de poner la mesa cuando sonó por fin el timbre de la puerta. Absolutamente nervioso, dejó lo que estaba haciendo y acudió a abrir la puerta a su amigo, no sin antes echar un vistazo a su reflejo en el espejo del recibidor para comprobar que estaba presentable.

—¡Hola! —saludó Edu, desde el umbral—. Jolín, Alberto, ¡qué guapo te has puesto!

Alberto se miró la camisa que llevaba con cierto orgullo.

—¡Hola, Edu! —contestó él, con una amplia sonrisa—. Gracias, ¿te gusta? Me la compré el otro día.

Los dos amigos se dieron sendos besos en la mejilla y luego Edu entró en el piso.

—¿Ha llegado Álex? —preguntó Edu, mientras avanzaba por el pasillo. Alberto caminaba tras él—. No estaba en casa cuando he llegado, así que he pensado que ya estaría por aquí.

Alberto, algo incómodo, contestó:

—No, eh… No viene a cenar.

—¿Ah, no? Pensaba que cenaríamos los tres. ¡No me digas que ya está con otra cita!

—No, en realidad es que… Bueno, no le he avisado. —Alberto no sabía muy bien como salir de aquel atolladero. ¿Cómo explicarle a Edu que quería cenar a solas con él, sin adelantar acontecimientos? No había pensado que a Edu le pareciera tan extraño que ambos quedaran a cenar a solas en su casa, un viernes por la noche.

—Anda, ¿y eso?

—No sé, me apetecía quedar contigo, y en realidad pensé que él ya tendría plan para esta noche. Ya sabes, como siempre.

—Ah, bueno, no pasa nada —sonrió Edu, y entró al comedor. Alberto respiró tranquilo al no tener que dar más explicaciones—. ¡Ostras, si ya has puesto la mesa y todo!

Edu observó con sorpresa la mesa perfectamente decorada, con las copas relucientes, los platos puestos y una botella de vino.

—Sí, la cena ya está lista, solo tengo que sacarla del horno.

—Jolín, Alberto, qué currada, ¿no? Yo venía concienciado de pedir una pizza. ¿Y qué has preparado?

—¡Lo saco ya mismo y te lo enseño! —exclamó Alberto, alegremente—. Siéntate, que ahora mismo te sirvo.

Mientras Edu tomaba asiento frente a la mesa, Alberto se metió en la cocina. Segundos después salía de allí con una bandeja a cuestas, protegiéndose los dedos con unas manoplas, tras lo cual depositó la bandeja sobre la mesa, la cual contenía un pescado al horno de aspecto delicioso, rodeado por un lecho de patatas, cebolla y otras verduras humeantes.

—¡Aquí está! —anunció Alberto, triunfalmente—. Es bacalao al horno, una receta que probé en Lisboa cuando fui con mis padres el año pasado. ¡Espero que te guste!

Edu observó el plato y sonrió, aunque parecía de pronto algo incómodo:

—Guau, Alberto, tiene una pinta estupenda. ¿Lo has hecho tú? No sabía que tuvieras tan buena mano para la cocina…

—Sí, la verdad es que me gusta bastante cocinar, aunque me pongo pocas veces —explicó, algo sonrojado—. Cocinar para uno mismo no es tan divertido, es mejor cuando se comparte con alguien.

—Sí, eso es verdad —dijo Edu—. Lo malo es que… Jolín, me siento fatal.

—¿Por qué? ¿Ocurre algo? —preguntó Alberto, preocupado.

—Es que resulta que… Soy alérgico al pescado —dijo, con timidez—. ¡Me sabe fatal, Alberto! De verdad que tiene muy buena pinta el plato, pero es que… No puedo probarlo. Acabaría hinchado y rojo como un tomate, y seguramente en el hospital.

—¡No me digas! —Alberto se llevó una mano a la cabeza—. Ostras, no sabía nada… Dios, soy idiota, ¡tenía que haberte preguntado!

—No te preocupes, Alberto, me pasa mucho. Por eso no suelo ir demasiado a restaurantes japoneses, y cuando voy suelo pedir platos de carne o sushi vegano, que me gusta mucho. Jolín, de verdad que lo siento, Alberto. Has debido pasarte la tarde preparándolo todo.

—No pasa nada —dijo, algo decepcionado—. Así ya lo sé para otra ocasión. No te preocupes, ya me lo tomaré mañana para comer. Seguro que tengo por ahí alguna otra cosa para cenar ahora.

Así pues, un rato más tarde, ambos se hallaban sentados frente a una pizza precocinada de sabor barbacoa que Alberto tenía por suerte en el congelador. Edu parecía estar disfrutando de aquella abominación culinaria como si de un auténtico manjar se tratase, mientras él, desilusionado, veía cómo se iba desmoronando la cena romántica que había ideado. Pero bueno, debía centrarse en lo importante y era que allí estaba el chico por el que suspiraba, cenando con él. Alberto estaba tan nervioso, sin embargo, que apenas era capaz de mantener la conversación, costándole mucho esfuerzo que su cabeza no se fuera por otros derroteros o se adelantara hacia el instante en que le confesaría a Edu sus verdaderos sentimientos.

En uno de aquellos momentos de despiste, Alberto se dio cuenta de que Edu volvía a hablar acerca de su disgusto con el asunto del chico de las golosinas. ¡Alerta, alerta! La alarma en el interior de su cabeza se activó instantáneamente.

—¿Quieres más vino? —lo interrumpió, en cuanto se dio cuenta del peligroso rumbo que estaba llevando la conversación.

—No, no, gracias. Creo que ya estoy lleno. ¡Estaba muy buena la pizza!

—Sí, gracias… —dijo. ¿Había dicho gracias? ¡Como si la hubiera preparado él! Se estaba comportando como un auténtico idiota, pensó Alberto. En fin, era hora de cambiar de tercio—. Espero que al menos al postre no seas alérgico. He preparado un brownie.

—¡Oh, qué bueno! —exclamó Edu—. No, por suerte a eso no soy alérgico. ¡Me cortaría las venas si no pudiera comer chocolate! —rió.

Alberto rió también y se levantó para llevarse los platos y sacar el postre, algo aliviado. ¡Aún tenía una posibilidad de conquistar a Edu por el estómago! Volvió poco después con sendos platos de brownie y una bola de helado de vainilla para cada uno.

—¡Está buenísimo! —dijo Edu, dando buena cuenta del postre. Alberto sonrió, más calmado—. Estás hecho un cocinillas, ¿eh?

—No es para tanto —contestó, con modestia.

Hubo un silencio mientras ambos se terminaban el postre. El corazón de Alberto parecía que iba a saltársele del pecho. Era el momento que había estado esperando. Tenía que soltarlo y sacar el tema. Había estado ensayando en su cabeza aquel discurso durante toda la tarde, y sin embargo aún no sabía cómo empezar. Armándose de valor, Alberto tragó el último pedazo de brownie, suspiró y consiguió pronunciar aquellas palabras tan complicadas:

—Edu, quería hablar contigo de una cosa…

Edu levantó la vista del plato y miró a Alberto a los ojos, con curiosidad. Justo en ese preciso momento, cuando la respiración de Alberto estaba a punto de cortársele en el pecho, cuando una bandada de pájaros intentaba anidar en su estómago y su corazón palpitaba sobre su pecho como el taconeo de una bailaora en un tablado flamenco, el móvil de Edu empezó a sonar. Edu miró la pantalla de su smartphone y dejó caer la cuchara sobre el plato.

—¡Ostras! —dijo, poniendo cara de sorpresa—. ¡Me está llamando Rubén!

—¿En serio? —Alberto se había quedado blanco como la pared. ¿Qué clase de confabulación había en el universo que intentaba que todo le saliera mal aquella tarde?

—¿Te importa que lo coja? —preguntó Edu, con cierta timidez—. Después de lo de esta mañana pensé que no querría saber nada más de mí… ¡Joder! Pero no, no quiero ser maleducado. Ahora estoy contigo y querías contarme algo. Ya lo llamaré más tarde.

—No, no… Cógelo, no te preocupes —se resignó Alberto, cuyo ánimo de pronto se había derrumbado.

—¿Estás seguro?

—Sí, claro —mintió.

—Está bien. Será solo un momento, ¿vale? —prometió Edu, quien acto seguido cogió el teléfono y descolgó la llamada mientras se refugiaba en el despacho de Alberto para hablar en privado. Alberto se quedó en el comedor a solas, lamentándose por su mala suerte.

Alberto jugueteaba con la cuchara sobre el plato, pensando en lo estúpido que se sentía, mientras su cabeza no dejaba de formularle las negativas de Edu ante la confesión que había estado a punto de hacer. De pronto todo el valor que había reunido durante la tarde se había esfumado como por arte de magia y solo quedaba el miedo al rechazo. Edu estaba por otro, tenía que asumirlo. Jamás se fijaría en él. ¿En qué estaba pensando?

De pronto sonó el timbre de la puerta. Alberto, sorprendido ante aquella interrupción de sus pensamientos, se preguntó quién podría ser a aquellas horas. Se levantó cansinamente de la silla y caminó hacia la puerta de la casa, todavía pensando en lo que acababa de intentar hacer. Tan concentrado en aquellos pensamientos negativos estaba que, ignorando sus propias costumbres, abrió la puerta de su casa sin mirar a través de la mirilla ni preguntar quién era el inoportuno visitante nocturno. Fue así que, de pronto, se encontró ante sí a Álex, plantado frente a la puerta. En solo un segundo Alberto fue capaz de ver el enfado que se dibujaba en la cara de su amigo y, antes de que pudiera preguntar o de que su propia cabeza volviera sus pensamientos hacia el otro asunto que había estado rondando su cabeza durante toda la semana —la traición que había cometido contra su amigo—, Álex se abalanzó contra él y lo empujó violentamente en un acto de pura rabia, provocando que Alberto cayera de espaldas al suelo.

—¡Eres un cabrón! —exclamó el recién llegado, mientras Alberto, aturdido, se intentaba incorporar en el suelo. En ese momento, alertado por el escándalo, Edu salió del despacho con el móvil en la mano y observó atónito la escena que se estaba desarrollando en el umbral del piso—. Gracias, Alberto. Gracias por enseñarme que no puedo confiar ni en mis amigos. Por cierto, tú ya no lo eres —dijo, antes de desaparecer a través del rellano.


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