«¿Has llamado a la policía? Ese tío no puede salirse con la suya.»


—¿Y ahora te pones de su parte?

Álex estaba sentado en el sofá frente a Edu y estaba realmente enfadado. Edu, que de pronto se había visto en el papel de mediador entre sus dos amigos desde que presenciara la pelea entre ambos la noche anterior, buscaba por todos los medios las palabras adecuadas para calmar los ánimos exaltados de Álex.

—A ver, no me pongo de parte de nadie. No disculpo lo que hizo Alberto, desde luego no estuvo nada bien, y él lo sabe. Lo que sí te garantizo es que está hecho polvo ahora mismo.

—¡Y más que debería estarlo! Tenía que haberle partido la boca de un puñetazo a ese traidor de mierda.

Edu calló unos instantes ante el arrebato de rabia de Álex. Por ese lado no iba a conseguir nada, debía intentar desviar la ira de Álex al verdadero causante de todos aquellos problemas:

—Y ese Borja —preguntó, en tono cauteloso—, ¿has vuelto a saber algo de él?

—No, no me ha vuelto escribir —contestó Álex, escueto.

—¿Has llamado a la policía? Ese tío no puede salirse con la suya. El chantaje es un delito.

—¡No puedo hacerlo! No sin implicar a Alberto en todo este asunto. Al fin y al cabo, es él quien ha difundido el video. Si denuncio a la policía, el que acabará en el juzgado es él.

—Joder… Pero tienes la conversación, ¿no? Borja es quien te ha amenazado con publicar el video en internet.

—No tengo nada para demostrar el chantaje, lo hizo por teléfono. El muy hijo de puta tiene cubiertas las espaldas; es su palabra contra la mía. Lo único que es demostrable es que Alberto accedió a mi cuenta personal y descargó el video en el ordenador de Borja. ¿Sabes? En el fondo me entran ganas de hacerlo, de mandarlo todo a la mierda. Alberto ha demostrado ser un cabrón egoísta, capaz de traicionar a su presunto mejor amigo simplemente por pegar un polvo con un gilipollas de tres al cuarto.

—Pero no lo vas a hacer —intervino Edu, en tono conciliador— porque Alberto es tu amigo.

Álex rió con ironía:

—Sí, mi amigo…

—Mira, ya sé que ahora mismo no te va a servir de disculpa, pero vi a Alberto aquella noche. Iba muy borracho. Joder, tú también lo viste. Si ese Borja es tan retorcido como parece, creo que tenía fácil engatusar a Alberto.

—¡Me importa una mierda que fuera borracho! No estaría tan borracho cuando pudo usar el ordenador para bajar el video. Además, por mucho alcohol que llevara encima, uno sabe lo que está bien y lo que está mal.

—Joder, Álex, tenéis que desatascar esta situación. ¿Desde hace cuánto sois amigos?

—Yo que sé…

—Habéis pasado un montón de cosas juntos, y él siempre ha estado ahí para ti, cuando has tenido un problema. Sí, es verdad que Alberto ha cometido un error, eso está claro, pero…

—Mira, Edu, déjalo estar. No pienso perdonarlo. Me da igual lo que haya pasado antes entre nosotros, lo importante es lo que ha demostrado ahora, y desde luego para tener amigos así, mejor tener enemigos. Y por lo visto no me faltan.

—¿De verdad vais a tirar vuestra amistad por la borda, así, sin más?

—Así sin más, no. Él se lo ha buscado, no yo.

Edu calló, apesadumbrado. Si había algo que no soportaba era vivir rodeado de aquella clase de tensiones. Nunca le había gustado estar en medio de las disputas de sus amigos, le incomodaba muchísimo saber que las personas a las que quería no se tragaban entre sí, que las rencillas podían crecer hasta romper una amistad y, como consecuencia, la unidad del grupo de amigos. No era la primera vez que le ocurría, pero había esperado que a medida que su círculo fuera alcanzando ciertas edades, aquel tipo de incidentes de instituto fueran desapareciendo. Nada más lejos de la realidad, al final todo el mundo parecía comportarse igual: niños, adolescentes y adultos. Las personas no cambiaban a pesar de la presunta madurez que otorga la edad. Las chiquilladas estaban a la orden del día, visto lo visto. Era cierto, eso sí, que aquel asunto no era precisamente una chiquillada; se trataba de un tema bastante grave que involucraba una amenaza y un chantaje con dinero de por medio, pero era la tensión entre ambos, Álex y Alberto, lo que Edu no podía soportar.

Aunque no quería reconocerlo, a él también le había dolido bastante que Alberto hubiera cometido una infracción como aquella. Hasta entonces había tenido una imagen bastante distinta de él: ese chico tímido, buenazo, que se desvivía por hacer sentir bien a sus amigos. Edu comprendía, sin embargo, que todo el mundo tiene sus momentos bajos —él mismo también los tenía— y por ello procuraba disculpar de algún modo el terrible error que había cometido. Desde que lo conociera, Edu nunca había sabido de un amorío suyo, ni siquiera un lío de una noche. Alberto estaba muy borracho y necesitado de cariño, por lo que seguramente se había convertido en la víctima perfecta para un cabrón de la índole de Borja. Sí, Edu estaba decepcionado por su actuación, pero también comprendía que todo el mundo comete errores, y que lo importante es darse cuenta y sentirse arrepentido. Alberto lo estaba. Había hablado largo y tendido con él la noche anterior, cuando Álex se fue de su casa tras agredirle y dejarlo en el suelo, hecho un trapo. Alberto le confesó entonces lo sucedido, llorando amargamente. Estaba realmente avergonzado y deseoso de redimirse, aunque no sabía cómo hacerlo. Edu, muy impactado, hubo de consolar a su amigo. De pronto había entendido por qué Alberto no había invitado a cenar a Álex aquella noche: seguramente no podía mirarlo a la cara después de lo sucedido con Borja.

En aquel breve momento de silencio sonó el timbre de la puerta. Álex, que no tenía ganas de seguir hablando más del tema, se levantó del sofá para ir a abrir. Debía ser Pablo que volvía del gimnasio, pensó él, antes de abrir sin preguntar. Sin embargo, la persona que Álex se encontró en el umbral era la que menos deseaba ver en aquel momento:

—¿Qué haces tú aquí? —le preguntó, visiblemente enfadado.

—Álex… —lo saludó tímidamente Alberto.

—Vete. Ahora —le ordenó, cerrando la puerta. Alberto impidió el movimiento, colocando su pie entre el marco de la puerta y la hoja. Edu, mientras tanto, se había acercado cauteloso para escuchar la conversación, manteniéndose a cierta distancia de ellos, sin que Alberto pudiera verle—. ¿Qué coño no entiendes de lo que te acabo de decir? ¡Aparta y largo de aquí!

—¡Espera! —exclamó Alberto, desesperado—. Álex, quiero hablar contigo. Deja que…

—No tengo nada que hablar con traidores. ¡Déjame en paz!

—¡Puedo arreglarlo! Por favor, Álex, déjame arreglarlo…

—¡No hay nada que arreglar, joder! —Álex estaba furioso—. Me has jodido pero bien, ¿sabes? ¿Y todo para qué? ¿Para pegar un polvo con ese hijo de puta? ¡Pues muy bien! Espero que te aprovechara, porque ahora me toca pagarlo a mí. Y ahora vete de aquí. No te quiero ni ver.

—Lo siento, Álex. ¡Lo siento mucho! Yo no quería… No quería traicionarte. No sé qué me pasó. Pero puedo arreglarlo.

—¿Y cómo piensas hacerlo? —Álex soltó una risa histérica—. Ese hijo de puta con el que te acostaste me ha amenazado con publicar el video en internet, ¿sabes? Lo hará si no le pago una pasta. ¿Me las vas a dar tú?

—Lo haría si pudiera pero… Creo… Creo que tengo una idea —dijo, tragando saliva—. ¿Serviría de algo si consigo impedir que Borja publique el video?

—¿Cómo? ¿Cómo piensas hacerlo?

Alberto miró a los ojos a su amigo, muy serio.

—Tengo un plan —dijo.


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