«¡Ni se os ocurra! ¡A mí no me metáis en vuestros líos!»


—No puedo creer que me haya dejado engatusar de esta manera —dijo Pablo, con una mano en la frente. Iba sentado en el asiento del copiloto, mientras Edu conducía el coche y Alberto iba sentado en los asientos de atrás.

—No te preocupes, Pablo, ya verás, lo vas a hacer muy bien.

—De verdad que me estoy arrepintiendo mucho de esto —seguía diciendo el chico, que parecía no haber escuchado las palabras de Alberto—. Mi plan esta tarde era ir tranquilamente al cine o estar en casa viendo una peli con vosotros, no haciendo… Joder, ¿qué se supone que estoy haciendo?

—Estás ayudando a un amigo, recuerda. —Edu no lo miraba mientras conducía, pues tenía puesta su atención en el tráfico de las concurridas calles de la ciudad. Con sus palabras intentaba aparentar tranquilidad, aunque estaba tan nervioso como sus compañeros de viaje—. Ya verás, no va a pasar nada. Piensa en esto como una de esas películas de Misión Imposible, solo que en vez de Tom Cruise, esta noche vas a ser tú el protagonista.

—¿Se supone que eso me tiene que tranquilizar, animar o hacer gracia?

—¡Yo que sé! —dijo Edu, que rió nerviosamente—. El caso es que ya no puedes echarte atrás. En serio, tranquilízate y todo saldrá bien. ¿Verdad, Alberto?

—Eso espero… —contestó el aludido.

—¿Eso esperas? —Pablo se volvió hacia él con cara de espanto—. ¡Joder, en momentos como este lo que uno espera oír es que el plan es infalible!

—No te preocupes, funcionará —intentó corregir Alberto sus palabras, aunque no sonaba para nada convencido—. Confía en mí. Es un buen plan.

—Eso espero, que lo sea. Por tu bien —dijo Pablo, en tono amenazador.

—Vamos a ver, que tampoco estamos robando en el Louvre. Es solo un gilipollas al que vamos a poner en su sitio —comentó Edu, no sin razón—. Alberto, ahora es un buen momento para hacer como en las películas y repetir el plan para que nos quede claro, ¿no?

—¿Con flashback en blanco y negro y todo? —Alberto rió la broma de Edu.

—¡Joder, esto no es una película, ni una serie! No creo ni que llegue a cutre serie de internet. —A Pablo no le estaba haciendo ninguna gracia aquello, pero lo cierto es que cuando Alberto empezó a relatar de nuevo el plan que habían ideado la tarde anterior en el salón de su casa, volvió a tranquilizarse un poco.

Casi veinticuatro horas antes, Pablo había llegado al piso desconocedor de la odisea en la que iba a verse envuelto tan solo unas horas después. Se había encontrado entonces a sus tres amigos discutiendo en el salón, y fue así cómo se enteró acerca de lo sucedido entre Álex y Alberto. Pablo no daba crédito cuando le contaron la rocambolesca historia en que se habían visto envueltos sus dos amigos, con todos aquellos ingredientes telenovelescos incluidos: un proyecto de psicópata, un video erótico de Álex, una ciber-amenaza con ultimátum incorporado, mucho sexo, alcohol y una traición de por medio que había acabado con una amistad de años. Lo cierto es que la tensión podía cortarse con un cuchillo en aquel salón, y de no ser por la presencia apaciguadora de Edu, probablemente Álex hubiera acabado agrediendo de nuevo a Alberto, pues estaba realmente cabreado. Pablo ayudó a su amigo en la labor de mediador para calmar los ánimos y poner paz entre ambos, no sin bastante dificultad. Cuando tras mucho esfuerzo consiguieron que Álex se calmara un poco, Alberto procedió a explicar a sus amigos que había estado pensando en un modo para enmendar lo sucedido e impedir que Borja tuviera acceso al video.

—He estado dándole muchas vueltas desde ayer —les había dicho, iniciando su explicación. Alberto hablaba mientras caminaba nerviosamente frente al sofá, donde sus tres amigos se hallaban sentados. Álex lo miraba con la rabia todavía grabada en el rostro, con cierta incredulidad, mientras Edu y Pablo lo flanqueaban a ambos lados, como dos guardianes que estuvieran conteniendo a un perro de presa—. Sé que todo esto ha sido culpa mía, y por eso quiero arreglarlo. De verdad, Álex, siento mucho haberte metido en este lío.

—Déjate de mierdas y ve al grano —dijo Álex, sin aceptar las disculpas—. ¿Qué has pensado? ¿Cómo piensas arreglar esto?

Alberto, decepcionado, quiso pasar por alto el tono de Álex y continuó hablando. Hablar lo tranquilizaba un poco a él también, por lo que intentó encontrar la calma a través de sus propias palabras:

—No conozco mucho a Borja, solo estuve con él aquella noche, y como sabéis, había bebido bastante. Coincidí con él en Deseo 54 por pura casualidad. Yo… Reconocí allí al chico del video de Álex, que resultó ser su novio.

—Video que ni siquiera te había enseñado…

—Sí, ya lo sé. Sé que me he comportado como un cerdo —reconoció Alberto, que se había puesto rojo como un tomate al reconocer su fechoría delante de sus propios amigos, algo que no estaba resultándole nada fácil, vergonzoso como era—. No es ninguna disculpa, pero tenía muchísima curiosidad por saber cómo era el chico del que me habías estado hablando todo el día, así que entré a tu perfil online y encontré la grabación. ¡Sé que estuvo muy mal, Álex, pero te juro que no lo vi entero! No soy tan morboso. Solo busqué las imágenes en las que salía Diego para saber cómo era. Solo eso.

—A estas alturas, de ti me creo cualquier cosa —contestó él, con mala intención—. Bueno, ve al grano. Ya conocemos esa parte de la historia, así que continúa.

—El caso es que provoqué, casi sin darme cuenta, una discusión entre Borja y Diego que acabó muy mal. Borja se quedó conmigo en la barra de la discoteca y empezó a sonsacarme información. No recuerdo mucho los detalles, pero de pronto me di cuenta de que había empezado a tirarme cacho. Yo… No sé por qué lo hice, pero el caso es que me dejé hacer.

—Joder, Alberto. —Edu no pudo evitar mostrar decepción ante la actitud de su amigo.

—No hace falta que digáis nada, ya sé que no tenía ningún sentido enrollarme con aquel chico justo después de que acabara de cortar con su novio, delante de mí, y encima sabiendo que Diego había sido un lío de Álex, pero mira, lo que pasó pasó, ¡qué más puedo decir! Yo no estaba para darle muchas vueltas a las cosas y me dejé hacer. No sé ni de qué hablamos, así que como comprenderéis tampoco podía sospechar que los planes de Borja pasaban por llevarme a su casa para conseguir el video del que le había hablado poco antes, casi sin pensar. Me convenció para ir a su piso y allí acabamos los dos. Ni siquiera recuerdo el trayecto a su casa, yo estaba realmente mal. Sin embargo, una vez subimos a su casa parece que el efecto del alcohol empezó a remitir un poco. Sé que estuvimos hablando un buen rato en su habitación, de eso sí me acuerdo; me habló de Diego, de lo mal que se sentía, y no sé cómo lo consiguió, pero me convenció para descargar el video.

—Nos imaginamos cómo lo hizo… —comentó Álex, mordaz. Alberto volvió a bajar la mirada. Se le veía realmente avergonzado, pero aquello no amainó la rabia que sentía Álex, más bien al contrario.

—En fin, llegados a este punto empieza lo que realmente quería comentaros —continuó Alberto, volviendo a hacer oídos sordos a las duras palabras de su amigo—. Por lo que pude ver, Borja no se lleva demasiado bien con la informática. Recuerdo que tuve que ayudarle a activar la conexión wifi de su Macbook porque se le había desconfigurado, y ahí fue cuando me di cuenta de que apenas sabe cómo manejarse con los ordenadores. Creo, de hecho, que es su primer Mac y que no se aclara mucho con el cambio desde Windows.

—Pero eso es porque tú eres informático y entiendes de esas cosas —intervino Pablo, que se había visto identificado en las palabras de Alberto—. Si a eso vamos, todos nos llevamos mal con la informática. ¿A quién no le han pasado ese tipo de cosas con sus portátiles?

—Bueno, sea como sea, dudo mucho que Borja sea de los que toman muchas medidas de seguridad para proteger sus datos —dijo Alberto—. Ni siquiera vi disco duro alguno en su mesa, por lo que estoy prácticamente convencido de que el video sigue a buen recaudo en el escritorio de su ordenador.

—¿Quieres decir que no tendrá una copia? —preguntó Edu—. Mira que hoy en día es muy fácil subir un video a Dropbox, Google Drive y demás servicios en la nube…

—Os digo que ese tío no sabe ni lo que es Dropbox. Juraría que no tenía la aplicación instalada. Sé que no tenía activado el servicio en la nube de Apple. ¡Ni siquiera tenía clave para acceder a la sesión del ordenador para protegerlo de posibles robos! Lo que quiero decir es que es un poco descuidado, informáticamente hablando. Pero en fin, a lo que iba: descargué el video de Álex desde el navegador web al escritorio de su ordenador, y estoy bastante seguro de que sigue ahí. Si esto es así, lo único que debemos hacer es asegurarnos de que ese video sea borrado de su ordenador. Para siempre.

—Ya… ¿Y cómo piensas conseguirlo? —preguntó Álex, incrédulo—. Para poder borrarlo tendrás que acceder a su portátil, digo yo, y sin entrar a su casa, ¿cómo vas a hacerlo? Dudo mucho que Borja, sabiendo que me ha chantajeado y que esa amenaza te incluye a ti, deje que vuelvas a entrar en su casa así como así. No creo que sea tan estúpido.

—Bueno, contamos con ciertas ventajas —dijo Alberto, adoptando un tono misterioso, al más puro estilo de las películas de atracos—. Sabemos exactamente cuál es el modus operandi de Borja, y eso es precisamente lo que nos permitirá acceder a su casa y, por tanto, a su ordenador. Sabemos que Borja es un usuario muy activo de las apps para ligar, ¿verdad? Se pasa el día buscando temita por las redes. ¡Pues eso es precisamente lo que vamos a aprovechar! Tú, Álex, conoces además su perfil de Grindr, ¿no es así?

—Tengo localizados unos cuantos perfiles suyos, sí… —afirmó, recordando el acoso al que había sido sometido por aquel lunático.

—En ese caso contamos con todos los recursos necesarios. Sólo necesitamos un par de cosillas más: un móvil con la aplicación Grindr instalada y… Un chico bien parecido al que Borja no conozca de nada.

—Quieres decir… —Edu se quedó unos segundos con la boca abierta, comprendiendo la linea de pensamiento de su amigo.

—¡Exacto! Necesitamos a alguien desconocido para él, que se haga pasar por una cita de Grindr. De este modo, el cebo acudirá a su casa con el pretexto de pegar un polvo, y en un momento de despiste… —Alberto buscó algo que tenía guardado en el bolsillo, y acto seguido mostró el contenido del mismo a sus amigos—, utilizará este pequeño artilugio para inutilizar completamente su ordenador.

Los tres chicos observaron con incredulidad el pequeño pendrive que Alberto les mostraba con gesto triunfal en la palma de su mano.

—¿Qué es eso? —preguntó Pablo.

—Esto, amigos míos, es un pequeño prodigio tecnológico que me ha prestado un colega mío de la facultad —explicó Alberto, con cierto orgullo y mucha teatralidad—. Es una memoria USB que contiene un programa auto-ejecutable que contagia a cualquier ordenador al que se conecte con todos los virus imaginables, y para ello simplemente hay que conectarlo en un ordenador que esté encendido. Este pen, particularmente, está especialmente configurado para afectar a ordenadores Apple como el que tiene Borja en su casa. ¿No es genial?

—¿Estás hablando en serio? —se asombró Edu, que no pudo evitar sonreír ante el diabólico plan planteado por su amigo—. Joder, Alberto. Esto parece sacado de una película de James Bond. ¡Artefacto incluido!

Alberto sonrió con orgullo ante la positiva reacción de su amigo.

—Espera un momento —intervino Pablo, a quien no le estaba gustando nada el cariz que estaba tomando aquello—. ¿Y quién se supone que va a hacer todo eso?

Alberto lo miró con una media sonrisa, poniendo ojos de cordero degollado.

—Pues ahí es donde entras tú precisamente, Pablo…

—¡No! —contestó él, automáticamente—. ¡Ni se os ocurra! ¡A mí no me metáis en vuestros líos!

—Pablo, escucha… —insistió Alberto—. No va a pasar nada, no tienes por qué preocuparte. ¡Sólo debes fingir un poco, conseguir distraer a Borja un momento, conectar el pendrive a su ordenador y salir de allí con cualquier excusa que se te ocurra!

—¡Vamos, Pablo! —lo animó Edu, divertido de pronto con todo aquello—. ¡Es un buen plan!

—¡Ni hablar! —se negó Pablo, fervientemente—. Si tan buen plan te parece, ¿por qué no lo haces tú, Edu? ¡A ti ese tío tampoco te conoce!

—No podemos correr ese riesgo, Pablo —explicó Alberto, adoptando cierto tono de súplica—. Edu estuvo aquella noche en el pub, en Ruzafa. Pudo ver a Edu con Álex, por lo que podría sospechar y hacer que el plan se viniera abajo. Sólo tenemos una opción y es que todo esto lo hagas tú. Además, creo que eres el cebo perfecto para que Borja pique. De verdad, Pablo, no te lo pediría si no fuera estrictamente necesario. ¡Te necesitamos! Eres nuestra última esperanza.

Y así fue cómo Pablo se sintió coaccionado para colaborar en aquel descabellado plan, por lo que no pudo negarse. Sólo un día después de aquello, Alberto había conseguido contactar con Borja a través del móvil de Pablo, y este había picado el anzuelo hasta el fondo —Alberto se había encargado de elegir las mejores fotos de Pablo para el perfil, bajo su supervisión, claro—. Por tanto, ya de camino a casa de Borja y a punto de ejecutar aquel plan desesperado, Pablo estaba en absoluta tensión, preguntándose cómo se había dejado engañar para acabar viéndose envuelto, sin comerlo ni beberlo, en aquella historia disparatada. Hubo de repetirse a sí mismo una y otra vez que estaba ayudando a dos amigos en apuros, aunque aquello no bastaba para calmar sus nervios. Estaba a punto de hacerse pasar por gay —precisamente él, precisamente en aquel extraño momento de su vida— para intentar impedir que un perturbado cumpliera su amenaza de publicar el video erótico de su amigo en la red. Por mucho que quisiera, ya no podía echarse atrás. Al menos, Alberto y Edu estarían cerca para socorrerle en caso de apuro. No estaba seguro de que aquello lo tranquilizara demasiado, pero intentó decirse a sí mismo que todo saldría bien. Tenía que confiar en sí mismo.

Debía echarle huevos.

Literalmente.


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