Borja no podía estar más excitado ante la perspectiva de pasar la tarde en la cama con aquel tiarrón.


Borja había llegado a casa del trabajo más caliente que un churrero en el Sahara. Había sido una mañana bastante ajetreada en la tienda —malditos domingos laborables; quien hubiera sido el artífice de tan brillante idea debía ser ahorcado en la plaza frente a una muchedumbre enfervorizada—, aunque por suerte aquel día había coincidido con Gisela en el turno de mañanas. Ambos se habían echado unas buenas risas hablando a espaldas de sus clientes, criticando con ácidos comentarios su aspecto o estilo a la hora de vestir —un juego que solían llevar a cabo cada vez que trabajaban juntos y que amenizaba en mucho su jornada laboral—, por lo que al menos las horas de trabajo habían pasado rápidas. No obstante, la afluencia de gente había sido agotadora. Al menos había tenido la suerte de que aquel día muchos de sus clientes le habían alegrado la vista: varios chicos de muy buen ver habían acudido a comprar a la boutique. Tanto Gisela como él solían competir para atenderlos en cuanto los veían entrar. Ambos compañeros solían jugar también a adivinar las tendencias sexuales de sus clientes —algo que cada vez resultaba más complicado, el mundo se estaba volviendo muy confuso—, pero a Borja no le importaba insinuarse ante toda clase de tíos, aunque fueran heterosexuales con toda probabilidad. Y es que le atraían mucho este tipo de chicos con aspecto masculino —no en vano, su ex Diego respondía a aquel perfil— y muy especialmente lo hacían aquellos que acudían a la tienda en compañía de su novia. Lo cierto es que en más de una ocasión había logrado sacar algo más que una sonrisa a tales chicos en cuestión, algo que le encantaba restregar a Gisela en cuanto tenía ocasión de hacerlo.

Al salir del trabajo aquella tarde, Borja llevaba un calentón que no podía aguantar, así que decidió echar una ojeada al menú del día ofrecido por Grindr mientras comía a solas en el Foster’s Hollywood de la Plaza del Ayuntamiento, poco antes de coger el metro para irse a casa. Fue así que había encontrado, entre los perfiles propuestos por la aplicación, a aquel chico musculado, fornido y que parecía muy atractivo —a pesar de no mostrar la cara—, el cual le había enviado una llamita hacía escasos minutos —esta era una de las formas que la aplicación ofrecía para indicar la atracción por otros usuarios de la red social sin necesidad de entablar conversación—. Borja le devolvió el indicativo, y poco después aquel chico, cuyo nombre de usuario respondía a un elocuente HetDiscreto25, le saludaba con un escueto Hola.

Tras el habitual intercambio de fotos en la conversación privada, Borja pudo comprobar que aquel chico era realmente guapo y confirmó que tenía muy buen cuerpo. No solo eso, aseguraba ser heterosexual con ganas de probar cosas nuevas, y eso le había puesto a Borja muy cachondo. El chico, que decía llamarse Toni, había aceptado acudir a su casa aquella misma tarde a satisfacer sus fantasías de primerizo, y Borja no podía estar más excitado ante la perspectiva de pasar la tarde en la cama con aquel tiarrón a inaugurar.

Cuando se aproximó la hora, Borja inició su habitual ritual preparatorio. Se dio una ducha, se arregló el pelo y se puso cómodo aunque con ropa recién estrenada de la tienda —hoy había logrado hacer desaparecer del almacén cierta camiseta de Pedro del Hierro sin que nadie se diera cuenta—, que le quedaba como un guante. Una vez hubo terminado de arreglarse, se sentó en el sofá a esperar mientras buscaba un video erótico en el móvil, como solía hacer habitualmente, para poder recibir a su invitado con todos los galones puestos y el arma cargada y a punto.

El timbre de la puerta de abajo sonó poco antes de la hora concertada. Bien, aquel chico no le había hecho esperar; el tal Toni debía tener ganas y eso era buena señal. Borja abrió el portal a través del videoportero y esperó para abrir la puerta del piso en cuanto oyera los pasos de aquel hetero discreto aproximándose al umbral, mientras hacía unos estiramientos de cuello y se erguía para adoptar una pose masculina que resultara atractiva a su invitado.

Borja abrió la puerta con una sonrisa pícara en cuanto detectó la presencia de Toni. Este no le defraudó en absoluto en persona: iba vestido con una sudadera, en plan deportivo, y tenía buena planta; era algo más alto que él y tenía pinta de empotrador nato. Eso sí, su mirada parecía denotar cierto nerviosismo, algo evidente siendo aquella su primera vez con un tío.

—Buenas… Eh, ¿eres Borja, no?

—El mismo —dijo él, modulando la voz para que sonara algo más grave de lo habitual. Sabía de buena tinta que a la mayoría de presuntos hetero-curiosos les gustaba el rollo masculino, en plan colegueo—. Pasa dentro, tío.

Toni caminó algo dubitativo al interior del piso. En cuanto pasó por su lado, Borja cerró la puerta mientras con una mano tocaba su pecho. Toni reaccionó apartándose instintivamente.

—Eh, tranquilo —dijo Borja, al comprobar que su invitado parecía estar realmente nervioso—. No te preocupes, que no muerdo. Al menos no hasta que no me lo pidas… Esto te pilla todo de nuevas, ¿verdad?

—La verdad es que sí —dijo él. Los nervios afloraban en el tono de su voz —. Estoy… Estoy un poco nervioso, es la primera vez que…

—Chssst, tranquilo —susurró Borja, acercándose mucho a él y haciendo que este retrocediera contra la pared, donde lo había casi acorralado—. Ya verás, voy a hacer que disfrutes de esto, tú solo déjate llevar.

Borja fue a besar a Toni, pero este se apartó de pronto, impidiendo que sus labios contactaran con los suyos.

—Espera, eh… Espera —dijo—. Borja, de momento creo que… Preferiría que antes… No sé, ¿fuéramos a tu habitación?

—Vaya, nos has salido tímido, ¿eh? —rió Borja, y luego adoptó un tono paternalista—. Como quieras, tío. Podemos ir todo lo despacio que tu quieras. Eso sí, te aseguro que luego me vas a pedir más. Ven, acompáñame.

Borja avanzó a través del pasillo hasta su habitación, seguido de aquel chico. Toni entró en ella como la res que entra al matadero, con el miedo grabado en la mirada, aunque intentó disimular frente a su anfitrión. Eso sí, sus ojos se clavaron en la peculiar decoración de la habitación: una bandera de España se hallaba colgada en una de las paredes, justo al lado de un póster de Maluma extraído de alguna revista, en el cual el cantante lucía palmito; pero lo que más llamó la atención de Toni era que sobre el escritorio, junto a la cama, Borja disponía de una especie de dispensador de cápsulas Nespresso, solo que en lugar de café, lo que había en su interior era una colección de preservativos de todos los tipos, sabores y tamaños. Justo al lado se hallaba un ordenador portátil Apple, reconocible por la manzanita grabada en su parte superior.

—Ven, siéntate aquí —le pidió Borja. Toni dejó de observar la habitación y miró al chico que lo esperaba mordiéndose levemente el labio, en la cama—. Acércate.

Toni caminó lentamente hacia él, y este, en cuanto estuvo lo suficientemente cerca, lo agarró por la parte superior del pantalón, atrayéndolo hacia él. Luego llevó su mano al paquete de Toni y empezó a desabrocharle la bragueta.

—Espera, eh… ¿Podríamos antes hacer una cosa? —preguntó el chico, de pronto, interrumpiendo la labor de Borja.

—Dime, ¿qué quieres hacer?

—Estoy un poco nervioso, como te digo… Creo que me gustaría, no sé. Ver un video porno o algo así antes. Estaría bien, ¿no?

—Hum, vaya, así que nos has salido morbosete. Necesitas un poquito de inspiración, ¿eh? Cómo me estás poniendo, cabrón… —Borja se levantó y se quitó la camiseta, mostrando su torso desnudo. Luego empujó a Toni hacia la cama, que, sorprendido, cayó sentado en ella; Borja se lanzó sobre él y lo besó ávidamente.

—Tengo varios videos en el móvil, de todo tipo —dijo él, tras dejar de besarle y mientras le quitaba la sudadera, bajo la cual Toni llevaba una camiseta corta—. Puedes verlos mientras te la como, si quieres. Me muero por ver qué guardas ahí debajo.

—Yo… Es que… Verás, me gustaría verlos contigo, más cómodo. Tienes ahí un ordenador, ¿no? He traído unos cuantos videos.

—Vaya, ¿así que quieres compartir tu colección privada conmigo? —rió Borja, completamente excitado—. Eres todo un cerdete. ¡Me gusta, joder! Me estás poniendo a tope.

—¿Entonces?

—Me temo que el ordenador está sin batería y tendría que buscar y montar el cargador y todo. Creo que está en la mochila, en el comedor. Mira, tío, ¿qué te parece si lo vemos en el móvil, okey? Creo que es mejor no cortarnos el rollo ahora, ¿no crees?

Toni tragó saliva.

—Es… está bien. Pero antes, ¿puedo ir al baño?

Borja frunció el ceño. Empezaba a sospechar que aquel chico no estaba muy centrado.

—Eh… Claro, ¿te encuentras bien?

—Sí, es solo que… Me estoy meando y preferiría sentirme un poco más cómodo. ¿Te importa si… me toco un poco antes, a solas?

—¡Ah, entiendo! No quieres defraudarme, ¿es eso? —rió Borja, un poco más tranquilo—. No te preocupes, puedes pajearte un poco antes, si quieres que te la vea bien dura desde el principio. Ve, es la primera puerta a la derecha. Eso sí, deja algo para mí, ¿vale? No me hagas esperar mucho. Yo… Haré lo mismo aquí —dijo, mientras se quitaba el pantalón y quedaba únicamente en slips. Su miembro, bajo la prenda de color blanco, estaba completamente erecto y su silueta quedaba claramente marcada.

—Vale —dijo Toni, mirando involuntariamente la entrepierna de Borja—. Será solo un momento. Luego podemos continuar.

—Aquí te espero —dijo él, mientras se tocaba por encima del slip. Luego, Toni salió de la habitación. Borja se sonrió. Aquel chico y sus miedos de primerizo le estaban poniendo a cien.

La tarde prometía ser realmente entretenida.


¡Nuevo capítulo la próxima semana!

¿Quieres leer más? ¡Lee ya los próximos capítulos en papel o tu libro electrónico, móvil o tableta!