¿De verdad estaba pasando aquello? ¿Por qué todo tenía que torcerse de mala manera?


Había salido de la habitación furtivamente, completamente desnudo e intentando hacer el menor ruido posible. Mientras Borja abría la puerta y Edu empezaba su maniobra de distracción, Pablo se había colado en el comedor. Una vez allí, buscó rápidamente con la mirada en busca de la presunta mochila de la que le había hablado Borja hacía unos minutos y que debía contener el preciado cargador del portátil.

Durante unos dolorosos instantes, Pablo pensó que jamás encontraría la mochila en aquel lugar, pues enseguida se dio cuenta de que aquel comedor estaba hasta los topes de trastos diversos: todo alrededor de las paredes estaba repleto de estanterías llenas de libros, aunque la estancia era presidida por un mueble enorme y algo anticuado que estaba copado por innumerables marcos de fotos y figuritas de porcelana al estilo Lladró. Frente al sofá había una mesilla de cristal, en cuya base se acumulaban innumerables revistas, y al lado del tresillo había una mesita más donde se hallaba el teléfono, así como una pila de libros y otros tantos trastos inservibles.

Caminó alrededor del salón comedor mientras escuchaba de fondo la alocada conversación entre Borja y Edu, aunque no pudo prestarle demasiada atención. Sabía que no tenía mucho tiempo. Por suerte, al cabo de un rato, Pablo reparó en que al lado del sofá, apoyado en él y tocando sobre el suelo, se hallaba abandonada una funda de portátil. Nada más verla se abalanzó sobre ella y rebuscó entre los bolsillos frontales. Para su descanso, allí se hallaba el cargador del portátil, un cuadrado blanco con el logotipo de la manzana y un enchufe. ¡Eureka!

Cargando con aquel preciado tesoro, Pablo volvió a escabullirse a través del pasillo. Entraba de regreso a la habitación justo cuando escuchó el portazo que Borja había propinado, tras expulsar a Edu de su casa. ¡Debía darse prisa! Pablo se afanó entonces en conectar el dispositivo de carga al ordenador, pero no tenía demasiado claro cómo debía hacerlo. Empezó a mirar qué puerto se correspondía con la clavija del cargador, pero todas las entradas parecían iguales.

—¿Qué estás haciendo? —La voz de Borja a sus espaldas le puso todos y cada uno de sus cabellos de punta. Por un momento sintió que su corazón dejaba de palpitar en el pecho.

—¡Borja! —exclamó Pablo, volviéndose de pronto hacia él. Reparó enseguida en que tenía el cargador en la mano, así que se lo mostró a su dueño—. ¡Mira, he encontrado tu cargador! Estaba aquí mismo. Intentaba conectarlo…

—Joder, Toni —Borja empezaba a mostrar ciertos signos de desgaste—. ¿De verdad quieres que lo enchufe ahora? Entre el gilipollas que ha venido a molestar, y ahora esto… Nos van a dar las tantas y no habremos hecho nada.

—¿Quién era?

—Nadie, ya te lo cuento luego. Va, deja eso y vamos al tema.

—Espera, Borja… —dijo Pablo, mientras intentaba pensar una manera de arreglar aquella situación—. De verdad que me gustaría ir más despacio y disfrutar de todo esto. ¿Qué te parece si nos damos una ducha, juntos, y luego vemos esos videos que he traído? Te aseguro que te van a gustar.

Borja lo miró, frunciendo el ceño. Por un momento, Pablo pensó que su anfitrión había empezado a sospechar que algo no marchaba bien. ¿Se había dado cuenta por fin de que todo aquello olía a chamusquina? Tragó saliva.

—Así que una ducha, ¿eh? —Borja lo miró con las cejas levantadas. Luego, de pronto, sonrió—. Te gusta mucho jugar a ti, me parece. Está bien, vamos a la ducha. Tú delante.

—Claro, está bien, aunque… Mira, ve preparando la bañera y yo, mientras tanto, termino de conectar esto. Así luego en cuanto salgamos de la ducha podremos ver la película que he traído. Es sobre unos gemelos, ya verás, te va a gustar. Además, me pondría… Me pondría mucho comértela mientras la ves tú. Eso me pone muy cachondo. ¿Te hace?

—¡Joder con el heterito! —Borja lo miró con una amplia sonrisa. ¡Bien, había picado el anzuelo!—. Al final va a resultar que de tímido no tienes nada. De acuerdo, voy a preparar la ducha. Te aviso en un segundo, ¿vale? ¡No tardes!

—¡Claro, ahora mismo estoy contigo!

Borja salió de la habitación en dirección al baño y Pablo se afanó inmediatamente en conectar el cargador a uno de aquellos puertos, al azar. La clavija se acopló correctamente. Luego buscó un enchufe libre donde conectar el otro extremo del cable. Había una regleta justo debajo del escritorio, así que no tuvo problema para hacerlo. Acto seguido, Pablo levantó la tapa del portátil y buscó el botón de encendido. La pantalla se activó enseguida, mostrando el icono de la manzana sobre un fondo negro. ¡Perfecto!

Mientras se iniciaba el equipo, Pablo recogió su pantalón y calzoncillos y volvió a ponérselos. Buscó el pendrive en el bolsillo y lo extrajo a correprisas. No tenía mucho tiempo, así que debía conectarlo cuanto antes y salir de allí corriendo como alma que lleva el diablo.

Pablo buscó y rebuscó en aquel diminuto portátil el puerto de entrada USB para conectar el diabólico dispositivo, pero para su sorpresa, ninguna clavija se correspondía con las entradas de aquel modelo de ordenador. No había forma humana de conectar el maldito cacharro que le había dado Alberto en el ordenador de Borja, pues ninguno de los puertos que podía ver se asemejaba en nada a un típico conector USB.

¿De verdad estaba pasando aquello? ¿Por qué todo tenía que torcerse de mala manera? Aterrado y desesperado a partes iguales, Pablo cogió su móvil y marcó el número de Alberto. Instantes después, su amigo descolgaba la llamada:

—¡Joder, Alberto! —exclamó Pablo nada más notar que se abría la línea, intentando que Borja no escuchara su exabrupto. Estaba completamente de los nervios—. ¡El bicho este que me has dado no entra en los conectores del ordenador! ¡Este cacharro no tiene USB!

—No me jodas… —murmuró Alberto, al otro lado de la linea.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Edu, que se hallaba de regreso en el coche y escuchaba la conversación por el manos libres.

—Joder, hostia puta, ¡no he caído! —se lamentó Alberto de pronto, llevándose una mano a la cabeza—. El pendrive que te he dado es antiguo, tiene conector de tipo A. Los nuevos MacBook no tienen ese puerto, solo tienen conexión USB tipo C. ¡Maldita sea!

—¡No fastidies! —dijo Edu, llevándose la mano a la boca—. Joder con la obsolescencia programada…

—No es obsolescencia, ¡es evolución! —se quejó Alberto, que estaba harto de defender el progreso tecnológico.

—¿Pero se puede saber de qué cojones estáis hablando? —preguntó Pablo, desesperado.

—¡Lo que digo es que no puedes conectar el pen al ordenador si no tienes un adaptador! —exclamó Alberto, absolutamente consternado.

—¿Estás tomándome el pelo?

—¡Para nada! Pablo, haz el favor y rebusca entre sus cajones. Tiene que tener algún tipo de adaptador para conectar cualquier dispositivo antiguo. No creo que se fuera de la tienda sin que le recomendaran comprarse uno.

—Alberto, no sé si te das cuenta de que no tengo tiempo para eso —rumió Pablo, muy enfadado—. ¿Y si no tiene ninguno?

—¡Debes buscarlo, no hay otra opción! —dijo—. Si no encuentras uno, mucho me temo que habrá que abortar la misión.

—¡No he aguantado todo esto para irme ahora con las manos vacías! —se quejó Pablo.

En ese momento, la voz de Borja llegó hasta sus oídos, desde el baño:

—¡Toni, el agua está lista!

—¡Ya voy, Borja, tardo solo un segundo! ¡Ve entrando, que esto ya está casi listo! —exclamó. Pablo volvió a colocarse el móvil en el oído—. Os mato, os juro que os mato.

Luego colgó la llamada.

Pablo observó el portátil y el pendrive que tenia en la mano. Se le acababa el tiempo. Borja lo estaba esperando en el baño, la bañera a punto. Debía tomar una decisión y debía tomarla pronto. ¿Qué coño podía hacer? Buscando alguna suerte de iluminación divina, Pablo miró a través de la ventana que se hallaba frente al escritorio. De pronto, una idea cruzó a través de su cabeza. Miró al portátil por un segundo, y de nuevo en dirección a la ventana.

—¡Toni, ya estoy dentro! ¿Vienes o qué?

Se había acabado el tiempo. Aquella farsa había terminado. Game over. C’est fini. No pensaba acostarse con Borja, eso ni hablar, y tampoco pensaba claudicar tras haber pasado por aquella loca experiencia. No, aquel mal trago no iba a acabar en balde. Así, llevado por un impulso, Pablo agarró el portátil de Borja y abrió la ventana. Tras asomarse brevemente a través de la misma y comprobar que esta daba a un solar abandonado, ubicado justo detrás del edificio, Pablo se retiró unos pasos hacia atrás.

Segundos después, el ordenador de Borja salía propulsado a través del hueco de la ventana. Pablo había usado para ello toda la rabia que había acumulado. Durante una fracción de segundo lo vio volar a través del aire, como un platillo volante, tras lo cual el ordenador acabó estrellándose contra un montón de escombros, haciéndose añicos en el acto.

Sin pararse a pensar en la locura que había cometido, Pablo cogió el resto de sus pertenencias y salió corriendo de aquella habitación. Atravesó el pasillo como una exhalación, mientras Borja seguía llamándolo por el nombre de Toni desde el interior de la ducha. Instantes después, este último escuchó el portazo que Pablo había propinado tras salir corriendo del piso.

Pablo bajó las escaleras a toda velocidad, a tal punto que a poco estuvo de tropezar y caer rodando. Por suerte no sucedió tal cosa y alcanzó el portal del edificio sano y salvo. Salió de allí y corrió hacia el coche, donde Edu y Alberto lo aguardaban con el corazón encogido. Alcanzó la puerta del copiloto y entró raudo en el coche.

—Sal pitando de aquí, ¡ahora! —le ordenó Pablo a Edu, antes siquiera de que alguno de sus amigos pudiera preguntar por lo sucedido. Edu obedeció y encendió el contacto, tras lo cual salió disparado de aquel lugar.

Pablo pudo respirar tranquilo una vez se vio en el interior del coche, en marcha y alejándose de allí. Estaba a salvo, por fin.

Misión cumplida, se dijo.


Epílogo