Alberto se veía a sí mismo como el eterno segundón.


La tarde había pasado muy lentamente para Alberto en clase de Algorítmica. En más de una ocasión había tenido que contener los bostezos frente a la profesora, que parecía empeñada en hipnotizar a los pocos alumnos que había en clase con aquel tono monocorde y mecánico; si había algo peor que tener una clase tostón como aquella en viernes, desde luego era tenerla por la tarde. En fin, lo único que Alberto deseaba era salir pitando de la facultad y llamar a Edu, con quien había quedado en principio para salir. No sabía muy bien qué esperar de aquella noche, puesto que Álex le había dejado tirado sin apenas darle demasiadas explicaciones —a saber qué planes tenía realmente, aunque se lo podía imaginar— y Edu había tenido su cita con aquel chico del que les había hablado por teléfono; Alberto esperaba sinceramente que no le hubiera ido demasiado bien, pues de ser así probablemente tampoco Edu quisiera salir aquella noche. Sus planes para comenzar el fin de semana pendían, pues, de un hilo.

Alberto volvió a mirar por enésima vez el móvil, esperando recibir una contestación de su amigo Edu. Nada. A medida que se acercaba la hora de salir de clase fue mentalizándose de que aquella noche acabaría en su casa con un bol de palomitas, tumbado en el sofá y viendo una peli pastelona por televisión. Aunque en general aquel plan no le disgustaba, aquella noche Alberto tenía ganas de salir de fiesta; la anécdota narrada por Álex acerca del chico del tatuaje le había recordado el tiempo que hacía que él no tenía algo semejante con nadie. No le interesaba demasiado conocer gente por internet y tampoco disponía de muchos amigos con los que se sintiera lo suficientemente a gusto para salir de fiesta, por lo que no solía hacerlo tan a menudo como quizá debiera. Si seguía con aquella actitud, era más probable que acabara de monja en un convento que en la cama con un chico. Es cierto que podía decirles de salir a sus compañeras del Grado en Ciencia de Datos —todo el mundo le preguntaba qué diablos se estudiaba en aquella carrera, y muchas veces él mismo se había hecho idéntica pregunta; eso sí, siempre le tocaba a él resolver los problemas informáticos de sus amigos, especialmente de Álex, que siempre tenía problemas con las contraseñas de sus dispositivos—, pero ellas solían acudir a sitios de música heavy y Alberto no se sentía especialmente cómodo allí. Lo que le apetecía realmente era salir de fiesta con sus amigos gays; un poco de música de petardeo, una Carrà, una Lady Gaga, una de Fangoria. Le apetecía pasárselo bien, y aunque evidentemente no esperaba ligar con el primero que pasara en la discoteca, siempre quedaba la esperanza de que alguien se fijara en él. En general, a Alberto le costaba mucho ligar. Puede que fuera demasiado cortado —bueno, no es que pudiera, es que realmente lo era—, y si algo se le daba mal en la vida era expresar sus sentimientos, los cuales parecía empeñado en esconder costara lo que costase.

A Alberto nunca le había resultado fácil sincerarse con un chico, siempre por culpa de sus malditas inseguridades. Sabía que no era un chico feo, pero tampoco creía destacar especialmente en nada. No tenía un cuerpo del que estuviera particularmente orgulloso, y aunque no estaba gordo, tenía su tripilla, esa maravillosa herencia genética —¡gracias, familia paterna!— que costaba dios y ayuda mantener a raya en el gimnasio. Si al menos le gustara machacarse en las clases de Body Pump la cosa estaría más fácil para ganar en forma física, pero en realidad el gimnasio le aburría sobremanera, así que se limitaba a ir un par de veces por semana, si es que lograba reunir el ánimo necesario para ello. El caso es que Alberto se veía a sí mismo como el eterno segundón, el chico que pasaba desapercibido en toda discoteca, pub o café; el amigo del guapo, el típico chico al que le entran para preguntarle si su amigo está disponible mientras debe apretar los dientes en una falsa sonrisa. Era algo que prácticamente asumía como normal, y probablemente fuera esta la razón por la que nunca se había atrevido a confesarle a Edu sus verdaderos sentimientos.

Edu. Sólo imaginarle tomando un café con aquel chico random, teniendo su cita feliz en cualquier terraza de Valencia, le provocaba a Alberto una rabia interna que apenas podía controlar. ¿Por qué no podía ser él quien estuviera compartiendo esos momentos íntimos con Edu? ¿Por qué diablos no se atrevía a confesarle a su amigo que le había gustado desde el mismo momento en que se habían conocido? Pues precisamente por eso, solía lamentarse: había pasado demasiado tiempo, y sencillamente resultaría demasiado raro sincerarse con él. Edu lo había tratado siempre como a un buen amigo y Alberto nunca había detectado en su modo de relacionarse con él signo alguno de que existiera esa necesaria atracción mutua. Aunque había intentado insinuarse más de una vez, o bien era muy poco hábil en el arte de la seducción —cosa que por otro lado tenía bastante claro— o Edu jamás había captado una indirecta suya. Lo más probable era que a su amigo ni se le pasara por la cabeza la remota posibilidad de mantener cualquier relación sentimental con él, por lo que toda sutileza acababa inevitablemente en saco roto. Debía asumirlo: no le gustaba a su amigo. Eso era todo. Punto y aparte.

Visto el panorama y teniendo en cuenta que Edu seguía buscando una relación al margen de él, Alberto empezaba a darse cuenta de que debía desconectar e intentar encontrar a alguien —o mejor, ser encontrado— para retomar su vida sentimental y sexual donde la había dejado, mantenida en compás de espera desde hacía años. Desde luego, no hacía falta seguir los pasos de Álex y sus cientos de citas de usar y tirar, pero estaba claro que un poco de movimiento no le vendría nada mal.

La clase terminó y Alberto recogió sus cosas y salió de la facultad. Caminaba por el Ágora de la Universidad Politécnica de Valencia de camino a la biblioteca, cuando sonó un aviso de su móvil. La cara se le iluminó al ver que Edu le había contestado por fin a través de WhatsApp:

 

Ya estoy en casa! Nos vemos luego, entonces?

 

¡Vaya, no haría falta pasar por el súper a comprarse palomitas! Alberto se afanó en contestar de inmediato a su amigo, preguntándole si cenarían juntos antes, a lo que este contestó que sin problemas. ¡Plan confirmado!

Mucho más animado, Alberto terminó algunos recados antes de dirigirse a casa, donde se duchó, se afeitó y recortó la barba —¡malditos pelos irregulares, cómo envidiaba a esos chicos de barbas perfectas!— y se vistió con una camisa nueva que había esperado a estrenar cuando saliera de fiesta. Tras asegurarse de que estaba perfectamente acicalado para la ocasión, Alberto salió de casa rumbo al metro para llegar a tiempo al centro, donde había quedado con su amigo para cenar en el Fuji, su restaurante japonés favorito. Mientras caminaba por la calle, de muy buen humor, Alberto tenía la sensación de que aquella noche todo iba a salir a pedir de boca.

Desde luego, la cena con Edu hubiera sido perfecta si hubiera habido mesa en el restaurante, pero lamentablemente no fue así. Todo lleno a rebosar, viernes noche y sin reserva previa, los dos amigos hubieron de buscar un sitio alternativo como plan de última hora, algo que resultó bastante complicado, pues se había hecho algo tarde. Alberto y Edu acabaron cenando una deliciosa hamburguesa de Menú Ahorro en un mugriento Burguer King repleto de adolescentes ruidosos que estaban celebrando un cumpleaños, sentados frente a una mesa sucia por los restos de los veinte comensales anteriores y pisando aquel suelo pegajoso que añoraba el tacto de una fregona como agua de mayo. Bueno, al menos la compañía era buena, se dijo Alberto, que intentó disfrutar de aquella cena con el chico que le gustaba, que por otro lado no paraba de hablar de lo bien que le había ido su cita de la tarde con el tal Rubén:

—Y después hemos estado paseando por el río y hemos llegado hasta el Parque de Cabecera —decía Edu, completamente emocionado—. No sé, Alberto, no quiero emocionarme mucho, pero Rubén ha sido súper bonico. Creo que hemos congeniado un montón. ¡Si hasta me ha comprado algodón dulce en un puesto que hemos encontrado! ¿Sabías cuánto tiempo hacía que no comía algodón dulce?

—Sí que es majo —se obligó a decir Alberto, a quien se le llevaban los demonios—. Menos mal que no eres diabético, porque entre las chucherías y el algodón de azúcar… un poquito de subidón, ¿no?

—Sí, la verdad es que estoy un poco de subidón —reconoció Edu, sin entender la intención escondida en las palabras de su amigo. Estaba demasiado abstraído en la reconstrucción de su cita de ensueño para darse cuenta de nada—. ¿Sabes? Me ha dicho que se vendrá esta noche con nosotros de fiesta.

—¿Ah sí? —Alberto casi se atraganta con su refresco desventado, que sólo sabía a agua sucia con azúcar—. Vaya, ¿esta noche también os veis? Pues sí que ha sido un flechazo.

—Bueno, me ha dicho que tenía una cena con unos amigos por el centro, así que si no acababa muy cansado se pasaría. Le he hablado de ti y me ha dicho que tiene muchas ganas de conocerte. Ya verás, es súper majo.

—Estoy seguro de que sí. Pues nada, ¡cuantos más, mejor! —dijo Alberto, rebosante de alegría. O más bien no.

Durante el resto de la cena, Alberto estuvo intentando cambiar de tema tratando de no resultar demasiado cortante, y al menos consiguió que Edu dejara de enumerar las bondades de su cita hablándole del último programa de Operación Triunfo. Ya estaban terminando de cenar, cuando el móvil de Alberto vibró sobre la mesa. Este cogió el móvil y revisó la pantalla de inicio, mientras Edu sacaba el suyo y hacía lo propio.

—¡Anda! Es Álex —le dijo a su amigo. Alberto desbloqueó el móvil y revisó el mensaje que le acababa de llegar—. Parece que al final se anima a salir con nosotros.

—¡Guay! —dijo Edu—. ¿Pues sabes? Yo también acabo de leer que Rubén me había escrito hace un rato para decirme que sí que saldrá con nosotros. ¡Mola, así os lo presento a los dos!

—Genial. —Alberto sonrió forzadamente, intentando no desvelarle a su amigo los verdaderos sentimientos que le despertaba aquella noticia, algo que le parecía francamente difícil. Por suerte, Edu estaba cegado a toda evidencia.

Fantástico; la buena sensación que le había embargado antes de salir de casa se había ido desvaneciendo a medida que avanzaba la noche, como el espejismo que persigue un beduino a través del desierto. Al menos su plan inicial había acabado materializándose: finalmente saldría de fiesta con sus dos amigos por el barrio de Ruzafa; probablemente acabarían en la silent room de Picadilly, bailando al son de la música que sólo podía escucharse a través de aquellos auriculares de colores, lo que siempre le había parecido divertido. Eso sí, tendría que aguantar a la parejita feliz y su sobredosis de almíbar y piruletas durante toda la noche. Qué se le iba a hacer. Al menos le quedaba Álex para aguantar el mal trago, siempre que este no acabara abandonándolos de madrugada para enrollarse con alguno de sus habituales ligues exprés, desapareciendo con efecto bomba de humo.

En fin, era mejor no amargarse antes de tiempo. Y sin embargo algo le decía a Alberto que aquella noche iba a necesitar algo más que un par de copas para soportar lo que se le venía encima.

Sí, mejor que fueran cinco o seis.


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