«Pablo, que estoy en Irlanda. Ya sabes que no puede ser.»


Después del partido, las endorfinas de Pablo estaban por las nubes. No era tan sólo debido al éxito en la disputa —su equipo había machacado al rival en la competición y estaban a punto de alcanzar la primera posición—, ni siquiera por las hormonas segregadas gracias al ejercicio físico; Pablo estaba realmente emocionado por la perspectiva de hablar con Isa en cuanto llegara a casa, y eso era verdaderamente lo que hacía que su corazón latiera con ritmo acelerado mientras subía las escaleras cargado con la bolsa de deporte a la espalda.

Hacía dos semanas que Isa se había marchado de Erasmus a Dublín, dos semanas en las que apenas había podido establecer contacto con su chica. Primero por un problema con el móvil, ya que la tarifa de datos no se activaba en el extranjero a pesar de que los teleoperadores no dejaban de insistir, erre que erre, en que ya no existía el roaming en Irlanda y que la línea no presentaba ningún problema. Luego, después de que Isa se hubiera comprado una tarjeta prepago local, fue por falta de tiempo; cuando Pablo no estaba en clase, ella estaba ocupada organizando su vida durante los primeros y ajetreados días en aquel entorno nuevo, así que apenas habían podido intercambiar algunos mensajes de audio a través de WhatsApp. El caso es que aquella noche habían quedado en hablar por fin a través de Skype, y Pablo estaba realmente contento de poder verla en directo después de tantos días y contarse las cosas en persona, aunque fuera a través de la fría pantalla de un ordenador.

Aunque Pablo había intentado hacerse el fuerte aquella mañana delante de sus amigos, lo cierto es que sí estaba algo molesto por la situación. No había llevado muy bien la noticia de que Isa decidiera irse de Erasmus. Ambos se habían conocido antes del verano, gracias a unos amigos de la universidad, tras salir una noche de fiesta por el barrio de Ruzafa, la cual se convertiría en una de las mejores juergas que Pablo pudiera recordar desde que empezara la carrera. Lo suyo podía haberse descrito como un crush instantáneo, pues ambos estuvieron toda la noche bailando, bebiendo, bromeando y picándose mutuamente mientras se lanzaban continuas pullas que no dejaron de acompañar con miradas de lo más insinuante. Aquella noche, borrachos, hambrientos y solos —sus amigos se habían esfumado, no sabían muy bien en qué momento— acabaron a las seis de la madrugada en el Horno de los Borrachos de la Calle Sueca pidiéndose, entre risas, una empanadilla de pisto para compartir, ya que entre los dos apenas sí habían podido juntar unos miserables dos euros; el resto del dinero que llevaban se lo habían bebido horas antes, así que el presupuesto no les daba para más. Desde entonces, Isa y Pablo no habían dejado de verse o hablar todos los días, o al menos así había sido hasta el momento en que ella había tomado aquel vuelo rumbo a Dublín.

Fue ya durante el verano, durante un día de playa en El Saler, que Isa le habló, como si tal cosa, de sus preparativos para su marcha en septiembre. Pablo, que no sabía nada de las intenciones de Isa por irse de Erasmus, quedó completamente consternado.

—¿Cómo? ¿A Irlanda? —Pablo no estaba seguro de haberla entendido bien—. Pero… ¿te vas? ¿Cómo es que no me lo habías dicho?

—¡Vamos, si ya lo sabías! —rió ella, quitándole importancia—. ¿No te acuerdas de que te lo dije la noche en que nos conocimos? Si hasta me contaste no se qué historia del Lago Ness, ¡y yo te dije que eso era en Escocia!

Pablo había estado seguro de que él se acordaría de algo tan importante, e Isa, por su parte, estaba convencida de su versión de los hechos, por lo que aquella conversación desembocó en la primera gran bronca de la recién inaugurada pareja. Después de una tarde de muchos nervios y una noche de morros, Pablo acabó recapacitando y pensó que muy probablemente su novia tenía razón. Al fin y al cabo, los dos habían estado muy borrachos aquella noche y perfectamente podía ser cierto que él hubiera olvidado aquella parte de la noche, por otro lado tan significativa. Le pidió disculpas a Isa e intentó llevarlo del mejor modo posible, optando por disfrutar del tiempo que les restaba juntos hasta el día de la despedida.

Una vez en casa, y después de deshacer la mochila, Pablo se puso cómodo delante del ordenador. Abrió la aplicación y comprobó que —¡por fin!— Isa aparecía como conectada. Llevó el ratón sobre el icono que mostraba una cámara al lado del nombre de su novia y pulsó sobre él, tras lo cual aguardó a que esta aceptara la videoconferencia. Su propio rostro apareció reflejado en el monitor mientras sonaba el característico tono de llamada, momento que Pablo aprovechó para colocarse bien el cabello tras comprobar que estaba un poco cardado al no haber podido secarse el pelo en el vestuario —secadores estropeados, como de costumbre—. Cuando el rostro de Isa apareció de pronto sustituyendo al suyo, Pablo retiró la mano rápidamente para disimular su gesto de coquetería.

—¡Isa, que alegría verte! —la saludó él, entusiasmado.

—Hola Pablo, ¿qué tal? ¿Cómo estás? —Isa sonreía a la cámara. Se hallaba sentada sobre la cama, donde tenía apoyado el portátil, y se abrazaba las rodillas. Iba vestida con ropa deportiva; un top de vivo color fucsia, unas mallas negras, y el cabello castaño recogido en una coleta. Aunque la imagen se veía algo borrosa, estaba tan guapa como de costumbre, luciendo esa belleza natural suya, de rasgos muy expresivos—. ¿Cómo va todo por allí?

—Bien, como siempre. Acabo de llegar del partido. Vamos genial, ¿sabes? ¡Hemos ganado por cincuenta puntos! Creo que este año podemos ganar la liga… Pero bueno, ¿qué tal tú? Veo que vienes de hacer deporte.

—Sí, bueno —Isa apartó unos segundos la mirada, con gesto dubitativo—, en realidad he quedado para correr con unos amigos en un rato, dentro de media hora más o menos.

—Ah… ¿media hora? —Pablo no pudo ocultar su decepción—. Pensaba que… Bueno, que podríamos hablar más rato.

—Ya… Lo siento, es que ya había quedado. Cuando me dijiste de hacer la videollamada no caí en la cuenta. No me acordé de decírtelo y ahora no puedo cambiarlo. ¿Qué tal con tus compañeros de piso?

Aquel brusco cambio de tema hizo que Pablo sintiera una punzada en el estómago. Algo no iba bien, podía notarlo en la mirada esquiva de Isa. No obstante, Pablo intentó no dejarse llevar por los celos que sintió al comprobar que su novia anteponía una cita con amigos a los que acababa de conocer a hablar con su pareja, a la que no veía desde hacía dos semanas. Optó por no pensar de momento en ello y continuó hablando con aparente normalidad:

—Bien ahí están, ya sabes. Álex con sus líos de siempre, y Edu tenía hoy una cita con un chico. Hoy me quedo solo en casa, no tengo plan. Bueno, mi único plan era hablar contigo hoy…

—Vaya… —El rostro de Isa adoptó un gesto serio, y este intentó matizar sus palabras:

—A ver, no te preocupes, entiendo que ahora estás haciendo amigos y no puedes dejarlos tirados a la primera de cambio —dijo, adoptando un tono comprensivo—. Sólo es que… Jolín, tengo un montón de ganas de estar contigo, ¿sabes? Intento estar ocupado haciendo cosas: yendo al gimnasio, quedando con amigos, viendo series y tal. Pero es que en cuanto me quedo en casa sin hacer nada, no puedo evitar pensar en ti…

—Pablo…

—… y encima veo a éstos, que están cada día con uno diferente, y claro. Lo que a mí me apetece es estar contigo, como estábamos antes, los dos juntos, abrazaditos viendo una peli en el sofá. Bueno, Isa, prepárate, porque en cuanto vengas a Valencia nos vamos a pasar toda la noche…

—Pablo, que estoy en Irlanda. Ya sabes que no puede ser.

—Lo sé, pero me dijiste que quizá volvías para el puente de octubre, ¿no? No sé, yo tengo un montón de ganas de estar contigo.

—A ver, Pablo… —Isa se había acomodado en la cama, cruzando las rodillas. De pronto parecía algo triste.

—Dime, guapa.

—Sabes que te tengo mucho cariño, ¿no? —dijo.

—Yo también te quiero —confesó Pablo, sonriendo como un tonto.

—No, Pablo, no se trata de eso… —Isa apartó la mirada de la webcam, mirando momentáneamente hacia otro lado. Pablo sintió otra vez la misma punzada en el estómago y tragó saliva. No, definitivamente algo no iba bien. Isa volvió a mirar a la pantalla y de pronto parecía más decidida—. A ver, Pablo, es que creo que tú y yo no estamos en el mismo punto.

—¿Cómo? ¿Qué quieres decir?

—Lo que quiero decir es que me parece que tú y yo pensamos diferente. Creo que desde el principio has buscado en mí a una novia, y… vamos, yo no estoy preparada para eso. Al menos no en este momento.

—Pero… —Pablo no daba crédito a lo que estaba oyendo—. Pero vamos a ver, Isa. Llevamos casi tres meses saliendo y nos va fenomenal, ¿no?

—No, Pablo, llevamos dos meses tonteando, y yo llevo dos semanas aquí en Irlanda. No sé, pensé que estaba claro que en cuanto yo me fuera, cada uno haría un poco su vida y que, al volver de Erasmus, ya hablaríamos. No sé tú, pero yo no estoy preparada para mantener una relación a distancia.

—Pero Isa, en ningún momento acordamos que…

—Pensé que ya lo supondrías. Si es que lo que no acordamos en ningún momento fue ponerle nombre a esta relación, Pablo. Creo que has confundido un poco las cosas. Sí, hemos pasado un buen tiempo juntos durante este verano, han sido unos meses geniales, pero yo ahora voy a pasar un año fuera con el Erasmus. Y es lo que te digo: es verdad que siento mucho cariño por ti, pero ahora mismo me parece que tenemos dos visiones muy distintas sobre lo nuestro. Joder, si tú mismo me lo decías, que el Erasmus es para disfrutar…

—No me puedo creer lo que estoy oyendo. —Pablo se llevó una mano a la mejilla, por pura frustración—. ¿Me quieres decir que llevas dos semanas fuera y ya te has olvidado de mí?

—Oye, oye, oye… Que yo no me he olvidado de ti. Sólo entiende que aquí se conoce mucha gente nueva y que, al principio, me sentía sola. Venga, si estoy segura de que tú también habrás conocido a alguien.

La sangre de Pablo había empezado a hervir. ¿Realmente estaba escuchando aquello? ¿Realmente podía ser Isa tan frívola? Al otro lado de la pantalla ella también parecía alterada.

—Pues no, Isa, cómo se nota que no me conoces. De verdad, no puedo entender que no hayas podido aguantar dos semanas sin follar. Yo podría haber esperado perfectamente por ti lo que hiciera falta. ¡Y que luego digan de los tíos!

—Oye Pablo, que a ti nadie te ha pedido que me esperes…

—¿Pero serás zorra? —Pablo no podía contener más la rabia—. ¿Sabes lo que te digo? Que te pueden dar mucho por el culo, niñata.

El rostro de Isa se transformó en la más literal encarnación del odio:

—¡Que te den a ti tus amiguitos gays! —replicó ella, furiosa.

—Mira, ¡olvídame! —gritó Pablo, mientras cerraba el portátil de un manotazo, dando por zanjada la conversación.

Durante unos segundos quedó paralizado, sin saber muy bien cómo reaccionar. ¿Realmente acababa de pasar? ¿Había cortado con Isa a través de Skype? Bueno, más bien había sido ella quien había dado la relación por terminada desde el mismo momento en que se marchó a Irlanda; sólo él había mantenido viva la llama de la esperanza como el perfecto gilipollas que era. Pablo se sentía estúpido, incapaz de entender todavía si de verdad había malinterpretado las señales en el curso de esa relación que hasta el momento había creído que iba viento en popa, o si simplemente Isa le había engañado como a un bobo. En cualquier caso, Pablo se veía solo de pronto, compuesto y sin novia. Desmontados todos sus esquemas, dinamitado su status quo, Pablo se dejó caer sobre la cama, derrotado, y sin poder hacer nada para evitarlo, rompió a llorar en la soledad de su habitación, un instinto desesperado e irracional destinado a desahogar la rabia y la pena que anegaban su corazón roto.


Siguiente capítulo


¡Nuevo capítulo cada semana!

¿Quieres leer más? ¡Lee ya los próximos capítulos en tu libro electrónico, móvil o tableta!